15.11.12

BOOM

 Image::MS WAI LIN TSE PHOTOGRAPHER © BCN::


En medio de tiempos convulsos, a ratos aparecen momentos que de tratar de ocultar una sonrisa pudorosa bajando la cabeza o corriendo la vista hacia otro sitio, pasas a levantarla y reír con ganas, a carcajadas, y en el caso de quien os escribe, se relaciona intrínsicamente con lo más íntimo de uno, con su propia esencia, una de las cosas más fundamentales, que es el idioma. Primero al recibir una respuesta graciosa e informativa de MR Luis Harss, escritor chileno radicado en Estados Unidos y autor de “Los Nuestros”, libro de entrevistas publicado en mil novecientos sesenta y seis a los escritores clave del boom latinoamericano, aquel movimiento de autores que cambiasen la lengua española y se transformaran en un virus que se extendería alrededor del mundo entero como producto de exportación de, probablemente, una de las lenguas más bellas del planeta en una nueva forma de escribir. Segundo, por Sergei Kokovin, un jovencísimo arquitecto proveniente de San Petesburgo, Rusia, al cual el destino pondría en mi camino para reconfirmar la pasión por la defensa y promoción de la lengua en la que leen, entienden y reflexionan las líneas que ahora mismo recorre. 




Sergei, de una cultura y lengua tan abismalmente diferente a la propia, caía a América Latina previo paso por España con un español casi perfecto aprendido gracias a un curso por internet, conociendo a la nómina de autores completa del boom y con la disposición de una esponja a conocer más y más gente de estos lados, sus historias y sueños, en cuyas palabras y sentimiento, consideraba “la mejor gente del mundo”. Se te hacía un nudo en el estómago escucharlo, y porque sabías, muy en el fondo, que aquello era cierto. Un grupo de países azotados por dictaduras, saqueados en una supuesta “colonización” que fue burda excusa para el saqueamiento de riquezas, apropiación ilícita de recursos naturales y castigada por toda suerte de desastres naturales, tenían la capacidad de reinvención sin perder el alma, ni la dignidad, el cariño, la solidaridad ni la risa. De esa resilencia nacerían esos autores que en sus deslumbrantes retratos de familias, como narra MR Jorge Volpi, iban a convertirse en una herramienta, un arma de destrucción masiva, para uso extensivo de los novelistas provenientes de otras naciones periféricas. La intrusión de la magia en la vida cotidiana, frente a la calculada indiferencia de sus testigos, se convirtió de pronto en la mejor fórmula para expresar las contradicciones del mundo no occidental en una época en que este se caracterizaba por su miseria y su brutalidad política. Igual en África o en la India, o China o en Turquía, el realismo mágico permitía huir del realismo imperialista, seña de identidad europea y estadounidense, para dibujar escenarios contradictorios en los que la herencia tradicional, con su caudal de mitos y leyendas, podía entretejerse con la difícil modernización que sufrían, a pasos forzados estas sociedades. De Salman Rushdie a Mo Yan, de Soyinka a Murakami, de Roy a Achebe, el procedimiento garciamarquiano devenía una inspiración original. De nada sirve negar su virulencia: hoy, el realismo mágico continúa siendo una pandemia.



