24.1.09

CUANDO PASAMOS DE LAS MODAS


Imágen::TERRY RICHARDSON STUDIO::


"Por una sociedad libre: muerte a los coolhunters" escribió una persona con respecto a mi último artículo, junto con otro par de descalificaciones. Yo también lo apoyo. Si bien no en esos términos, sí en su contenido. Mismo contenido que ya hace un buen tiempo me hizo abandonar casi por completo el ejercicio del oficio, actividad que mientras más se profundiza, más permite conocer a la sociedad y al mismo tiempo, ser los primeros testigos de la estupidez más colosal del mundo en el que vivimos y con el cual jugábamos a nuestro antojo. Identificábamos de una manera parecida a lo que sucede con las epidemias una marca, un objeto, un modelo, un color o todo un estilo de vestir o de vivir. Hacíamos que dejase de ser algo propio de unos cuantos individuos (ocasionalmente de una única persona) para convertirlo en una moda planetaria.


La temporalidad es quizás el elemento que más define al mundo de la moda y el principal concepto que utilizábamos (y utilizan) para su constante renovación y vigencia: una moda, una tendencia, viene, conquista a sus adeptos, está, triunfa y pasa. Uno va a la moda y si no va con ella, significa que está anticuado, algo aparentemente tan mal visto desde el punto de vista social como no ir subido al tren de la modernidad. Se ponían de moda automóviles, tipos de comida, ropa y complementos. La prensa reproducía sus imágenes más llamativas, se popularizaban los nombres de los diseñadores entre los magos de la alta costura y horizontalmente cobraban protagonismo los nombres de las modelos que lucían aquellas novedades sobre la pasarela.


Que el mundo de la moda mueve mucho dinero no es nada nuevo. Nuestros trabajos, según estos preceptos específicos, tampoco lo eran. Ahora la moda señores lectores, es objeto de estudio por parte de profesionales de la psicología que analizan la conducta y las respuestas cerebrales. Gracias al azar, escapamos de esto antes de que se fundasen los laboratorios de experimentación, fuese tema de tesis universitarias e incluyera la oferta académica de escuelas privadas. Personalmente me iba bien, podía identificar el lujo más exacervado y modularlo, porque venía de un continente que moría de hambre y en donde las madres no tenían agua potable para darle de beber a sus hijos. Era un importantísimo punto a favor, una buena herramienta para conservar siempre una mirada con ojos absolutamente imparciales. Por supuesto, esa misma lucidez se hizo insoportable, misma razón que motivó mi retiro prácticamente innegociable, que sucedió al mismo tiempo de su popularización.


Como nos narra el médico Albert Figueras, existe un curioso paralelismo entre el fenómeno del boca-oreja que lleva hasta la ebullición de una marca o un objeto y las epidemias. La base consiste en llegar a alcanzar un número mínimo de adeptos para asegurar la expansión progresiva del nuevo uso. Si no se logra este mínimo, la moda no llega a ser tal. Lo interesante es que hay algo más que una mera cuestión numérica. La clave radica en conocer por qué una marca, un objeto, un color o una forma llegan hasta este primer grupo de personas y de qué forma se logre que cale en ellas. Nosotros las conocíamos bien, y ahora toda la nueva generación empiezan a conocer algunas respuestas sobre la motivación, pero aún quedan muchas por reconocer.


Cualquier moda señores lectores, tiene unas características y unas circunstancias que la hacen apetecible para unos y detestable para otros. Los adolescentes y los jóvenes copian las costumbres, la convierten en una señal de identidad y la globalización se encarga de diseminarla por todo el planeta. La identidad que proporciona una pieza de ropa, la posibilidad de diferenciarse del resto del grupo, el carácter rebelde que supone su uso o simplemente el hecho de sentirse mejor con la imágen propia, son elementos que desempeñan un papel decisivo a la hora de seguir una moda.


Los demás también tienen un gran papel en las modas. Por un lado está la persona. El hecho de ser el primero del grupo en utilizar y mostrar un objeto nuevo despierta la atención de los otros, sugiere algún tipo de reconocimiento social y justifica que le pongan etiquetas relacionadas con la originalidad, la singularidad o la modernidad. Todo aquello señores lectores, aumenta la autoestima de la persona, refuerza conductas futuras de seguir a la moda y contribuye a la atribución de una posición en el grupo. Estar a la moda resulta atractivo y muchos persiguen precisamente eso. El vestuario y los complementos forman parte de una supuesta identidad, contribuye a diferenciarnos de los demás y al mismo tiempo, entregan pistas sobre nuestra propia pertenencia o nuestra particular simpatía hacia un grupo, una ideología o una manera de ser y de hacer, es decir, buscamos con obsesión la divergencia de los demás en el consumo de objetos que definen la identidad. Por supuesto, los productos más apetecidos serán siempre, por este mismo motivo, aquellos que definan más la identidad de la persona, al mismo tiempo que no servirá para otro tipo de productos más impersonales.


