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3.5.12

MILAGROSA MOVILIDAD


 Image::MR RYAN McGINLEY PHOTOGRAPHER © NYC::



Hace algún tiempo tomé la decisión de preparar maletas y largarme dentro de poco, algo más de un mes de Santiago de Chile, ciudad latinoamericana donde ya había permanecido dos años. La experiencia había sido positiva, pero ya era suficiente. A pesar de ser uno de los lugares más bellos del planeta [el mismísimo fin del mundo] con una Patagonia selvática de verde intenso, un desierto que te hacía sentir ínfimo y que en primavera se convertía en un jardín de flores de cientos de kilómetros y una costa en bruto lleno de gentes que en su pobreza y tosquedad siempre te regalaba una sonrisa, además una taza de té y pan recién salido del horno de barro sin más pretensión que hacerte sentir en casa, acogido, el resto era insoportable. El país miraba en todo momento a Estados Unidos, el nivel cultural de su gente dejaba bastante que desear [sobre todo de parte de los más ricos], con una clase política provinciana, vulgar [educada en la más prestigiosas universidades, por supuesto, norteamericanas], y una lucha de clases que dejaba boquiabierto hasta al más comprensivo. Su población era rabiosamente estafada en la educación, en el consumo y hasta en sus propios recursos naturales por parte de un puñado de familias hijos de inmigrantes, que veían a los cerca de diecisiete millones de habitantes como simples indios a los que podía usarse sin más reparo para enriquecerse, manteniendo con mano de hierro los fantasmas provenientes de la dictadura hasta en las más simples formas de ser, en la relación diaria, y a casi dos décadas de haber sucedido. Era todo muy fuerte… Era el país de la tristeza.  



El próximo punto de operaciones sería la ciudad de Buenos Aires, lugar de Borges, Gardel, Eva Perón y una de las sociedades más mezcladas de la tierra, con inmigración proveniente, desde la segunda guerra mundial, de Alemania [judíos que escaparon de las cámaras de gases y luego nazis de los juicios de Nuremberg], italianos del mussolinismo y españoles del franquismo, croatas, franceses y rumanos, entre muchísimos otros. Ciudad que a ratos parece París, a ratos Londres, a ratos una favela, a ratos un caos y siempre, siempre, Buenos Aires. Fabricante de los mejores actores de habla hispana, producción editorial, hombres y mujeres tan guapos como caídos del cielo [en el morbo entre su pedantería y gracia en sus formas que terminan riéndose de ], un solomillo delicia para los sentidos, vino y tango, ese baile erótico donde la mujer debe saber bailar mejor que el hombre, en cuya sutileza y rudeza dejaba una estela de romances. “Pero Argentina está en crisis”, me decía una amiga… “Anda guapa, que toda la vida ha estado en crisis”… y es difícil caballeros estar en crisis cuanto tiras un puñado de semillas y en cuestión de meses tienes una plantación que vamos, ni con transgénicos, a lo largo y ancho de otro de los países más bellos del extremo sur. Hay que montar el cotarro ahí, ya estaba decidido. Vamos, que se va a liar parda, y por cómo es Buenos Aires, seguro que ella, la ciudad, encantada de la vida. Ese monólogo le sacaba carcajadas a Manuel y su novia, una pareja oriunda de Jaén que luego de terminar su práctica en un organismo internacional en Santiago, seguirían rumbo hasta la fastuosa Río de Janeiro para instalarse allí, vaya uno a saber por cuánto tiempo. Y estaba muy bien. La movilidad, hoy, es un elemento vital. Primero para tener mejores oportunidades de vida en tal o cual sitio, de entrada [sin mencionar, por supuesto, a los cientos de miles de desplazados que a diario escapan de guerras civiles y otras tragedias parecidas, que al mundo desarrollado parece resultarles indiferente, como Siria], y segundo, porque alimenta el espíritu y amplia en campo de visión de la propia vida, y eso es siempre una garantía. Y pasa caballeros que entre la gente que tiene en sus modos de vida la movilidad, existe una conexión especial, porque los une un único y simple sentido que es la universalidad, así, sin más. Lo mismo hablas con un francés, un chileno, un boliviano, un tailandés, un saudí, un alemán o un ruso y no existen mayores diferencias entre ninguno, y eso es un privilegio… eso es un lujo, y del grueso. Y también porque alimenta la creatividad a unos niveles que luego te encierras a solas y la sonrisa viene gratis, inesperada, siempre decente. Nunca más caíste en fundamentalismos, y eso es un pro. Los diseñadores Juan Antonio Ávalos y Stefania Borrás, amigos cercanos, que en su momento estuvieron en medio del cotarro español se vieron afectados por la crisis, horriblemente, y cogieron maletas y se fueron, a Amsterdam y New York respectivamente. Roberto [Piqueras] hizo lo propio instalándose en Londres, al igual que Emilio [de la Morena]; Pola [Thomson] optó también por la gran manzana, Estrella [Archs] por París y Jessica [Trosman] mira en todo momento a la misma ciudad y también a Italia, y está muy bien. Asimismo otros amigos artistas, fotógrafos, periodistas o que venían del mundo de las económicas han hecho lo mismo. Y ahí están, cada cual peleando por lo suyo, y si va bien perfecto, y si va mal, pues siempre puedes volver a cambiar. Nadie te va a quitar lo bailado. Y fíjense, siguen sonando, e incluso más fuerte [a todo el mundo siempre le gustará la gente con huevos, o con ovarios bien puestos] y ya.  



