29.9.10

LA MODA DEL HAMSTER


Image::THE HAMSTER´S NEST © DASH SNOW NYC::



Semana absurda. Mientras en París la ciudad entera se preparaba y acicalaba para recibir la nueva edición de su semana de la moda, apoyada y protegida por todos los medios de comunicación galos, en Sudamérica, sus homólogos, en la mayoría de Estados, se preocupaban de cubrir con un manto el narcotráfico, la corrupción, la mentira y la lucha de clases repletando sus páginas con temas relativos a celebraciones de bicentenarios y nacionalismos. A su vez, en España, el país terminaba de explotar en violencia civil producto de un círculo vicioso que ya no tenía marcha atrás, lamentablemente, con Barcelona como sede de la barbarie y sus medios como promotores de los grandes bufones, que pone de manifiesto, a fin de cuentas y como una inexplicable vía crucis de idiotez, cómo se dispararon a sí mismos. El culto al masoquismo, auspiciado por sus medios, por ellos mismos, desplegado a todo el globo, como una gripe A, por aquí mismo: internet.



Los medios de comunicación caballeros, como nos comparte MR Vargas Llosa, están obligados a hacer la estupidez que hacen porque eso es lo que esperan y lo que exigen de ellos, sin ánimo de ofender, los lectores, Ustedes, oyentes y televidentes en el mundo entero: noticias que salgan de lo común, que rompan con la rutina de lo cotidiano, que sorprendan, desconcierten, escandalicen, asusten y sobre todo, y esto da una vergüenza ajena absoluta, entretengan y diviertan. ¿Bien, no? Se lo pasan en grande. Es divertidísimo ver al rey de Burger King en el front-row de Cibeles, tan divertido acaso como que un predicador pentecostal de Gainsville, en el sobrio estado americano de Florida, declare él solo, la guerra total a los cientos de millones de musulmanes que hay en el mundo. Para un “I like”…



La información en nuestros días no puede ser seria, porque si se empeña en serlo, desaparece, así de simple, o en el mejor de los casos, se condena a los cementerios. La inmensa mayoría de esa minoría que se interesa por saber qué ocurre diariamente en los ámbitos políticos, económicos, sociales y culturales no quieren aburrirse leyendo, oyendo o viendo análisis en profundidad ni complejas consideraciones, repletas de matices, sino entretenerse, pasar un rato ameno que lo redima de la coyuntura, las frustraciones y las barbaridades del día. Los medios serios se han salvado de la bancarrota, pero quién sabe por cuánto tiempo, a menos que se resigne a dar más espacio a la noticia-diversión, la noticia-chisme, la noticia-escándalo, esas imbecilidades que han ido colonizando sistemáticamente a todos los medios de comunicación, grandes y pequeños, del primer y tercer mundo, sin distinción, sin excepción. Para tener derecho a la existencia y a prosperar los medios caballeros, ahora no deben dar noticias sino ofrecer espectáculos, informaciones que por su color, humor, carácter tremendista, subido de tono, insólito, hortera, se parezca más a un reality show donde verdad y mentira se confunden igual o peor que en la ficción. Un Farenheit 451… divertirse justificando el fin y sus medios, cualesquiera que sean, aunque conlleve transgredir las más elementales normas sin importar la maldad, el dolor y el sufrimiento o la catástrofe que pueda generar sobre el individuo o el grupo, da igual. La desgracia se convirtió en el primer mandamiento de nuestro tiempo. Una desgracia. Desgraciados.



