24.11.08

EL SECRETO A VOCES


Imágen::QUENTIN SHIH PHOTOGRAPHER::


Le creo a Fernando Trías de Bes, aquel magnífico escritor, economista y especialista en innovación y creatividad cuando me afirma que para que algo sea objeto de moda, debe ser público. El secreto es que ningún secreto escondido es negocio. Por el contrario, son los secretos a voces los que permiten hacer dinero. Aquella inteligente afirmación es una gran lección para el marketing, y más importante aún, para la economía en general. En estos tiempos actuales en donde la transparencia se recomienda en todo orden de cosas, constituye esta estrategia un ejemplo de cómo puede estimularse la economía. ¿por qué? porque un secreto único sólo se puede vender una vez. En cambio, los secretos desvelados sos susceptibles de convertirse en negocio.


Radical importancia obtiene aquella reflexión de Trías de Bes en un momento en donde los mercados han dado la espalda a la cumbre financiera con más desplomes, China defiende su postura en que no puede seguir siendo la fábrica del mundo y donde la segunda economía del planeta, Japón, entra en recesión por el descenso de las exportaciones, enfrentándose al mismo tiempo a una doble transición política y social. Si lo acercase al ámbito local, específicamente a la industria textil, para nadie es desconocido que para el mayor grupo del sector, Inditex, los malos datos económicos siguen pasando factura a su valor. La semana pasada sus títulos han tocado su valor más bajo desde diciembre del 2005 tras conocerse que el gasto de los hogares españoles había caído un uno por ciento en el tercer trimestre del año.


Pero necesitamos volver al plano más amplio del asunto y regresar a Asia, que se constituye como el mayor consumidor del lujo y la alta costura occidental. Ante esta situación económico-socio-cultural de ambas potencias, se vuelve escandaloso y patéticamente inaceptable que las firmas de alta costura pretendan inmiscuirse tan arrogantemente con estos mismos tres preceptos: economía, sociedad y cultura, y con completo conocimiento de causa.


Christian Dior, empresa propiedad del grupo Bernard Arnault, acaba de inaugurar en el Centro Ullens de Arte Contemporáneo, en Pekín, una muestra inspirada en el universo del diseñador francés, escogiendo y pagando a 21 artistas (algunos fde ellos fichados por la londinense Saatchi) como Quentin Shih, Wang Gongxin y Zhang Huan entre otros polémicos y transgresores artistas chinos. El trío Bernard Arnault, Sydney Toledano y Jérôme Sans entran con demora y poca credibilidad al circuito de alicaídas firmas de alta costura que pretenden ser legitimadas por la institucionalidad artística, como lo han hecho ya otras como Salvatore Ferragamo, Pierre Cardin, Max Mara o Prada con escasísima atención por parte del circuito artístico oficial. Sus intenciones, aparte, de preparar un lavado de imágen a través de la creación de la "Fundación Louis Vuitton para la Creación" encargando el diseño de su sede en París a Frank Gehry, en mi personal opinión, no creo que convenza al Guggenheim, ni a las élites occidentales ni muchísimo menos a quienes vivimos de esto. Pero probablemente convencerá a los nuevos ricos chinos y japonenses que seguramente seguirán arrodillándose ante las puertas de sus tiendas, porque ciertamente viven de ellos, ya que sus tiendas y showrooms en París y el resto de Europa, hoy por hoy, facturan casi en su totalidad gracias a turistas provenientes de estos mismos países además de Rusia, Norteamérica y el Golfo Pérsico, es decir de manera redundante, los nuevos ricos. De misterio no tiene nada.


La moda vive un caos que parece casi imposible que ante la actual situación económica logre sobrevivir y permanecer parada en occidente sin depender de las economías emergentes y su enfermizo afán por la demostrabilidad. Asimismo, en volver a ganarse la confianza de las élites que pasaron a considerar esta industria irremediablemente obsoleta. La estrategia, a mi juicio, es la de volver a dotar a la moda con los nuevos parámetros sociales y adaptar sus valoraciones simbólicas a las reales expectativas estructurales de la contemporaneidad social. Pero para eso debemos entenderla en toda su amplitud y todas sus consonancias y sobre todo, sin secretismos.


Fernando Vallespín da muchas luces para entender este proceso de forma coherente y concensuada, adelantarnos a lo que estaremos enfrentados y manejarlo de formas y maneras precisas. La gran cuestión es si somos capaces de anticipar los rasgos básicos de la sociedad que viene señores lectores, si podemos saber en qué se diferenciará de lo ya conocido. La sociedad abandonará alguno de los rasgos más conspicuos de la postmodernidad para volver a los de la anterior fase moderna, haciendo hincapié en que no significa un pleno retorno a ella. Vallespín la bautiza como la "neomodernidad".


