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8.5.13

PERFIL: EMIN INTERNATIONAL

Image::MR JAY BROOKS PHOTOGRAPHER © LONDON::


Si hay una mujer que como artista [siendo uno también artista] me haya arrancado y hacer explotar la cabeza, y el corazón, en un vómito de pura pasión, de pura vida, esa fue Tracey. Y se acabó. La conocí en Londres, por ahí por el noventa y siete, antes de que formara la terna al prestigioso premio Turner, que no ganó, y montó un follón de aquellos. Y cuando digo conocerla, es sentado junto a ella bebiendo, charlando de la vida y riendo a carcajadas junto a otro amigo que me la presentó, por casualidad, hablando gilipolleces. Era una pasada. Tracey pertenecía a ese selecto grupo de artistas escogidos con pinza por Saatchi para una exposición que causó un revuelo en toda Inglaterra [y más allá] por lo fuerte que era, conocido como los “Young British Artists”. Ese mismo año montó otro follón cuando se presentó a un programa de televisión borracha y drogada por la cantidad de calmantes que había tomado para aliviarse el dolor del corte en un dedo. ¿Qué hizo cuando la empezaron a mirar raro y a juzgarla? Pues los mandó a todos a tomar por culo, se sacó el pinganillo y salió de ahí de vuelta a casa de su madre sin antes despedirse con un “Fuck you!”. Tracey era una crack.



Tracey pasaba de todo. Y lo más fuerte, lo más poderoso y suntuoso de toda su obra, es ella misma. Ella es la obra de arte, y ese es su statement. Si Usted mira el recorrido de la obra de Tracey, detenidamente, se dará cuenta de que todo remite a ella, a los aspectos personales de su vida, hasta los más íntimos, como una forma de sacarse los demonios de una historia de vida no muy grata, disfuncional, logrando esa máxima artística y casi metafísica, áurea, a lo que todo artistas [aunque lo niegen] desean llegar, que es ese concepto casi espiritual del convertirse uno mismo en obra de arte, la que más, la que nadie puede comprar, más allá de si pasase décadas sin hacer ni un solo dibujo, ni tomar ni un solo lápiz para firmar nada, porque la obra más importante sigue presente, estando ahí, que es ella, en la noción del yo mismo y de la propia convicción y dignidad por la propia presencia física en el espacio, algo que en nuestros días sólo han logrado conseguir muy pocos, como Marina [Abramovich], Ai [Weiwei] o Damien [Hirst]. Lo que diferencia a Tracey Emin de los demás, es que no ha creado un personaje, sino que ha sido ella misma, con sus buenos y malos momentos, y los ha usado espléndidamente para extender esa personalidad y forma de vida propia a toda suerte de soportes, algunos hasta burdos, y sigue pasando de todo, y lo hace magistralmente, rozando los ámbitos más comunes y ordinarios de la vida diaria, común y corriente. Y les hace su ya legendaria mueca de desprecio, a todos. Los vuelve a mandar a todos a la mierda. Es una delicia.



Hoy, leyendo un artículo escrito por ella misma en un periódico británico, volvía a reafirmarlo, en un texto que es una verdadera declaración de intenciones de alguien que se sambulle en su propia vida interna para tratar de descifrarse a ella misma, con una honestidad y generosidad hacia el público que ha pasado a transformarse en voyerista de la propia vida íntima de una persona, en la de Tracey, y en ese ejercicio de autohonestidad, ha pasado a convertirse en un ícono que da de ostias a un tiempo donde la apariencia, las mentiras y el autoembuste llega a unos niveles tan surrealistas como el que Dalí nos entregó en bandeja como un monje salido de lo extraordinario. El arte de Tracey es de divulgación, con sus acontecimientos de la vida como fuente de inspiración para obras que van desde la pintura a la escultura pasando por el dibujo, el video, la instalación, la fotografía y la costura. Lo toca y lo manosea todo, y no le importa nada, menos lo que piense el resto. Emin revela sus esperanzas, las humillaciones, los fracasos y los éxitos en el franco y a veces excoriante trabajo que suele ser trágico y humorístico a la vez. Como ser sacada de una fiesta con un ciego de alcohol, tirada dentro de un coche cual saco de patatas y fotografiada por un paparazzi y que a la mañana siguiente se levante, vea eso en la prensa y se descojone de la risa. Y esa es Tracey, la que va a galas vestida de cualquier cosa, a veces maravillosa, a veces fatal; la que corre por Londres llevando la antorcha olímpica en las olimpiadas con una resaca gigantesca; la que aparece frente a la Reina Isabel II para recibir honores con un sombrero imposible ante la mirada pícara y cómplice de la monarca; la que luego inunda con sus neones de corazones Times Square en la gran manzana; la que dibuja a Kate Moss, ambas, fumando y bebiendo cerveza; la que desfila para Vivienne Westwood; la que acaba de publicar su último libro, un diario familiar donde muestra las fotografías de su vida [infancia, juventud y la edad adulta]. La misma que haciendo todas estas barrabasadas,  a representado a Gran Bretaña en la Bienal de Venecia, es Doctora Honoris Causa  de tres universidades... con un trabajo propio de una inmediatez y frecuente provocación que sitúa su obra dentro de la tradición universal del discurso feminista.