La bendita libertad, ese privilegio del que gozan los países occidentales y por fortuna, hoy también otro bendito número de países del resto del mundo, a la vez que garantiza la convivencia, el derecho de crítica, la competencia, la alternancia en el poder, permiten, lamentablemente, también los excesos de desgraciados que socavan los fundamentos de la legalidad, ensanchándola a aristas donde ella misma resulta negada y menospreciada, basureada con una sonrisa burlesca. Para ese mal no hay remedio, porque mediatizar o suprimir la libertad tendría consecuencias todavía más nefastas para la información que su trivialización, como acaban de hacer casi la totalidad de los medios en la península ibérica. Se los conté hace meses por este mismo sistema, la gente saldría a las calles, jugaron con fuego y la bomba terminó por explotar. Causa y efecto. Deberían haber pestado atención… verdadera atención. Las cosas cambian cuando una sociedad hechizada por la representación y la necesidad de divertirse, su primer designio, ejerce una presión que va modelando y convirtiendo poco a poco a sus políticos, intelectuales, artistas, periodistas, sacerdotes, hasta científicos y militares, en bufones. Detrás de semejante reality show, muchas cosas comienzan a desbaratarse, por ejemplo, las fronteras entre la verdad y la mentira, los valores morales, las formas artísticas, la naturaleza de las instituciones y, por sentado, la vida política. No sorprende, asimismo, que las revistas de mayor difusión en el mundo entero, y los programas de mayor popularidad señores, sean los que desnuden ante el gran público las intimidades de la gente famosa, que no es, claro está, la que destaque por sus proezas científicas o sociales, sino la que por sus escándalos, excesos o extravagancias callejeras consigue esa quincena de minutos de popularidad que Andy Warhol predijo décadas atrás para todos los habitantes de la sociedad de nuestro tiempo. También, horizontalmente, se está cumpliendo en un sentido más discreto e íntimo, esa ambición creciente que impulsa cada vez a más gente, de distintos ámbitos, a actuar de modo que le permita escapar del anonimato y acceder a esa efímera popularidad de que gozan los bufones, a los que, si son buenos en el arte de entretener se les aplaude y da propinas y se les olvida para siempre. Es casi imposible escapar a ese mandato caballeros, aún cuando lo que hagan sea serio y parezca fuera del alcance de la frivolidad.



En esa pena, como dice Jeff, MR Jeff Jarvis, la gente de los medios ven internet como si fuera un medio; esperan que actúe como un medio [producido, editado, pulido, limpio, controlado], pero internet no es un medio señores Editores… es un sitio. Internet es un sociedad, un espacio donde nos conectamos con los demás; con información, con acciones, con transacciones. Hay gente buena, gente mala, gente inteligente y gente estúpida. Internet es vida, y la vida es desordenada, y así es internet también, y eso es lo que la gente no puede entender ni soportar. Ven una página como si fuera la de una revista, y no lo es; no tiene nada que ver. Es también el problema de los grupos y medios de comunicación: siguen creyendo que internet debería operar como su industria, y no es así, porque el control de internet lo tiene la gente, es DE la gente. Aquí somos invitados, y si no añadimos valor, sobramos. Es lo que no entiende ningún medio, que su modelo debería operar más como un conversación y un proceso que como un producto. Los directores de periódicos están encantados usando el iPad, ven su oportunidad de recuperar el control que han perdido, pero no va a funcionar porque ya no hay vuelta atrás, ¿porque? Sencillamente, porque la gente se ha acostumbrado a navegar, y ya. Si su tableta no les permite enlazar, tener buscadores, añadir comentarios, pierde todo lo interesante de internet. Lo suyo no le interesa a nadie. I´m sorry, pero es la dura realidad del negocio de las noticias que ya nadie puede negar. La resistencia del poder y los medios, el esfuerzo de proteger el pasado no se ha ido del todo, sigue ahí, pero el cambio es inevitable enorme y está encima de nosotros, por eso lo que vemos son empresas de medios más desesperadas que nunca pensando qué demonios hacer con todo esto… demasiado tarde. A ver si entienden que trabajando en red, colaborando, se ahorra dinero y se funciona con eficiencia. Eso se llama desarrollo tecnológico, eso se llama innovación, aspecto que con certeza, no se enseña en ninguna universidad ni en sus famosos magíster. Cuando “The Washington Post” saque una historia para el Pulitzer Prize, “Brady” o “Huffington Post” proporcionará un enlace a esa gran historia. Comprenderán caballeros, que con setecientos cuarenta y cinco periodistas en redacción y plantilla, “The Washinton Post” lo tiene muy difícil para redimensionar este nuevo mundo eficiente. Es caro y culturalmente complicado, desde el punto de vista de perder empleados, de quitarse de en medio activos… mientras tanto, aparecen a costo cero nuevos emprendedores que ven las oportunidades de negocio para irrumpir, y quitarles el negocio. Pecaron de arrogantes en la conducción de debate público… una arrogancia natural que provenía de los medios de producción y distribución. Se decían, como dice Jarvis: “Yo, Editor, tengo acceso a publicar; tú, no; yo decido qué se publica, esto se convierte en mi responsabilidad, no en la tuya”… y los medios se tomaron su responsabilidad muy en serio. En ese punto del proceso, no era arrogancia, era una necesidad… la arrogancia llegó cuando ya todos podían publicar. Y lo vieron, y siguen viendo, periodistas mirando por encima del hombro a esos blogueros y a sus lectores. Es muy peligroso colocarte por encima de tu público, pero todo eso responde al miedo al cambio, y no tiene más misterio. En un mundo de hiperabundante oferta de contenido [miren en la moda, cómo se reproducen sitios y bloggers de forma casi impúdica], lo caro no es crear contenido, sino encontrar el mejor contenido. No es que sea gratis crearlo, pero hay tanto para elegir que la selección se convierte en una gran necesidad, y eso, pocos sitios y casi ningún blogger lo hacen. Y ese, es un papel editorial. El otro hecho económico es que hay dos maneras de añadir valor en internet, que a nadie le gusta oírlo, que es la economía de la tinta frente a la economía del enlace, el ink v/s link, porque es el enlace el que aporta valor, porque un contenido sin enlace no tiene valor, porque nadie lo ve. Murdoch está intentando buscar un culpable por su falta de estrategia. Nuestro querido Rupert recibe visitas de enlaces de la gente, de búsquedas de la gente, y si los medios no encuentran la forma de monetizar eso, es su culpa, y si nuestro querido Rupert dice a la gente que es inservible, ese es su peor negocio. Recuerden la palabra arrogancia.



