18.5.15

LA EDUCACIÓN


Image::MR DANIEL RIERA PHOTOGRAPHER © BCN::

A finales de julio próximo, aterrizaré una vez más en la ciudad de mis ojos y de mis años de juventud: Buenos Aires y su perfume perpetuo a garbo, pese a todas sus complicaciones. En esta oportunidad, para dictar una conferencia en el décimo Encuentro Latinoamericano de Diseño invitado por la Universidad de Palermo, sobre nuevas tendencias en ilustración de moda y comercial. Entre medio de la investigación sobre el tema, de nuevos ilustradores y la nueva (y no tan nueva) camada que irrumpe en los grandes espacios publicitarios, grandes campañas y medios de comunicación de toda la vida para darles aires frescos, asimismo de los nuevos outsiders de la ilustración protegidos por las mejores revistas de tendencias de los cinco puntos del globo, recibo un libro en mis manos, casi de casualidad.


El libro se titula “La Lámpara Maravillosa” del escritor y poeta colombiano William Ospina, Premio Nacional de Poesía en su país el año noventa y dos, y Premio de Ensayo de la respetadísima Casa de las Américas en el dos mil tres y trece libros a sus espaldas. La obra que cae en mis manos, se trata de cuatro ensayos en noventa y ocho páginas sobre la educación y un elogio a la lectura. No es menor que ya desde la primera página, MR Ospina cuente que cada cierto tiempo circula por las redacciones de los diarios una noticia según la cual muchos jóvenes ingleses no creen que Winston Churchill haya existido, y muchos jóvenes norteamericanos piensan que Beethoven es el nombre de un perro o Miguel Ángel el de un virus informático… que un joven no sólo no sabía que los humanos habían llegado a la luna, sino que creía que lo estaban engañando con esa “nueva noticia”. Desde ahí, a abrir una ventana como hecho: que nuestro tiempo es paradójico y apasionante, y de él podemos decir lo que Oscar Wilde afirmaba de ciertos doctores: “lo saben todo pero es lo único que saben”. El periodismo no nos ha vuelto informados sino noveleros y la propia dinámica de su labor ha hecho que las cosas sólo nos interesen por su novedad: sino ocurrieron ayer sino anteayer ya no tienen la misma importancia. Por otra parte, la humanidad cuenta señores con un océano de memoria acumulada; al alcance de los dedos y de los ojos hay en los últimos tiempos un depósito universal de conocimiento, y parecería que casi cualquier dato es accesible… sin embargo caballeros, tal vez nunca había sido tan voluble nuestra información, tan frágil nuestro conocimiento, tan dudosa nuestra sabiduría… ello demuestra que no basta la información: se requiere un sistema de valores y un orden de criterios para que ese ilustre depósito de memoria universal sea algo más que una sentina de desperdicios.


Y quiero hablar de educación, aprovechándome de la posibilidad de estar muy pronto, una vez más, frente a un grupo de alumnos dentro de cuatro paredes en un centro educativo, con la pregunta de ¿Qué coño es la educación? Esto es un blog de moda, por ejemplo, con dos millones de visitas, y las tiene porque vivimos en una época que a toda prisa cambia costumbres por modas, conocimiento por información y saberes por rumores, como dice el querido William, a tal punto que las cosas ya no existen para ser sabidas sino para ser consumidas. No sólo existe una estrategia de la provisión sino una estrategia del desgaste, pues ya se sabe que después de usar un vaso hay que destruirlo enseguida. Por la lógica misma de los medios modernos, bastaría que un gran producto dejara de anunciarse, aunque tenga una tradición de medio siglo, y las ventas bajarían de una manera abrupta. Quizá corresponderá a la psicología o a la neurología descubrir si de verdad los medios audiovisuales tienen esa capacidad pedagógica que se les atribuye, o si pasa con ellos de borrarse de la memoria con una facilidad asombrosa. Lo mismo ocurre con la industria editorial. Interesan por igual los malos libros que los buenos, y no siempre hay un criterio educativo en su trabajo. Un pésimo libro, insoportable, que se venda bien, a lo sumo puede ser justificado como un momento que ayudará a atenuar las pérdidas de los buenos libros que se venden mal, en la inevitable conclusión de que las cosas demasiado gobernadas por el lucro no pueden educarnos porque están dispuestas a ofrecernos incluso cosas que atenten contra nuestra inteligencia si el negocio se salva con ellas. Entonces, ¿A qué vamos a la escuela, a recibir conocimiento o a aprender a compartir la vida con otros, a conseguir buenos amigos y buenos hábitos sociales?... ¿Es la educación que transmite nuestro sistema educativo demasiado competitiva hecha para reforzar la idea de individuo que forjó y ha fortalecido la modernidad?


