30.4.11

THE ROYAL WEDDING


Image::MS SUZANNE PLUNKETT PHOTOGRAPHER
© LONDON::


Y la boda real ha concluido. Guillermo y Catherine, desde hoy duques de Cambridge, han cumplido, y de forma excepcional. Elizabeth II no dejaba de sonreír. La imagen de la familia real británica ha vuelto a dispararse y a recorrer el mundo entero a la velocidad de la luz, demostrando, a pesar de crisis económica y descontento por los históricos recortes relativos al empleo público en Gran Bretaña y otros cuantos incómodos pesares, la pesada maquinaria de continuidad por encima de la lucha política diaria, o del servicio a los intereses nacionales fuera de sus fronteras como embajadora, relaciones públicas y el resto del listado de lo que puede y debe saber hacer con mayor o menor destreza una familia real, aunque Guillermo, pensando en que algún día puede recaer en sus espaldas el cargo hoy ostentado por su abuela, le convendría meditar sobre cómo se justifica y debería justificar el rol de la monarquía en el siglo XXI.


No uno sino dos besos en el balcón de Buckingham Palace, vítores y júbilo junto a una sobria pomposidad, previa barroca solemnidad en la abadía de Westminster repleta de uniformes militares, extravagantes tocados, la imagen de la difunta Diana Spencer en familiares, música y anillo en mano derecha de la novia, una Camilla en primera fila y una de sus nietas como parte de las damas del cortejo, príncipes y reyes, fue la ceremonia y estrategia perfecta para pasar la página a crisis pasadas y plantar cara al futuro a través de Guillermo, hoy por hoy, uno de los más sobrios y limpios de escándalos miembro de los Windsor. Guillermo buscó el equilibrio, asumió un rol de unión y reconciliación que ningún otro miembro del clan ha sido capaz, por decisión propia o recomendación de terceros. Y salió todo de lujo. No era extraño que la reina fuese pura sonrisa. Guillermo se lo ganó.


Catherine Middleton por su lado hizo lo suyo. Probablemente a sabiendas que los millones de ojos sobre ella y lo que se le venía encima, llegó armada hasta los dientes. Ante la expectación mundial, como buena futura reina e historiadora del arte con estilo propio y con pocas ganas de ser inevitablemente comparada con Diana de Gales, guardó silencio hasta el final, despistó durante meses a los medios y cuando se abrió la puerta del coche y puso el primer pié en suelo, el mundo entero contempló su impresionante homenaje al desaparecido Alexander McQueen, como la futura reina de Inglaterra. De ese coche emergió una despampanante morena envuelta en un homenaje a las artes y manualidades puramente inglesas con una cola de 2,70 metros, en un trabajo supervisado por Sarah Burton, ex asistente de McQueen y actual directora creativa de la casa. Middleton con su elección, además de rendir reverencia a la unión entre tradición y modernidad con la visión artística única de Alexander, aporte vital para la historia de la moda universal, dio un empujón planetario a la industria de la confección inglesa a días de que se inaugure en el Metropolitan Museum de Nueva York “Savage Beauty”, la exposición retrospectiva organizado por la misma Anne Wintour y dedicada a la carrera del diseñador desde su graduación de la Saint Martins londinense hasta el día de su fatídico suicidio.


Sencilla, a pelo suelto, maquillaje delicado, y un velo sujeto por la tiara Halo de la firma gala Cartier, regalada a la reina Madre en 1936 por Jorge VI y a su vez, regalada a su hija Elizabeth II en su décimo octavo cumpleaños; y pendientes de diamantes del creador Robinson Pelham obsequiados por sus padres, avanzó sonriente y la barbilla en alto. Sabía ya perfectamente en lo que se estaba metiendo, y lo entendió a la perfección, y actuó en consecuencia. Asimismo, Phillippa, hermana de la novia y dama de honor, en idéntica abotonadura y remates de encaje, extendió la magia de McQueen en el nuevo cuento de hadas británico, sin delirios de grandeza pero si la suficiente capacidad para devolver a Alexander su desaparecida espectacularidad “in situ”. Le callaron la boca a todo el mundo, así de simple.


1900 invitados perfectamente coordinados y movidos con precisión, riesgo limitado al máximo desde el punto de vista del aparataje de seguridad, más de cuarenta subversivos detenidos y la más planeada sobriedad y estricta “sencillez” en una boda fotogénica para la retina del 25% de la población mundial. Y fue hecho a rajatabla. Guillermo y Catherine lo harán muy bien, sin lugar a dudas. Lo acaba de demostrar, sencillamente, se han metido al bolsillo a todos, sin excepción. Par de cracks. Larga vida.

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