Algunos periódicos en grandes mercados pueden morir y algunos, sobre todo en los de habla hispana, se están disparando a sí mismos. Supongo que lo ve, ¿no?... inmersos en un proceso de adelgazamiento y que cuando se reduzcan los ingresos por adversiting, dejarán de imprimir. Google comparte riesgos con los anunciantes por “clicks”… la prensa tradicional, pues no. Tiene éxito con los anunciantes, simplemente, porque les ofrece un mejor trato. Demasiada privacidad conduce a una pérdida del sentido de comunidad. Con el asunto del miedo que generan las redes sociales por la cuestión de la privacidad. La economía del enlace es una realidad y cómo se enfrenta uno a esa realidad. Protestar ante lo que viene no nos lleva a ningún sitio, gimotear como un desamparado, tampoco. La gente tiene que enfrentarse a su nueva realidad, perder el miedo global, partiendo de uno mismo, porque para entender a una sociedad es más útil examinar sus temores que sus deseos. Como acierta MR Daniel Innerarity, “Dime a qué tienes miedo y te diré quién eres”. En el caso de ese pobre infeliz de Florida que toda la prensa del orbe prestó atención y publicó, podría decirse, que esas decisiones están relacionadas con el temor al pluralismo o la inquietud hacia un “otro” de difícil asimilación, mezclado con determinadas frustraciones. Son expresión de las patologías de un yo global que reacciona autoritariamente para compensar su propia impotencia, ese sujeto que es a la vez inseguro y tiránico, apático y voraz. Así podemos comprender esa sensación de asedio que experimentan buena parte del mundo occidental, ese mundo que vive en una situación de seguridad objetiva como ninguna otra época anterior en la historia de la humanidad. En nuestra sociedad muchos miedos son debidos precisamente al incremento de la seguridad.



El hábito de la seguridad ha agudizado la percepción de la pérdida… vivimos en un mundo en el que podemos perder más porque tenemos mucho, respecto de un mundo donde podíamos ganar más porque teníamos muy poco. Se explica también mediante la distinción entre peligros antiguos y riesgos actuales. En las sociedades tradicionales había grandes miedos pero eran bastante previsibles: la carencia, el hambre, la enfermedad, la guerra. Lo improbable se situaba en un horizonte de tipología del miedo constante, y contra estos miedos podía uno organizarse en cierto modo. Ahora, tragando saliva, las fuentes del miedo son más inciertas e indeterminadas, lo que ha venido explicándose como un mundo más de riesgos que de peligros. No podemos programar los riesgos, no tenemos un catálogo de ellos. El elemento de improbabilidad no puede dominarse, por lo que el actual incremento del miedo se debe a que han aumentado las condiciones de incertidumbre en las que discurre la vida de las personas. Por eso el espacio de lo imaginario se amplía enormemente y con ello su uso político: se hacen guerras, se ganan elecciones y se gobierna sobre lo imaginario.