La cosa se complica tanto en nuestra contemporaneidad en cuanto las verdades de la estadística no pueden eclipsar las verdades de la psicología o de la estética. Un hombre debe ser igual a otro hombre en las oportunidades y en los derechos, pero también es importante que sea distinto. A veces la educación no está hecha para que colaboremos con los otros sino para que siempre compitamos con ellos, y nadie ignora que hay en el modelo educativo una suerte de lógica del Derby, a la que solo le interesa quién llegó primero, quién lo hizo mejor, y casi nos obliga pistola en la cabeza a sentir orgullo de haber dejado atrás a los demás. De todo esto desprendemos otra idea, más importante aún, y me refiero a ser competentes. Cuando hablamos de la “Competencia”, nos referimos a la capacidad de ser excelentes en nuestros respectivos oficios según la lógica darwiniana y quizá sea correcto este camino de avance sólo a través de la competencia y la rivalidad. Sin embargo, si cogemos los prismáticos y en ese Derby de pésima pedagogía de las sociedades excluyentes, donde la fórmula cual carrera de caballos es la de que uno triunfe al precio de que los demás fracasen, será reconfortante para los triunfadores pero deprimente para todos los demás, provocando un auténtico semillero de resentimientos, es decir, contagiados de la lógica norteamericana que nos divide entre ganadores y perdedores hasta en el mundo del arte, reino por excelencia de lo cualitativo sobre lo cuantitativo. ¿Quién dice que el aprender es algo cuantitativo consistente en la cantidad de información que recibamos?... ¿Quién le dice a Usted que el conocimiento es siempre algo que se adquiere, que se recibe?... ¿Qué pasaría si aprender fuera perder y no ganar, si ya Platón decía que la ignorancia no es un vacío sino una llenura?...¿Por qué una fruta tiene, por “lógica” que caer de un árbol, cuando las nubes o los globos suben? Quizá lo mejor que podría hacer hoy, en nuestros días, la educación formal por nosotros, es ayudarnos a desconfiar de lo que sabemos, darnos instrumentos para avanzar en la sustitución de conocimientos. Probablemente los educadores formales me digan que eso no es educación, sino adiestramiento… ¿Y no piensa Usted que es necesario que nos adiestren para salir a luchar a la selva de la vida real mientras nos educan para una vez allí fuera, no quedar paralizados del miedo, gélidos del terror?, ¿A Usted no le pasó? Vamos, a todo el mundo. Mientras la educación siga siendo sólo búsqueda del saber personal o de la destreza personal, todavía no habremos encontrado el secreto de la armonía social, hoy por hoy tan necesaria para salvarnos nosotros mismos, porque para ello no necesitamos técnicos ni operarios sino ciudadanos. ¿Dónde se nos forma como ciudadanos cuando la asignatura de Educación Cívica ya casi ha desaparecido de las mallas curriculares, en todo el mundo?... ¿Dónde se nos forma como seres satisfechos del oficio que realizan?... ¿Sabe Usted lo importante que resulta en todo esto y en nuestra vida el gran y extraordinario fenómeno de la felicidad?... de la felicidad.


El tema de la felicidad no suele considerarse demasiado en la definición de la educación, y sin embargo es prioritario, por no decir fundamental. Necesitamos caballeros hombres y mujeres profesionales si no felices, altamente satisfechos de la profesión u ocupación que han elegido, del oficio que cumplen, y para ello es igual de fundamental que la educación, en toda su amplitud, no nos dé apenas un recurso para el trabajo, una fuente de ingresos, sino un ejercicio que permita la valoración de nosotros mismos, como sucede en quienes practican las artes, comparándolos con la tristeza que suele acompañar a cierto tipo de trabajos en los que ningún operario siente que se esté engrandeciendo al realizarlo. Esta época, que convierte a los obreros en apéndices de los grandes mecanismos, en seres cuya individualidad no cuenta a la hora de ejercitar sus destrezas, es especialmente cruel con millones de seres humanos, y eso no puede ser ni se puede tolerar, porque no se trata de escoger profesiones rentables sino de volver rentable cualquier profesión, por el hecho de que se la ejerce con pasión, con imaginación, con placer y recursividad, aspirando a que no existan oficios que nos hundan en la pesadumbre física ni en la neurosis, haciendo que olvidemos interrogar el mundo a partir de lo que somos, y fundar nuestras expectativas en nuestras propias necesidades. ¿Por qué asumir pasivamente los esquemas?... ¿Por qué aceptar un tipo de parámetro profesional que convierte un oficio en una limitación insuperable? Nada debería ser definitivo, sino por el contrario todo debería estar en discusión. Y esto es importante, porque si bien entendemos a la educación como el gran remedio para los problemas del mundo, mirando el aprendizaje como la más grande de las virtudes humanas, es también una gran responsabilidad, y esto, porque los seres humanos aprendemos, y porque aprendemos somos peligrosos. Nuestras virtudes son también nuestras amenazas, porque el privilegio de pensar, de inventar y de aprender comporta también aterradoras posibilidades. En nuestro actual modelo, en constante degradación moral, política y empresarial, donde a todo se presta atención presurosa y superficial, debemos preguntarnos seriamente si la educación está criticando estos comportamientos, o si acaso está reforzando este modelo. ¿Cómo convertir entonces a la educación en un camino hacia la plenitud de los individuos y de las comunidades? Evidentemente, convirtiendo también el modelo de desarrollo, que suele ser el que define el modelo educativo. Si durante mucho tiempo el modelo de Occidente ha sido la productividad, la rentabilidad y la transformación del mundo, hay también un tipo de modelo de productividad que no da empleo, una rentabilidad que no elimina la miseria, una transformación del mundo que nos hace vivir en sordidez, más lejos de la naturaleza que en los infiernos de la Edad Media. Os cuento todo esto para reafirmar, una vez más, que el nuevo modelo debe ser de un desarrollo de equilibrio y la conservación del mundo.



Nosotros podemos dictar las pautas de nuestro presente, pero son las generaciones que vienen las que se encargarán del futuro, y tienen todo el derecho de dudar de la excelencia del modelo que crearon nuestros padres y abuelos y en el que vivimos en aparente perpetuidad, y pueden tomar otro tipo de decisiones con respecto al mundo que quieren legarles a sus hijos. Es como con la tecnología. Después del boom de iPads, iPhones, facebook, twitter, google, amazon o instagram, lo que los volverá prudentes en su relación con la tecnología no será la previsión sino la evidencia de que también hay ella un poder terriblemente destructor. Ese es el actual paradigma de la educación, esperando, por el bien de todos, que den con la clave para su correcta transformación. Sería un puntazo.


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