Y como si no estuviese tranquila con todo eso, abre una tienda virtual donde vende desde sus obras hasta artículos customizados por ella tan dispares como platos, tazones, camisetas, soporte para huevos y recipientes para la comida de su gato. Que le den por culo a todos, y a todo. Esa es Tracey. Una diosa. Hay que currársela, ¿No les parece caballeros? Tracey es de ese tipo de mujeres y personas que hacen mirar, por ejemplo, la última gala del MET dedicada al punk y la moda, abierta desde mañana en el Metropolitan de Nueva York, ver a toda esa horda de actrices, cantantes y modelos, mover negativamente la cabeza, hacer la misma mueca legendaria de Tracey y decirte a tí mismo “Panda de gilipollas” y seguir ahí, en el mundialmente reconocido y divulgado anonimato de una como Tracey, que de punk, irreverencia y contracultura, les da cátedra... y no está encerrada en ningún museo, sino todo lo contrario, en la calle, y dándolo todo. Compre el libro de Emin, o lo que quiera venderle, porque tendrá consigo, verdaderas joyas de una de las mujeres más impresionantes de su tiempo, y será una inversión, de las importantes. Es Tracey, de las más grandes, y no quedan muchas...de las suficientemente francas para ser inmensas. Tracey 4eva.


5.5.13

CULTURE CHANEL Nº 5

Image::MR MAN RAY PHOTOGRAPHER © PHILADELPHIA::


Desde hoy, el Palais de Tokyo de la ciudad de París abre sus puertas a la exhibición CULTURE CHANEL Nº 5, dedicado al perfume enseña de la firma francesa. Para quienes no tengan mucha información sobre él, más allá de los avisos publicitarios en revistas con el reciente fijache de Brad Pitt como rostro [una verdadera horterada], cualquier persona con dos dedos de frente y en su sano juicio, consideraría inadmisible que una institución cultural de la altura del Palais de Tokyo aceptara dentro de sus salas exponer una retrospectiva relativa a un objeto comercial de consumo tan reproducible como un perfume, y tienen toda la razón. Sin embargo, el Nº 5 salta por sobre esa delgada linea divisoria [probablemente el único] por tratarse de un emblema que en su momento circuló de la mano junto a los más connotados artistas de su tiempo, que a través de los años se convertirían en íconos de la historia del arte, como el Nº 5 lo ha hecho al mundo de la moda y la cosmética.



Pablo Picasso, Francis Picabia, Salvador Dalí, Man Ray, Constantin Brancusi o Andy Warhol fueron algunos de los genios que se pusieron a las órdenes del perfume creado por Ernest Beaux por encargo de Gabrielle Coco Chanel, la modista que fuese cómplice de los mejores artistas de su época. Y porque la mujer, de idiota, no tenía un pelo. Y es que se trata realmente, más allá de un perfume, de un objeto cultural, que sería inmortalizado para la posteridad por aquellas palabras de Marilyn Monroe en Japón. El Nº 5 se transformó en un manifiesto abstracto, un objeto de culto, la creación que reúne la historia artística y cultural de Francia. No por nada, sigue siendo uno de los productos más vendidos del mundo.



Y pasa que el Nº 5 jamás sería vendido. El Nº 5 era para Coco, para nadie más que para ella. Cuando se lo encargó a Beaux, era para rendirle un tributo a Capel, Arthur “Boy” Capel, su primer y gran amor. Para ello quería una mezcla abstracta, única y suntuosa que fuese inimitable, con olor a mujer, preciso y artificial como un vestido. Y Beaux lo hizo a la perfección. Mezclando más de ochenta ingredientes, el perfumista logró dar en el clavo de lo que Gabrielle quería. ¿Cómo llegó a las tiendas? Pues como siempre, gracias a las vacas flacas. De ser un secreto creado sólo para ella, pasó a distribuirse en los Estados Unidos en 1924 cuando en 1922 se complicase la economía de la casa. Chanel pondría la creación de Beaux en un frasco de cortes minimalistas similar al del alcohol ruso y crearía un packaging consistente en una caja rectangular blanca con ribetes negros nombrándolo Nº 5, que fue la quinta prueba de Beaux antes de que Coco le diera el sí. De esta forma, Chanel creó un producto que como conjunto resultaba dadaísta y elegante, austero y barroco, transformándose con el tiempo en lo que hoy es: un ícono, igual que todos los que caminaron junto a su lado.



De esta forma, el Nº 5 se legitimiza en sí mismo para entrar por la puerta grande en el Museo, y con la barbilla en alto. La muestra, comisariada por Jean-Louise Froment, permite un recorrido por toda la suntuosa historia del perfume promocionado por algunas divas del séptimo arte como Marilyn, Catherine Deneuve, Carole Bouquet o Audrey Tautou. Y como de cincos hablamos, inaugurada hoy, 5/5, hasta el próximo 5 de junio, en el centro de la ciudad de las luces. No dejen de visitarla. Nº 5.