Hay que tener dos dedos de frente para darnos cuenta que se alza ahora lo económico como el factor central de la actividad humana, como así también ver en lo identitario-cultural la esencia del conflicto contemporáneo. Los conflictos entorno a la distribución de los recursos pasarán a ser el centro de atención y se postergarán los identitarios. Lo que volverá a dominar los discursos políticos será la redistribución y la lucha contra la desigualdad, después de haber sido la gran cuestión olvidada durante décadas. Volverán a la mesa los conflictos sociales con raíz en la lucha de clases de toda la vida y al mismo tiempo, es sencillo determinar la futura presión por alcanzar mayores equidades fiscales, es decir, la afirmación de igualdad frente a las de las publicitadas diferencias. Volverán a regir los valores de la solidaridad, la igualdad, la autoridad, la responsabilidad y el esfuerzo. Son los valores que cotizarán al alza. Seguramente no saldremos del agravante de la individualización, pero se generará una tendencia a su modulación en pro de un mayor compromiso con los objetivos sociales generales. Al mismo tiempo, es fácil imaginar que serán mirados con sospecha aquellos rasgos esenciales del pluralismo: lo relativo, lo ambivalente, lo ambiguo y otros conceptos de tónica similar.


Probablemente señores lectores, el Estado volverá a gozar de una renovada legitimidad, al cual se le exigirá mucho más de lo que está en condiciones de dar, pero sin lugar a dudas será el gran protagonista del futuro inmediato y de mediano plazo, sujetándose más a la clásica pauta de la colaboración internacional que a la gobernanza transnacional y volviendo a las certidumbres locales, a las tentaciones de reafirmar el egoísmo de país, el paternalismo burocratizado de una quizás difícil demanda de resistir... si es reclamado por los ciudadanos, por ver quién será lo suficientemente capaz de resolver de mejor forma sus propios problemas, por sí mismo. Lo importante de destacar es que si se emprendiese esta senda, se podría entrar quizás en una importante crisis de gobernabilidad señores lectores. La vuelta de un certero protagonismo estatal ofrecerá una nueva oportunidad a las políticas de izquierdas, recuperando las palancas sobre las que se apoyaban para emprender reformas. Sin embargo, el gran peligro se manifiesta en un posible abandono de gran parte de su dimensión utópica, ya que quedarían huérfanas de un claro sentido de la idea de progreso y en su énfasis por gestionar acciones dirigidas a evitar los males del desempleo, las pensiones y la pérdida de competitividad. Es fácil especular que sus programas se dirijan más a administrar las pérdidas que a anticipar las ganancias derivadas de emprender un nuevo camino. A pesar de esto, sería quizás la ocasión única y valiosísima para desprenderse de los modelos fracasados y reconducir el orden social hacia un nuevo contrato, un pacto que sea capaz de trasladar lo estatal hacia la colaboración sintonizada a las dos dimensiones ya imprescindibles: lo transnacional y lo civil.


Asimismo señores lectores, sería una alternativa que recuperase la esencia del populismo de derechas, la vuelta al Estado de la ley y el orden alimentado por burdos nacionalismos revividos a través de las fronteras, la xenofobia y la reafirmación de las identidades nacionales. Sería la otra dimensión, siniestra hasta lo indescriptible de un rampante conservacionismo. La cúpula de Barceló, de la que hablé en un artículo anterior, sería un buen ejemplo que anticipa estos futuros rasgos: el discurso que encuentra el terreno abonado en situaciones de crisis, sobre todo si resulta capaz de engarzarse con éxito a los nuevos temores y consigue dar con una fórmula retórica capaz de catalizar el descontento general.


Sin embargo, con todo, la actual situación nos ha ubicado ante un camino más positivo, aunque no lo parezca. Nos da luces para recordar y ser conscientes que hay una enorme fuente de poder social creativo que puede ser movilizado si encontramos las claves necesarias para hacerlo realidad. En democracia señores no existen poderes que estén materializados de una vez por todas. El poder es energía social que fluye y que siempre podemos ser capaces de orientarlo hacia esos fines que merezcan ser emprendidos. Hoy no podemos hacer oídos sordos a una orientación realista que de manera pragmática tome en consideración lo dado, pero este nuevo pensamiento único de realismo no será capaz siquiera de satisfacer este objetivo si se queda en las antiguas certidumbres y los viejos instrumentos de acción. Para lograr este objetivo señores lectores, se necesita imaginación, liderazgo y un claro proyecto de futuro. El cambio que podamos generar en esta industria y sus horizontes, radicará en el contenido con el que vayamos a dotar lo nuevo, la forma en que seamos capaces de extraer con inteligencia y humildad las consecuencias oportunas de la experiencia y la aprovechemos para innovar social y artísticamente. Así, créanme, nadie nos podrá tocar, ni mucho menos juzgar, sencillamente, porque la propia sociedad será la que nos catapultará y protegerá, ya que será sin duda alguna el sector quinario y cultural el que la entenderá y le proporcionará el único y más valioso tesoro alejado de cualquier partidismo: humanidad.


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