La importancia de la movilidad para cualquier tipo de creador [y en realidad para cualquier persona] en el mundo moderno es fundamental, es la apertura de fronteras y pensamientos que pueda enfrentar a las tragedias y sobre todo a los desgraciados que hoy por hoy le asolan, cada uno desde sus respectivas áreas [o su opuesto], y aquello es muy difícil quedándose solo en un sitio [tampoco imposible, miren a Nicanor Parra…] porque estar siempre en un cuadrado, dentro de sus cuatro lados, lo dificulta enormemente. ¿Por qué? Porque te acostumbras, te acomodas a ello, y eso es un peligro, sobre todo para el intelecto. Si prestáis atención, los mejores artistas del mundo, como los más connotados personajes del mundo de la política, la empresa y los medios de comunicación tienen un común denominador en la mayoría de los casos, y que es eso: en sus propias formaciones o en la construcción de sus carreras, la movilidad entre países y continentes ha sido constante, y para eso hay que tener cojones, y todos ellos, independiente de si finalmente terminan cruzando la línea de la razón convirtiéndose en un cáncer para sus propios pueblos, o no, los tienen, y muy bien puestos. Y toda la vida ha funcionado igual. Se crean redes de contactos y círculos de poder que nadie que se quede dentro de su cuadrado tendrá jamás. Y qué queréis que os diga, al final se transforma en un vicio, y te lo pasas fenomenal.  



Las metrópolis mundiales lo son por esa razón, por el ir y venir de inmigrantes provenientes de todas partes del mundo, que crean istmos culturales en las ciudades que emancipan la cultura a un nivel de internacionalización en donde existe sitio para todos, y también gustos para todos, en donde nadie es menos que el otro, y que crean una oferta rica en toda suerte de mercados, y eso es una delicia. A su vez, esa instancia mitiga racismos, hunde xenófobos y ridiculiza extremismos, crea democracia. Eso pasa en las metrópolis [y ya veis que las derechas hoy en el poder, cada vez más numerosas, están tratando justamente de evitar todo ello, de detenerlo, porque no les conviene]. El gran tema es tratar, durante tu vida, la propia, la de cada uno, llevar esa metrópolis a la propia cabeza, y al propio instinto, en donde lo mismo comes con las manos las exóticas delicias de la comida pakistaní con un grupo de ellos en un piso en Barcelona, luego estás al medio de una pelea de putas transexuales esquivando tacones en Brooklyn junto a un amigo transformista portorriqueño, meses después junto a un diplomático alemán llegando a la gala en el Opera de París vestido de esmoquin, y luego de otro tanto, bailando un tango en un sitio de mala muerte con una mujer que te duplica en edad sintiéndose una divasi eso no es vida, díganme vosotros qué es. Eso es clase. Fue una de las bendiciones del capitalismo. Fue uno de los milagros del mundo moderno, y está al alcance de cualquiera, por supuesto, del que realmente lo quiera. Es la milagrosa movilidad. Disfrútenla, hasta el día de su muerte, porque créanme, jamás se arrepentirán, ¿Por qué? Porque estará en su lecho de muerte, y la vida le pasará frente a los ojos como diapositivas, y simplemente, se descojonará. 