Los del boom caballeros, fueron los nuevos señores de la novela literaria por fin y definitivamente moderna: escribían sobre sus obras respectivas, se explicaban mutuamente, se trabaron como cómplices de un movimiento que podía transformar la realidad social a través de la literatura y sin renunciar a la literatura. Bien lo explica MR Jordi Gracia. Habían digerido a Joyce y a Faulkner, habían perdido indigenismo o localismo a través de la explotación intensiva del localismo, fuese en Macondo o en La Habana, y desde luego eran hijos de la era del compromiso político del escritor como vanguardia social. La construcción del presente fue cosa menos de los críticos que de los propios escritores, conscientes de la necesidad de nombrarse e identificarse coherentemente en el mercado literario y político. Vamos, que no eran ningunos aparecidillos de nada. De América Latina a Barcelona y París, tratando a las ciudades como el patio de sus casas, los argentinos conocían lo que se hacía en México o en Colombia. En los sesenta se decía que la capital de América Latina era París porque allí se encontraron todos los escritores de aquella zona, unos exiliados de las dictaduras de sus países, mientras que otros estaban en misiones diplomáticas. El movimiento literario que estaba naciendo disponía de corte propia, ejército y artillería. Aquellos escritores descubrieron que era más eficaz escribir como se habla o como se sueña para trasladar historias cercanas y populares, porque el lenguaje y su forma local, el idioma señores, es identidad. Y eso lo cogieron, lo usaron, y lo reventaron todos. El resto del mundo, incluyendo a los estirados franceses, victorianos ingleses, complicados españoles y densos alemanes, simplemente, no lo podían creer. Pasaron de ellos olímpicamente, y ni se les levantaba la ceja, sino todo lo contrario, lo hacían a punta de risas, pasión, amor y copas y al resto, que les dieran. Vivían entre la extrema riqueza del primer mundo sabiendo lo que era morir de hambre o de amor de sus propios pueblos, entre tierra, selvas y bosques, es decir, dando a las cosas el valor que se merecen pero tampoco más del que realmente tienen... y se volvieron universales. Emocionaron los corazones de cada persona que cogía sus títulos, fuese de donde fuese. Sin timos. A nadie mintieron. Los escritores iberoamericanos, aunque los de clase culta hablaban francés, se educaban leyendo traducciones del ruso, del alemán o del inglés mientras los otros se enfrascaban en sus propios idiomas... dejaron a Europa boquiabierta, porque se preocuparon por encontrar un lenguaje y por cómo hacer del continente americano una experiencia universal. Un continente que había sido marginal, que alguien llamó el pecado capital de América, que consistía en haber nacido fuera de la cultura y fuera de la historia y que hasta entonces la novela lo había aceptado con un tipo de novelas parciales y regionales. De pronto, estos autores hablaban aceptando su propia tradición, su propia cultura, pero la proyectaron hacia fuera: universalizaron los temas. Las dictaduras o la revolución cubana marcaron sentimientos mezclados de utopía, tragedia, barbarie, insatisfacción o deseo de justicia. Así, se fue construyendo una imaginación liberada, un canto de libertad. Una épica del desencanto que convirtió las balas en belleza radical, la naturaleza extrema en mito y el lenguaje en una fiesta mágica. 



En ese orgullo, pareciese impensable que en plena celebración de este cincuentenario, y en ser el español precisamente uno de los idiomas más hablados del planeta, por estos días el Instituto Cervantes esté sufriendo recortes que traerán consigo la ruina segura de todo lo que se ha ido ganando a lo largo de veinte años. Como afirma uno de sus ex directores, el escritor Antonio Muñoz Molina, El Instituto Cervantes es una buena idea que al cabo de veinte años parecía que ya hubiera cuajado y que ahora, como tantas cosas, unas fundamentales y otras superfluas, parece a punto de malograrse. El Cervantes nació en la época de falsa euforia de la Expo del 92 y de la Olimpiada de Barcelona, y creció sobre todo durante la otra euforia más exagerada y más falsa todavía de los años dos mil. Como tantas iniciativas españolas, tuvo un nacimiento tardío y un desarrollo en parte enérgico y en parte atolondrado, y sus mayores logros se han debido y se deben más al esfuerzo de muchas personas trabajadoras y comprometidas que a una elaborada planificación central, que nunca ha existido. Porque el español es una lengua transnacional, el Cervantes tenía que acoger y mostrar las culturas diversas de América Latina, y que resaltar en su modelo de enseñanza las variedades de la lengua; y porque España es un país plurilingüe era preciso que el Cervantes divulgara también los otros idiomas españoles y su presencia en las aulas y en las artes. En el Cervantes hay proporcionalmente menos haraganes y aprovechados que en casi cualquier otro ámbito de la Administración española, y una inmensa mayoría de gente que ama su trabajo y lo hace muy bien, muchas veces en circunstancias precarias y adversas, cumpliendo horarios casi siempre interminables y sacando el máximo fruto de medios mucho más limitados que los habituales en los otros institutos europeos. En un mundo tan propenso a la chapuza y el fraude como la enseñanza de idiomas, la calidad de la que imparte el Cervantes es un modelo de excelencia. En las ciudades en las que está presente sus bibliotecas son focos admirables y activísimos de difusión no sólo de nuestras literaturas sino también de las músicas y sobre todo del cine, lo mismo el español que el latinoamericano, un cine casi siempre poco o mal distribuido que de otra manera sería inaccesible para esos públicos. Bautizadas por igual con nombres de escritores de España y de América, esas bibliotecas nunca van a salir en ningún periódico, porque las cosas bien hechas y mantenidas con entusiasmo y tesón rara vez son noticia, pero no es posible entrar en cualquiera de ellas sin tener la sensación de estar pisando algo de lo mejor de nuestro. Ahora que se ha puesto de moda decir tantas vacuidades y hacer tantas tonterías protocolarias a cuenta de eso que llaman la “marca España”, corremos el peligro de dejar que se pierda lo que ya existe y ha costado tanto construir, el prestigio del Instituto Cervantes, la posibilidad razonable de hacerlo mucho mejor.



