22.10.14

PERFIL: OSCAR DE LA RENTA

Image::MR PLATON ANTONIOU PHOTOGRAPHER © LONDON::

El primer rumor me llegó a eso de las nueve de la noche el pasado lunes desde la ciudad de Kent, Connecticut, dictando una conferencia sobre Panorama Global de las Tendencias en el auditorio de una escuela de moda chilena, dirigida por el septagenario diseñador Luciano Brancoli a quien tenía al frente mirándome con atención. Fecha importante para quién os escribe, porque celebraba mi trigésimo segundo cumpleaños y ni bien terminase aquella clase partiría a celebrar con amigos a una zona cercana. Dudé, porque el contacto en la gran manzana me volvía a reconfirmar la noticia con insistencia a través de whatsapp. Durante la conferencia el móvil no dejó de parpadear en silencio sobre la mesa… Preferí esperar al día siguiente y no retrasar más a mis colegas. Ya mañana estaría la primicia en todos los diarios y noticieros de la tierra. Y así fue.


Víctima de un cáncer con el que llevaba una lucha a patadas desde hace más de ocho años, a los ochenta y dos fallecía en su casa el diseñador dominicano Oscar de la Renta. Probablemente uno de los nombres esenciales en la historia de la moda de la segunda mitad del siglo XX, se trataba de MR Óscar Arístides de la Renta Fiallo, nacido en la ciudad de Santo Domingo, en la cuna del Caribe, el 22 de julio de 1932. Fue un sacerdote español quien convenciese a su padre, un acaudalado financiero dominicano, de que desarrollara su talento como modisto en la península ibérica. Así, en la década de los cincuenta comenzó su formación ni más ni menos que con el maestro Cristóbal Balenciaga y estudios de Bellas Artes en la magnífica Escuela de San Fernando. En la capital española pasó diez años rodeado de flamenco, vida nocturna y trajes a medida, década que a todas luces influyó en cada uno de sus vestidos y toda una carrera. Por cosas de la vida, la suerte  el karma uno de sus bocetos llegó a manos de la mujer del Embajador estadounidense en Madrid y en 1956 la hija de la pareja diplomática llevaba su primer vestido puesto causando sensación. Comenzó trabajando para Balenciaga y cuando le pidió su traslado a la casa en París, Cristóbal se negó, argumentándole que aún le faltaba experiencia. Que tuviese paciencia. Pues Óscar, como buen latinoamericano, no la tuvo. Partió a París para integrarse a las filas de Lanvin bajo las órdenes de Antonio del Castillo, por ese entonces director creativo de la enseña gala. Dos años después, De la Renta cogería maletas y partiría a la gran manzana en búsqueda del sueño americano.


Llegado a Nueva York De la Renta conoció a Diana Vreeland, quien le aconsejó emplearse en la división de costura de la marca Elizabeth Arden. Así lo hizo. Dos años después, Ben Shaw lo contrataría para integrarse a su marca Jane Derby, y tras la retirada de la creadora pasaría a llamarse “Oscar de la Renta for Jane Derby” y casi inmediatamente a “Oscar de la Renta”. Para 1974, el dominicano tomaría propiedad completa de la compañía. Su fama llegaría sí en los sesenta cuando Jackeline Kennedy se paseara por fiestas y galas enfundada en sus nunca antes vistos trajes. El resto de mujeres de la alta sociedad neoyorkina hervían de envidia. Todas querrían un De La Renta.  En su vida Óscar tuvo dos esposas, Françoise de Langlade y Anne France Engelhard y jamás abandonó sus relaciones con República Dominicana, donde hasta el día de su deceso, hace cuatro días mantuvo el "Hogar del Niño", un centro de acogida para pequeños en riesgo social y el resort "Casa de Campo Estates".



La importancia de Oscar de la Renta para la historia de la moda radica en ser el primero en tender la mano de la alta costura entre América y Europa, y eso porque conocía ambas idiosincrasias como la palma de su mano, viviendo en ambas pero mirándolas desde fuera como un observador en su condición de latinoamericano. No le debería haber resultado muy difícil conocer y codearse con el mayor lujo y sofisticación tanto de Europa como de Estados Unidos viniendo de una familia de clase burguesa de uno de los países más pobres del mundo, de cuya miseria no se escapan ni las élites. Vamos, que De la Renta no se creía nada, ni le creía a nadie. Sólo creía en él, y desde ahí, nacía su excepcional solidaridad y sentido del humor. Por eso se reía de todo. Por eso se lo pasaba en grande. Su caballerosidad, su generosidad, su conocida solidaridad y su excelente sentido del humor (rarezas extremas en el mundo de la moda), le convirtieron en ese nombre indispensable que hoy toda una industria llora. Enhorabuena por República Dominicana. Fue su mejor embajador, y nunca necesitó una embajada. Construyó su propio escenario donde fue amo y señor.




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