30.4.12

AVANCE & RETROCESO

 Image::MR JAMIE HAWKESWORTH © LONDON::


Los últimos dos años han sido, no sé si os habréis dado cuenta, especialmente extraños. Al menos para quien les escribe. Ya nadie sabe quiénes son primer mundo y quienes tercermundistas gracias a las quinielas del universo de las finanzas; los desplazamientos migratorios se encuentran en pleno apogeo, en el primer mundo gracias a la crisis, y en el tercer mundo debido a las guerras civiles de dictadores que habían permanecido durante décadas en el poder que, en su afán de permanecer en su sitio, han hecho correr ríos de sangre sin escatimar en números [como siempre ha pasado]. Los desastres naturales han hecho sentir su fuerza como severas advertencias, casi a diario, y la población universal ha caído en la cuenta de que no todos eran lo que aparentaban ser, o lo que decían ser. Vamos, que la gente dejó de creer en todo, desde los políticos hasta las instituciones religiosas, pasando por toda la fauna empresarial, monárquica e incluso social y cultural gracias a una mentira sistemática en toda clase de áreas. La gente se hartó. Ese era el tema del que hablaba frente a una parrillada y una botella de buen vino tinto con Victor Abécassis, un parisino que la fortuna había hecho que cayese en Santiago de Chile a realizar una pasantía en la CEPAL [la famosa Comisión Económica para América Latina y el Caribe] hace algo menos de un mes. Guapo, de profundos ojos negros y tranquilidad en la conversación. Para mi sorpresa, hijo del ex redactor en jefe en la edición francesa de Elle hasta los noventa y una estilista retirada que había diseñado lápiz en mano infinidad de bocetos para algunas casas como Yves Saint Laurent y Dior en la década de los setenta en un mismo tranquilo perfil bajo. En la charla salían algunas conclusiones idénticas, como la impresión de que hubiese sido una fantasía vivir en aquella época fabulosa en la que crecieron nuestros padres; también en el hecho de la absoluta falta de sofisticación de ésta, a la que ambos nos estaba tocando vivir, donde a nadie le importaba el otro, en la cual la cultura parecía irrisoria, un completo espectáculo, una tomadura de pelo.




