28.11.13

CHARME

Image::MS EMMA PICQ PHOTOGRAPHER © PARIS::


¿Qué es?, ¿Lo sabe Usted? El charme. Esos tipos o esas mujeres que pueden llegar a sacudirse cual perro el agua después de salir de un río a nado, y tirar a todo lo que se encuentre a su lado ese rocío de elegancia, y que te hace descojonarte de risa, empapado entero. El charme. Es muy fuerte, pero así es. Encontrarte con esos cabrones es un placer, porque te lo hacen pasar en grande, y sales con el ego y el amor propio por las nubes. ¿Lucha de egos? Pues en su mundo eso no existe, porque incluso pasan de aquel tema del ego. Se las suda. Están por encima de eso. Siempre. Y no se trata de una cuestión de dinero, en absoluto, sino de educación, y por supuesto cultura, de esa que te hace doler la cabeza como cuando tienes líos con una muela del juicio. Cultura y educación a raudales, que no te llegas a enterar cuando te ha subido y bajado a ofensas en la cara con una gracia tal que no puedes sentir enfado, sino por el contrario, risa honesta, de esa que por estos días es tan difícil conseguir, de precio invaluable. Pura gracia. Eso es charme.



¿Ha estado Usted con esta clase de mujeres, que pueden ir vestidas sin el mínimo atisbo de detalles, ni una sola joya o rastro alguno de maquillaje, y que entran a un restaurante o a cualquier jodido sitio y el lugar entero gira la cabeza a su paso, a sus movimientos o el aura que llevan que parecen que levitan a centímetros sobre el suelo? Es indescriptible. Después se sienta Usted frente a ella con un par de copas de vino y una botella entre ambos, y… lo mismo la cabrona le habla en tres o cuatro lenguas distintas con sus respectivos slangs, conoce medio mundo, domina la alta y la baja cultura a la perfección, sus movimientos son tan delicados y gráciles como los de una bailarina de ballet rusa, su rostro el de una muñeca de porcelana [sin que sea necesariamente guapa, no se confunda] y si después de unas copas el ritmo de la música lo amerita, no pierde el tiempo y es la primera en saltar a bailar, haya o no pista sin perder en el meneo ni el más mínimo grado de glamour… y lo que piensen o no sus rivales féminas ante la ferviente mirada de sus maridos o parejas, se la trae floja… muy floja. Eso es charme caballeros. 



O para las mujeres [y hombres también], encontrarse con esos tipos que sonríen y son igual de embrujantes, y sus miradas se te pueden clavar directamente a los ojos y atravesarte, y después menearte por ambos brazos sonriendo preguntándote qué coño te pasa, que reacciones, y tú despiertas y sin siquiera darte cuenta, estás sentado a su lado en un bar escuchando a un tipo tocar un piano de cola, hablando desde política internacional hasta chistes de polígono, sin la necesidad de ir vestidos de traje pero con una gracia, elegancia y simpleza que lo mismo vaya así en el campo que en medio de les Champs Elysées y lo mismo, que se lleve las miradas de todos a su alrededor, de esos cabrones que se saben y sienten guapos, pero no hacen aspaviento de aquello, sino por el contrario, tratan de disimularlo contándote idioteces al oído para sacarte esa clase de carcajadas secas que luego te avergüenzan en público… son unos cabrones… eso es charme. ¿Ha conocido alguno? Si así es, se merece Usted un aplauso, porque seguro que se lo ha pasado en grande, y eso está muy bien.



Después de todo esto, podríamos hablar ahora de… cuán difícil resulta encontrarlos, a ellas o a ellos, a esa clase de gente, el verdadero charme. Es una aventura. Quizá la crisis, la tecnificación del mundo, el incremento de las redes sociales y la cada vez más intensa individualización del hombre gracias a los avances imparables de la tecnología vaya provocando su paulatina extinción. Viaje en primera clase en un vuelo transoceánico y se dará cuenta de ello, al mirar a su lado y ver a hombres y mujeres que a lo mejor podrían llegar a ser puro charme, si no estuviesen atrapados en sus mundos personales de ordenadores, tabletas, teléfonos móviles y cuanto aparato nuevo exista. Cuando no existía toda esa mierda, al menos quedaba la opción de entablar una conversación con su vecino sobre el libro que leía durante el vuelo o su autor, o sobre una noticia en el periódico o sobre el destino a la que iban en rumbo, o su cultura… eso ya no existe. Se murió. Baje a tierra y aquello es exactamente lo mismo. Las bibliotecas y parques están vacíos y las terrazas de cafés parecen campos santos gracias al mutismo de sus comensales frente a sus juguetes. Y lo más fuerte de todo esta historia, es que ellos mismos se piensan que aquello les da más estatus, o los pone en una suerte de condición superior por sobre el resto. No te queda más remedio que tragarte un café de un solo sorbo, pensar en silencio “pobres diablos”, pedir la cuenta y largarte de ahí, o de bajar del avión corriendo ni bien pise la loza del aeropuerto y salir de ahí lo antes posible.




Entras a un museo, a lo mejor, para quedarte frente a una obra de arte, que alguien se te ponga a tu lado y te haga un comentario sobre el lienzo para entablar una conversación y a lo mejor acabar riéndote frente a una copa en la cafetería, o un bar. Pues no, todo el mundo, una vez más, escuchando la historia de tal o cual cosa con unos putos auriculares en los oídos. Dígame Usted, ¿Cómo entonces se conoce gente?, ¿Saliendo a una discoteca llena de gente que antes que algún tipo de conversación, de por sí poco probable en un sitio como ese, salvo lo justo para llegar a lo que van, es decir, un polvo nocturno, vaya siquiera a pasársele aquello por la cabeza? Por decirlo a lo mejor de un modo, al ir paulatinamente limitándose las posibilidades de comunicación, al gente va perdiendo oportunidades vitales de aprendizaje producto de la sociabilidad para conocer otros esquemas de vida, historias y realidades, que son al fin de cuentas lo que van formando la experiencia, y por ende, la cultura general, que es lo que alimenta la vida y la educación, que es lo que forma la personalidad de cada persona y al final el charme, porque  charme es eso, pura vida, y sin pura vida, lo otro ya le digo, vienen muy complicado. ¿Qué hacer entonces, si poco a poco la vida en la gran ciudad va dejándolo completamente solo?... ¿Emigrar?... ¿Emigrar a dónde?... A lo mejor no sería ninguna mala idea mudarse una temporada larga al campo y establecer relaciones con agricultores, pescadores o campesinos donde la vida no ha sido aún violada por el falo gigantesco del avance tecnológico de la civilización, y donde aún quedan sonrisas honestas, libres de maldad ante detalles insignificantes de la vida común, sin aspavientos, que provocan el placer por seguir vivo y dar gracias por no ser un animal, o una planta. Pareciera que entender ese otro mundo, el real, fuese por nuestro días, la cuota más alta y eficiente para darle a las cosas la importancia que se merecen y empezar a reordenar todo, y poner cada cosa en su lugar, que quizá, traiga su vida un poco de charme. A lo mejor el charme, por nuestros días, sea la capacidad de análisis, corrosivo y lúcido, de los desvaríos y atrocidades que el hombre practica en una sociedad condenada a la autodestrucción, o salir del zoológico humano, o como coño quiera llamarle. Ojalá que Usted, si llegó hasta estas últimas líneas, sea capaz de hacerlo, porque me levantaría de mi asiento y al menos uno solo, aplaudiría su propia coherencia, señor lector, porque sería puro charme. Muchísima suerte.     



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