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25.1.10

PERFIL: METAMORFOSIS OUTUMURO

Imágen::MANUEL OUTUMURO PHOTOGRAPHER BCN::



¿Hubiese sido una mujer delgada, de pechos pequeños, cabellos rizados rubios casi blancos, vestida de Armani y envuelta en un mundo de tonos azules en Ciudad del Cabo la imágen de la protagonista de "Nosotros matamos a Stella", la gran novela del austríaco Marlen Haushofer? Quizás si, quizás no. De lo único que tengo certeza, es que para Manuel Outumuro sí lo es. Gallego, fotógrafo y una de las leyendas internacionales de la imágen, quién acaba de inaugurar una exposición retrospectiva de veinte años disparando flashes tras una lente. Esa es la imágen azulina de la portada del catálogo creado para la ocasión, que llamó poderosamente mi atención y que por esos regalos de la casualidad, hizo recorrerme la exposición acompañado por el propio Manuel, que me confiaría con generosidad algunos de los secretos de la experiencia, el ego y la muerte, amiga en común.



Un hombre tranquilo, alejado de las modas, culto y distante del actual expresionismo forzado, apostador de clásicos como Goya o Velázquez y también de contemporáneos como Avedon y Penn. Su obra descansa casi en su mayoría en la elegancia, inspirada a la vez por la arquitectura y la belleza clásica, atemporal, universal, restando en vez de sumar. Tomó el riesgo de abandonar la conquista de la naturalidad, en sí un grave peligro, y apostar por la fotografía como artificio, centrándose en encontrar aquél personaje que la mirada desea ver, sin más pretensión, en sí, una absoluta presuntuosidad. Y no era un crímen.
En una de sus salas, con muros pintados en rojo vino, titulada por él como "la alfombra roja", rodeados ambos por retratos de actrices, cantantes y modelos de escandalosa y aplastante sonoridad mediática, vestidas por las igual de bulladas enseñas europeas de alta costura, en medio de un silencio sepulcral le pregunté en voz alta: ¿ Cómo haces para controlar el ego de toda esta gente ? Agachó la cabeza, después la subió, levantó una ceja, suspiró mitad cansado, mitad orgulloso y respondió: "Con paciencia... te juro, con muchísima paciencia"... y sonrió. Le creí. Era verdad. Se los metía en el bolsillo. Era normal, convertía a las personas en personajes, pensaba en silencio mientras recorría fotografía por fotografía. Será por la misma razón que me confesó segundos después que prefería a la gente anónima. Outumuro, como también acierta Joana [Bonet] transmitía verdades alejadas del mundo real, aunque no por ello dejasen de serlo. Sus disparos reivindican las poses, cual sesentas o setentas, sin complejos, a la vez de ser un intolerante con las provocaciones si no implica en su propia galaxia la armonía. Aspiracional es la palabra que podría catalogar su mano, que de la misma manera se convierte en la mejor herramienta para transformarlas en eternas. Por eso envejecen en plena forma aquellas imágenes. Una atemporalidad dividida en retratos de estudio, magistrales fotos en blanco y negro, que a quién les escribe cautivaron y a quien Manuel decía con cierto enfado: "Algunos editores me decían sí, está todo muy bien, el trabajo es precioso, pero... ¡color! ¡color! ¡queremos color!... me quedaba perplejo". Ahora era mi ceja la que se levantaba para esos supuestos ilustrados. Tampoco era de extrañar... es nuestro mundo. Vuelvo a su atemporalidad, compuesta además por poses y actitudes, localizaciones, celebridades e inspiraciones cinematográficas, que en este caso, inspiraron a la cineasta Isabel Coixet a realizar un cortometraje para acompañar el montaje de doscientas imágenes, cuya mitad donará a la nueva colección de fotografía de moda del Museo Textil y de Indumentaria de Barcelona.



Lo de Outumuro, en soledad, trajo a la mesa otra palabra: metamorfosis. Manuel era permeable, se adaptaba a todo lo que le pidiesen. Cambiaba constantemente sin vacilar, sus imágenes lo reafirmaban, como un puñetazo en la mesa, pero manteniéndose arrogantemente fiel a sus propios conceptos éticos y estéticos... y estaba muy bien. Su propia mirada me lo reafirmó también, sincera y simple. Supongo, humildemente, que entre la desesperación suicida del mundo actual donde nos tocó nacer, ésta raza de arrogantes son extremadamente necesarios. Son y serán quienes regalen un respiro de calma, de que nos reafirmen de que no todo está perdido, y eso es y será un acierto, por el resto de los siglos. Serán eternos. Entendí por qué ese hombre que se paseaba a mi lado era una leyenda: porque era necesario, así de simple. Larga vida Mr Outumuro, muchísimas gracias.




1 comentario:

Marcos Arcaya Pizarro dijo...

Marlen Haushofer fue una escritora austriaca.