Luego de acompañar a Victor hasta la puerta de su casa y continuar rumbo a la mía, paragüas en mano, caminaba escondido bajo el manto de la noche invernal y la nariz entumecida pensando una y otra vez en aquella conversación, en ese tema, en la cultura, en lo que se había convertido contra reloj… al detenerme en un semáforo, un perro vagabundo, grande, bebía agua fría de un pequeño charco en la acera. Levantó la cabeza, me miró como diciendo “what the fuck, man” y luego se dio la vuelta para continuar su camino. Lo vi alejarse en silencio. Hasta un perro callejero se movía en su cansada naturalidad con una sofisticación que a tantos humanos les echaba en falta. Me sacó una sonrisa el muy cabrón. De todo lo sucedido [y bastante leído también sobre lo mismo] saco ahora a la mesa este tema, de por sí, tremendamente preocupante, y vale la pena, quizás, analizarlo más detenidamente. ¿Por qué? Porque de eso depende gran parte de lo que hoy está sucediendo en el mundo caballeros, a diario, a nuestro propio alrededor sin que muchos logren darse cuenta, ni muchísimo menos hacer algo al respecto, lamentablemente. Ahora se habla como una condena categórica de la farandulización de la cultura, como si todos confundiesen todo con Hollywood, si todo se hubiese convertido en espectáculo… ¿Os dais cuenta? Hasta el discurso político cae en ello… se te eriza la piel. Tanto Mario [Vargas Llosa] como Gilles [Lipovetsky] han entrado en su análisis, en la conversión de la cultura en un caos donde como no hay manera de saber qué cosa es cultura, todo lo es y ya nada lo es. Y es verdad, que quieren que les diga. La disolución de jerarquías y referentes es consecuencia del triunfo de la frivolidad, del reinado universal del entretenimiento, como muy bien contaba Mario a Jan Martínez Ahrens en referencia a su último ensayo “La civilización del espectáculo”, recién publicado. Iker [Seisdedos] también últimamente ha dado luces sobre este tema. Así iba a pasar. El empuje de la civilización del espectáculo ha anestesiado a los intelectuales, desarmado al periodismo y sobre todo devaluado la política, donde gana terreno el cinismo y la tolerancia se extienda hasta la corrupción. En todas las artes el erotismo pierde a favor de la pornografía… la postmodernidad se convirtió en un experimento, fallido, vulgar, pedante. ¿Pero sabéis donde se empezó realmente a gestar para después extenderse a todas las áreas de la vida como una pandemia? En las áreas creativas. Y fue planeado así… ¿Qué tal?... quién les escribe lo sabe bien porque fue parte de ese movimiento… ¿Y cuál fue la principal herramienta? Internet. Cuando las redes sociales aparecieron, mientras las grandes empresas, políticos, medios de comunicación e instituciones las miraban con desprecio por encima del hombro sin imaginar jamás el poder que llegarían a tener, los artistas ya las empezaban a utilizar para sus comunicaciones y autogestión propia. ¿Por qué? Porque era la única forma de salir a la luz pública y vivir de lo propio. Antes todo estaba controlado y las llaves para entrar en grandes ligas estaban exclusivamente en manos de intermediarios [editoriales, distribuidoras, galeristas, discográficas, agentes y demás]. Los que mejor supieron hacerlo, con un trabajo frenético, sin descanso, fueron los que hoy se han convertido en prácticamente celebridades, en los cinco puntos del globo, y más [por internet]. Después de ello, por supuesto, todo el mundo quería hacer lo mismo, pero los otros ya habían sido los primeros, al menos en ello. Por decirlo de alguna forma, ya estaban fuera de competencia. Prácticamente todo lo que viniese después, salvo fabulosas excepciones, sería puro ruido, más de lo mismo. ¿Cómo lo hicieron los pioneros? Comenzaron una red de contactos y colaboraciones entre diversas áreas [performers con músicos, artistas con diseñadores y revistas, cineastas con fotógrafos y novelistas, etc.] en las principales metrópolis del mundo, cuya repercusión, gracias a la universalidad de internet, serían conocidos con repercusiones gigantes que llamarían la atención de los “intermediarios”, a los que no quedó más remedio que integrarlos a las oficialidades con bombos y platillos para no quedarse atrás, para que no los dejase el tren. Aquello, en gran medida, significó un traspié por parte de los intermediarios. Desde ese punto, comenzarían a caer en picada, paulatinamente, hasta en cada vez mayor número de casos, ser prescindibles. “¿Quién quería intermediarios? Nadie”. Como que el tener intermediarios daba mala imagen… Ese fue el pensamiento que se ubicó en la forma de pensar de muchos creadores, de todas las áreas de las ramas creativas. Así entraron los 2.0 en el mainstream, pero pese a lo que los intermediarios se pensaban, no se perdieron con las luces ni el brillo con los que todos se confunden. Han seguido en esa otra actividad-realidad virtual y aquello mismo les ha dado incluso más credibilidad ante cientos de miles de usuarios, porque pueden acceder a ellos en sólo un click, en una relación directa con quien así lo desee, y con una buena estrategia y presencia en la calle, en la realidad, claro está.