Jesús Ferrero contaba en un artículo hace poco publicado, que dentro del variado universo de los escritores, pueden caber dos clases de seres y dos clases de vinculación con el destino. Los que están en el mundo y los que no. Cuenta Ferrero que una tarde de verano, Carmen Balcells le desveló qué escritores de su agencia estaban en el mundo y qué escritores estaban en los cerros de Úbeda y los arenales de Babia. Fue una gran lección de sociología y mundología la de Balcells en aquella ocasión, lo pudo comprobar cuando le habló de Carlos Fuentes y de Vargas Llosa como ejemplo de escritores que estaban en el mundo. También le habló de escritores que no estaban en el mundo, que habían sucumbido a la depresión, al alcohol, a “la locura negra que todo lo ve gris”, según expresión de Rubén Darío, de escritores que en realidad nunca habían estado en el mundo y que, sin embargo, sobrevivían. Tendían a ser más abstractos, más elípticos, retorcían más el lenguaje, o lo purificaban más o lo destruían más. A veces se suicidaban. El caso más llamativo a este respecto ha sido últimamente el de Julian Assange. En muchos aspectos Assange representaba un príncipe de los nuevos tiempos, bastante audaz y acostumbrado a relacionarse con los poderosos, ante los que ejercía una oposición sesgada, vidriosa y bastante astuta, además de claramente maquiavélica en el mejor de los aspectos, con golpes de mano como los que aconsejaba el autor de El príncipe, destinados a darte fama de liberador. Podías pensar que era un hombre muy bien informado sin pertenecer por eso a la intimidad del poder, también veías a través de sus actos que el mundo digital iba a obligar a cambiar de arriba abajo los escudos secretistas del poder y hasta podía provocar una modificación del poder mismo. Evidentemente, eso era y es estar en el mundo, en el sentido en que lo podía entender Hölderlin, pero cuando uno está en el mundo de esa manera tan plenaria, teniendo al mundo por vasta morada donde siempre vas a encontrar admiradores, aliados y camas faraónicas para holgar gratamente, has de comportarte con la rectitud, la mesura, la discreción y la astucia del hombre de mundo dibujado por Gracián (el otro gran teórico del poder individual), a no ser que quieras que construyan frente a ti un muro y te priven de tu inmenso reino: el mundo. Como a los del boom: A todos ellos, a los oficiales y a los marginales, los incómodos protagonistas de nuestra Edad de Oro, no queda sino odiarlos amorosamente o amarlos rabiosamente. Sin medias tintas. ¿Será eso estar en el mundo? Quien sabe. Solo queda la certeza de lo que el propio García Márquez escribió: "la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla". Hágalo por Sergei, el Cervantes o los latinoamericanos del boom. Hágalo por Usted, su tierra y su idioma. Hágalo por todos. Protéjala, y si es necesario, por estos días como ciertamente es, respóndales igual, a esa gran tropa de mal nacidos, que no son ninguno de los que le acabo de nombrar: con un sonoro ruido. BOOM!.






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