26.7.14

MERITOCRACIA

Image::MR WILLIAM EGGLESTON PHOTOGRAPHER © MEMPHIS::

¿Ha escuchado alguna vez esta palabra, la que titula este texto? La meritocracia. La obtención de beneficios y mejoramiento de las condiciones personales o grupales basado en los méritos de uno mismo, o de un grupo. Palabra rara en los tiempos actuales, donde parece a ratos una gran confusión, o donde nacen de todas partes todo tipo de excusas para poner sobre poltronas de poder de decisión o acción a quienes, en un gran y alarmante porcentaje, poco y nada tienen de meritorio para aquellas distinciones, apelando precisamente a eso, a un supuesto mérito. En jerga de los jesuitas, la rama más intelectual de la fe católica, no se pierde ocasión para repetir y acentuar el término “magis”, que traducen en un significado propio y extendible de la más alta excelencia, aplicado a todas las áreas de la vida y el conocimiento. La congregación a la que pertenece el actual pontífice da prueba de ello, de momento, en la figura del principal bastión de la iglesia, uno de los referentes indiscutibles de la más alta inteligencia, erudición y sobriedad, términos escritos para Usted por una persona que ni siquiera es creyente…


Podrían catalogarse mis dichos dentro de un halo casi esotérico. Lo cierto es que eso, la meritocracia, da pruebas por hoy, no por casualidad de su fuerza en las ramas a ratos más ninguneadas del complejo enigma de nuestras vidas y la sociedad que vivimos. La ciencia, la investigación, la medicina, el arte y la literatura continúan siendo los nidos de esa virtud, casi siempre silenciosa pero muy poderosa, en cuya virtud avanza nuestra especie, lejos de los focos cuyas luces son robadas a diario por la tontería del espectáculo, la grandilocuencia de los escándalos políticos y empresariales y la farandulización de las tragedias naturales o a consecuencia de nosotros mismos. ¿Qué decir al respecto? Nada. Nada en el saber que ha sido de la misma forma desde tiempos donde la historia comenzara a documentarse, es decir, de toda la vida. Esa es nuestra verdadera identidad, la de todos y cada uno de nosotros por una condición casi biológica. En ese sentido, cabría la responsabilidad en cada padre y madre de familia hacérselo saber a sus hijos, y desde ese punto de partida, educarlos, quizá, para que partiendo desde esa vértice, generar… ¿una… virtud? Los métodos son tan dispares de acuerdo a cada una de nuestras condiciones y realidades personales que se transforma en una tarea casi titánica, y como sabemos, a nadie le enseñan a ser padre, o madre.


Desde nuestro centro personal en donde nos encontramos, y de ahí para todo lo que nos rodea, y más allá donde ni siquiera nos imaginamos que podemos llegar, cabe una tarea grande, enorme, que es la de lograr descifrar cuál es nuestra virtud. Nuestra verdadera virtud, aquella donde alguien o algo nos toca para poseer un talento. Y si he de enfatizar en esto, es debido a que el reconocimiento de ese talento, y por consecuencia la especialización de ese talento, en el más alto nivel, en ese “magis” como dicen los jesuitas, es el punto de fuga de donde se generan las verdaderas vanguardias. Las vanguardias…



No pasamos por los mejores momentos, dicen muchos, en todas partes. Y uno se va caminando por la calle convencido de que aquello es cierto, que sin duda lo es, pero, ¿Para quién? Y luego llegas a casa y te sientas frente a una hoja de papel a escribir, o a dibujar, o a coger un instrumento o experimentar con algo y resulta que es bueno en eso, quizá muy bueno, y se dedica a eso, y le va bien, y con el pasar de los años, le va mejor, aunque alrededor no se pasen los mejores momentos. El tema es cómo descubrir ese talento propio, y luego, cómo hacer para que el resto se de cuenta de esa meritocracia. Algunos se obsesionan con ese tema, los otros. La meritocracia puede ser generada probablemente más por los otros que por el propio sujeto, lo que nos pone en la irrefutable realidad de ser seres sociales. Trabajar es el primer punto de partida, y luego, la especialización dada por la experiencia y la observación, dos puntos que hoy por hoy son muy menospreciados, ninguneados, siendo que se transforman en la propia alimentación de la meritocracia en el elemento más interesante y sabroso para llegar a saber con exactitud por qué y de qué manera se hizo aquello que tenemos frente nuestro, aquello que nos fascina o nos deja boquiabiertos. Y aunque los tiempos no son los mejores, todos los días aparece gente guapa haciendo cosas guapas, y es bueno estar cerca de ello, porque alimenta la propia capacidad de soñar, que es el suero que alimenta el alma, y el alma el instinto, y el instinto la cosa, que puede o no llegar a convertirse en algo tremendamente importante para uno y para los otros. En ese ejercicio, al contrario de lo que mucha gente piensa, lo que digan los otros, no debe,  a Usted, importarle jamás. Así se construyen los sueños y luego se hacen realidad. Y si nadie le da el mérito, quédese tranquilo, ya Usted mismo se lo regaló, y eso no tiene precio. Es tan difícil en el mundo moderno que alguien valore el trabajo propio sin haber egresado de una pomposa universidad, o venir de una casta rimbombante, o sin tener una red amplia de contactos en medios de comunicación o plataformas comerciales que muchos quedan en el camino. ¿Y si a lo mejor, hiciera lo contrario? ¿ Manteniéndose desde las márgenes, hacer un trabajo de especialización mejor incluso que todos aquellos que se mantienen dentro de un sistema tradicional?, ¿Qué sucedería? Probablemente no tendría la misma visibilidad al corto plazo, pero con el pasar de los años, lo conocería la gente justa e indispensable para que en el largo plazo su meritocracia tuviese un pedestal de mármol o hierro forjado… Quién sabe. Mientras Usted aprenda a reconocer el mérito personal, propio, créame que el resto también aprenderá a valorar el suyo, por supuesto, en el lugar correcto, en el momento justo y la gente indicada. Es lo que los jesuitas llamaban, y siguen llamando, el “magis”. La meritocracia.



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