De ahí, firmas, empresas, medios de comunicación y luego hasta instituciones religiosas, bancarias y políticas se subieron al carro… como si desde ahí, en esa otra escala, en esa posición intocable de impunidad, pudiesen controlar al mundo. Poco imaginarían que sería el mundo el que terminaría controlándolos a ellos, refutando sus dichos, avergonzándolos en tiempo real, denunciándolos por youtube, twitter o facebook… jamás hubiese nadie imaginado que la más férreas dictaduras del mundo caerían gracias a las redes sociales, comunicando gentes de punta a punta del globo terráqueo, organizándolos en cuasi conspiraciones globales que luego tendrían repercusión y acción inmediata en las calles. Los medios de comunicación que otrora tenían el bastión de la verdad según qué tipo de informaciones publicasen [o no, según sus intereses] ahora eran desmentidos y acusados de forma inmediata por los internautas apuntándolos con el dedo. Hasta la web del australiano Julian Assange, como si de un triller de acción se tratase, hizo tambalearse a medio planeta y puso sobre el tapete la realidad cruel de la política internacional norteamericana… entre otras muchas que la red ha hecho suyas… internet no era, ni es, un juego. Don´t fuck… como para un guión, sinceramente.





Ahora bien. Después de todo lo anterior, resulta kafkiano confirmar que todos los avances que la tecnología ha traído consigo, y los avances sociales que han devenido de ella, como los levantamientos civiles contra dictadores, la banca y la mentira sistémica, sean a su vez los responsables del retroceso humano más profundo de nuestro tiempo. Los vínculos entre las personas van desapareciendo por nuestra relación casi marital con una pantalla y a su vez, la globalidad de relaciones que suponen las redes sociales es infinita [siempre hay uno más interesante con quién poder tener una relación, y otro, y otro más]… en cierto sentido, la gente ha ido perdiendo el sentido de la realidad, y más preocupante es que así lo deseasen. Con tanta mierda que hay alrededor, y que crece cada día a pasos gigantescos, pareciese que la gente prefiere ese pseudo mundo llamado internet donde sólo vemos lo que queremos ver, lo que nos interesa ver… y así es. Es terrible. Todo se ha hecho falso. Todo es manipulable. Parece todo una gran mentira, y nada más que eso. En lo que a nosotros respecta, la infinita capacidad de almacenamiento de información de la red, más que entregar herramientas a los artistas para crear, no ha hecho más que vulgarizar su producción a través de la copia indiscriminada maquillada de “reinterpretación” y la pornografía como herramienta número uno. Pura mierda. Desde la música a las artes pasando por el cine y la literatura, no se ha salvado ninguna. Es deprimente. Esa banalización tiene consecuencias no solamente en el campo de la cultura, sino en todos los otros. A la política, incluso a la vida sexual, a la relación humana. Sería una tragedia que justamente en una época en que hay un progreso tecnológico, científico y material, al mismo tiempo la cultura pase a convertirse en puro entretenimiento, en algo superficial dejando un vacío que nada pueda llenar, porque nada puede reemplazar a la cultura en dar un sentido más profundo, trascendente, espiritual a la vida. A lo mejor la tecnología llegase para cagarnos la vida… o a lo mejor llegase para salvárnosla. Esa sea quizás la razón para que la gente vuelva a reconocer a los mejores artistas del pasado, rescatar esa etapa maravillosa de la humanidad donde un libro se escribía a mano o en una máquina ruidosa, los cantantes lo hacían a capela con la compañía de una orquesta entera enfundados en trajes de ensueño, los diseñadores de moda cocían botón a botón y los artistas olían el pigmento hasta dejarlos sedados, donde se produjeron las obras más bellas de las que el hombre tenga memoria, porque todo aquello traía consigo un romanticismo que por esta parte de la historia es sólo un recuerdo, un suspiro, una vez más… una mierda. Junto a la frivolización, como dice Mario, hay un oscurantismo embustero que identifica la profundidad con la oscuridad y que ha llevado a la crítica a unos extremos de especialización que la pone totalmente al margen del ciudadano común y corriente, del hombre medianamente culto al que antes la crítica servía para orientarse en la oferta tan enorme de la cultura [miren el caso de lo sucedido con Damien [Hirst] como simple ejemplo. No tuvo ni tiene punto medio]. Y pasa caballeros que hay niveles de especialización que son perfectamente explicables, a condición de que la especialización no termine por dar la espalda al resto de la sociedad, porque entonces la cultura deja de impregnar a su conjunto, desaparecen los consensos, los denominadores comunes que te permiten saber entre lo que es auténtico y lo que es embuste, entre lo bueno y lo malo, entre lo bello y lo feo… es increíble, estimados lectores, que se haya llegado a un mundo donde ya no se pueden hacer ese tipo de discriminaciones. Y lo grave es que si desaparecen esas categorías, entonces nos encontramos desnudos en el reino del embuste, de la picardía y la publicidad [esa otra basura] reemplaza al talento, lo fabrica, lo inventa sin más. Nosotros los Editores hacemos, por ejemplo, eso con la moda. Tenemos una preocupación con ella, pero desde luego la moda es poco probable que reemplace a la filosofía, a la literatura, a la música como un referente cultural, aunque no les guste. Eso lo tenemos clarísimo. Eso es una deformación peligrosa y una manifestación de frivolidad terrible, peligrosa. ¿Por qué? Porque la frivolidad es tener una tabla de valores completamente confundida y distorsionada, es el sacrificio de la visión del largo plazo por el corto, por lo inmediato. Nuestro trabajo es hacer precisamente eso, cambiar cada seis meses de opinión, y justamente, eso es espectáculo. De eso dependen las ventas de la ropa y los accesorios y el empuje o retroceso de un diseñador o marca, y punto.