Si quieren entender estos cambios de paradigma señores, a lo mejor, habría que hacerse cargo de la distinta función que el miedo ha tenido en la construcción de la comunidad política moderna o en la actual fragilidad de los espacios globalizados, porque, humildemente, es la pasión que está en el origen de la vida asociada, la de todos y cada uno de nosotros. Los seres humanos tenemos una similar capacidad de destrucción mutua. El miedo a la muerte causada por los otros induce a los individuos a la construcción de una sociedad civil y política que garantice la seguridad. La reacción autoconservadora está en el origen del artificio estatal moderno. Someterse al soberano es el precio que hay que pagar para dejar de temer a nuestros semejantes, pero esto ya no es así en la era global. Seguimos teniendo miedo a muchas cosas, claro está, pero lo que se ha debilitado es la metamorfosis productiva del miedo, su traducción en acción racional que configura las instituciones comunes. El miedo se ha convertido en algo ineficaz, improductivo y desesperado. En las actuales explosiones del miedo, como la recién vista con vergüenza en Barcelona y toda España, no queda nada de aquella fuerza productiva que levantó las instituciones políticas de la modernidad. La técnica se convirtió en una multiplicadora del riesgo y la incertidumbre usada por parte de los medios, mientras que la política es incapaz de hacer frente a los desafíos de la globalización. Era impensable no recaer en aquel analfabetismo del miedo del que hablaba Mufil, y que revela nuestra incapacidad de tenerlo razonablemente. Se caracteriza porque no tiene su origen en l amenaza potencial del semejante, sino en la inquietud provocada por el diferente. El otro, el extranjero, el distinto, viene a jugar el papel de una diferencia perturbadora… el otro que da miedo ya no es el similar sino el diferente, desde el punto de vista étnico, religioso, cultural o ideológico, por lo que ese miedo no puede trasladarse fácilmente en un artificio que transmute esa igualdad de la amenaza en una igualdad de derechos. El miedo no es ni bueno ni malo. Todo depende del uso que se haga de esa pasión humana elemental. Hay que llevarse bien con el miedo y gestionar esa doble dimensión, esa suerte de ambigüedad que le caracteriza. Puede paralizar, pero también organizar estrategias de defensa y construcción. Bien administrado, por experiencia propia, puede tener una gran capacidad cognitiva frente al riesgo. No es sólo un instrumento de control para las élites, sino una pasión elemental y universal cuya primera e indispensable función consiste en garantizar la autoconservación de los individuos manteniendo viva en ellos la memoria de su vulnerabilidad. Como todos acaban de ver en Barcelona, en su S-29, una vez más ante la consternación mundial sobre el país, el miedo se puede provocar artificiosamente para ofrecerse como salvador o para inducir el letargo en una sociedad de manera que sea menos ingobernable, o todo lo contrario. Hay otro que puede ser fuente de lucidez y liberación. La oportuna dramatización de los riesgos, es un antídoto contra ese presente obtuso que no sabe más que tirar para adelante, carente de sueños, de fuerza y ganas para saltar cual lava ardiendo, como un ave fénix. Una de las principales tareas consiste precisamente en racionalizar el miedo global, ese que es muy lógico habida cuenta la común exposición de la humanidad al riesgo de autodestrucción, la mutua interdependencia que nos vincula al destino de nuestros similares. La vulnerabilidad, negada por un sujeto que se había pensado como soberano y autosuficiente, puede convertirse en el presupuesto para la formación, como recalca Daniel, de un sujeto en relación, capaz de hacerse cargo del otro y el mundo. El ideal de cuidar y conservar abandonaría su resonancia estática y antiprogresista para asumir una significación emancipadora. Tendríamos así una tarea para inquietar realmente a ese sujeto predatorio, parasitario, espectador, consumidor y cobarde, que ahora está muerto de miedo. Ahora entiendo el “Hamster´s Nest” de Dash, ese fin de llegar a un punto de sentirse como una rata entre hojas de periódicos. Esa es la prensa, ese es el mundo… párenlo ya, y no como en Barcelona, fue una vergüenza internacional. Me quedo con París… y no me agrada la elección.

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