Con respecto a lo mismo, la moda ha utilizado el sexo como un gancho fuertísimo para vender y promocionar su industria, y de ahí se ha extendido al resto de las áreas de la cultura, y es terrible, porque es la cultura, son las artes, el refinamiento de la sensibilidad que produce la alta cultura [aunque hoy decir eso suene políticamente incorrecto… a tomar por culo] la que crea el erotismo. El erotismo es una manifestación de civilizaciones, se da en sociedades que han alcanzado un cierto nivel de avance, de eso, de civilización, como de nuevo afirma el premio nobel. Y al mismo tiempo significa el respeto de las formas… la importancia de las formas en la relación sexual. El erotismo como una manifestación de civilización que debe ser reticente a la permisividad total… ¿Por qué? Porque mata las formas y al final se llega, otra vez [un retroceso sin parangón] a una suerte de sexo primitivo, salvaje. Eso es lo que ha pasado en nuestro tiempo, right now, por eso el sexo significa tan poco para las nuevas generaciones [para los nuevos que quieren subirse al carro y tantísimos más]. Significa un entretenimiento que es como ir al gimnasio, como cegar una fuente riquísima no solo de placer sino de enriquecimiento de la sensibilidad. Todo esto se manifiesta a su vez en la política, donde hay una mentalidad que identifica la política con la picardía, con la deshonestidad, y de eso se aprovechan poco inteligentes dirigentes políticos para robar, y menos inteligentes víctimas que se quedan en esa permisividad aceptándolo… lo ven, ¿no? No cuento ninguna ciencia oculta, tampoco hay que ser un genio para darse cuenta. Y eso es peligrosísimo sobre todo para el futuro de la cultura democrática. Si vamos a pensar de esa otra forma, entonces la cultura democrática no tiene sentido y a la corta o a la larga va a desplomarse también, como azotarse la boca contra el pavimento, y ya. Todos los artistas o los que se dedican a este negocio, deben saber que cuando la libertad desaparece es cuando la libertad se hace importante. Y cuando la lucha por la libertad se convierte en una prioridad, es ahí, en ese punto justo de la cuerda floja, cuando el intelectual, el escritor, el poeta, el fotógrafo, el novelista, el pintor y en estas fechas, hasta el diseñador que se valga a sí mismo como tal, empiezan a tener una importancia central en esa lucha. ¿Qué acaso no ven a Ai [Weiwei], una figura que representa hoy en día el espíritu de resistencia, la voluntad de apertura, de modernización, de democratización? El que no lo vea, simplemente, es un cretino, un subnormal. Un imbécil. Todo tiene un orden caballeros.


Afortunadamente, esos primeros artistas de todas las áreas que fueron pioneros en el uso de las autopistas de la información, hoy han logrado ser capaces de controlarla lo suficientemente bien para retomar los pinceles, los instrumentos musicales, el lápiz o la aguja [porque tampoco nunca los dejaron de lado]. Internet no los logró atrapar en ese retroceso humano del que el resto es víctima, y se empieza a ver ahora. Era sólo cuestión de tiempo para que lo demostrasen, y de forma natural. Internet era una herramienta más, y no más que eso. La creatividad y desde ahí la cultura, han caído de forma fulminante gracias a la crisis y la tecnología de este gimnasio cerrado repleto de máquinas llamado mundo, sobre todo entre los más jóvenes, y es imperativo que sean ellos, esos ya “fuera de competencia” los que logren mostrarle al resto [porque en ello fueron los mejores] que no juegan en esa farándula, en ese constante avance y retroceso como salido de una película de la revolución industrial, simplemente, porque ellos lo inventaron. Y deben de poder hacerlo, porque nada de esto es nuevo, o no les debería resultar a novedad. Basta mirar los libros de historia para caer en la cuenta que no estamos haciendo más que repetirla, pese a sus diferencias, una vez más. La raza humana no ha llegado a ser lo suficientemente inteligente aún para no tropezar de nuevo con lo mismo, porque la imbecilidad es, y ha sido siempre, su principal característica. En esa “desfarandulización” de la cultura, en el desafío de volver a una suerte de principio, de concretarlo, créanme, el resto hará lo mismo, porque sólo saben copiar… Y lo saben. Sólo es cosa de volver a convertirlo en “cool”, o como lo quieran llamar. Los medios de comunicación deberán apoyarlos, y ya han sido avisados. La prensa… la prensa… En la prensa el sensacionalismo es la expresión de una cultura. La prensa forma parte de la vida cultural de un país, y si la cultura empuja a la prensa a la chismografía y el cotilleo, y hace de ellos un elemento central, al final caballeros el mercado se lo va a imponer a los periódicos, a las revistas, radios y televisiones, por más responsables y serios que pretendan ser, sobre todo en la prensa escrita. Y lo estamos viendo en todas partes, todos los días. Los periódicos y revistas más serios tratan de resistir, pero en un momento dado tienen que hacer concesiones si la supervivencia está en juego, sobre todo en estos tiempos. El origen no está en los periódicos [a menos que sean propiedad de Murdoch], sino en la cultura reinante, que impone la frivolidad y el amarillismo, y en eso, la propia cultura y sus principales representantes tienen una responsabilidad. Vamos chicos, que los que llevamos ya años en esto sabemos perfectamente bien que el universo de internet y las redes sociales permiten la exposición universal de un artista o de un pensador al instante, además de burlar todos los sistemas de censura y a los fucking intermediarios, y eso es un progreso, gigante. Pero ojo, al mismo tiempo es también otra forma de confusión que tiene efectos negativísimos en la cultura, en la información, y lo sabéis. Sabéis perfectamente bien que el exceso de información significa la desaparición de la discriminación, de las jerarquías, de las prioridades, donde todo alcanza un mismo nivel de importancia por el simple hecho de estar en la pantalla, y porque todas querían ser, en cada una de sus medidas, reinas… Hay que, disculpando la expresión, darles por culo, a todos, de vuelta. Ya sabéis cómo hacerlo. Es el modus operandi, y no es difícil, y va a estar bien [ordenar el cotarro]. Ha sido siempre igual, como el tango caballeros… avance y retroceso. Empiecen… o mejor dicho, regresen. La decisión es de cada uno. Nada más.