La estrecha relación con el usuario de una moda está siempre relacionada con el grupo señores lectores, y con sus reacciones: elogios, envidia o una paranóica voluntad de imitar. El elogio refuerza una determinada conducta, la envidia origina deseo y probablemente, muy a mi pesar, también participa en la conducta de imitación del líder. Razón absoluta tiene Figueras cuando comenta que la identificación, el deseo y las dosis de erotismo son las claves para vender, porque eran los precisos conceptos que usábamos para hacer de un producto "X" algo cool. Era de verdad una actividad increíblemente espantosa, pero funcionaba, daba resultados y eran implacables. De esa experiencia aprendí con tristeza que el ser humano es predecible en su máximo patetismo, por ende, manipulable, negociable.


La moda, probablemente como el arte y otros estímulos que nos lleguen a través de los órganos de los sentidos, despiertan una emoción. Algo que está de moda no suele dejarnos indiferentes. A veces nos atrae hasta el punto de llegar a movilizarnos para obtenerlo. Otras veces lo novedoso supone un rechazo, por temor o por la inseguridad asociada a lo desconocido, a lo que no dominamos. La percepción, el transfondo cultural del sujeto y el contexto en el que se usa el objeto de moda son determinantes a la hora de gatillar las emociones; también lo es el estado afectivo. Eran las premisas, muy bien conocidas por los publicistas, los coolhunters y las empresas para las que trabajábamos. Premisas que en mi personal opinión, nos sirvieron antaño para saber diferenciar a la gente, a los diferentes grupos, las diferentes clases, sus discursos y de crear en nuestras propias vidas privadas extrañas suertes de coladero, dejar entrar en ella a todo tipo de personas pero conservar sólo a las realmente humanas, asimismo a quedarnos sólo con lo elemental y al mismo tiempo, ya desde afuera, burlarnos de todo el enorme abanico que todos conocemos y reconocemos con el nombre de sociedad, hacer que se matacen por un reproductor de sonido, un móvil, un bolso, un coche o unas gafas. Más gracioso aún, era que ni siquiera nosotros los usábamos. Sólo nos interesaba crear esas necesidades efímeras desde la nada. Para eso nos pagaban.


¿En qué me sirvió todo esto? en conocer que el saber, el sabor y la sabiduría es una bella relación para la vida. Sabiduría es la capacidad de saborear bien las cosas señores lectores, de captar su íntimo secreto. El conocimiento más perfecto es la sabiduría, superior a cualquier ciencia, porque trata temas eternos y trascendentales. Los que estuvimos en esto y nos fuimos, aprendimos en gran medida a pasar de las modas, pasar de la gente y pasar del bien y el mal, porque fuimos encargados de dirigir la vida de mucha gente, de resolver los problemas que afectan a la felicidad y a la dignidad de las personas. Creo que nos hicimos un poco más sabios de lo normal, porque aprendimos a saber que vivir, y vivr bien, es la gran asignatura pendiente y no para unos pocos, sino para todo el mundo. ¿Es eso una moda señores? en lo absoluto.


Concuerdo con el fabuloso José Antonio Marina, porque pienso igual que él, cuando supone que algo hemos hecho mal cuando progresamos continuamente en los campos cintíficos, económicos y tecnológicos, pero estamos estancados en nuestro modo de resolver problemas afectivos, sociales y políticos. Como bien dice, vivimos en "un mundo tecnológicamente sofisticado pero emocionalmente primitivo", en donde la violencia señores lectores continúa siendo la última solución. ¿de qué lograrme cuenta con esto? que la sabiduría está por encima de la ciencia. Tenían razón los griegos, no era porque sea un conocimiento de realidades superiores, sino porque trata de guiar bien la acción. Por eso no podía seguir en esto, no era moral, no era ético.


Lo que necesitamos hoy todos, es aprender a deliberar sabiamente, a tomar decisiones, a enfrentarse con los problemas, a ser fuertes sin ser insensibles, a establecer vínculos afectivos profundos y felices, a disfrutar de las cosas buenas y bellas. Como dice mi querido crítico, a lograr una sociedad más libre, más justa. Es importante señores lectores reivindicar la idea de la sabiduría, pero también la idea de bondad, que es correlativa. En efecto, el sabio es el hombre bueno. La bondad, según Marina, es la gran creación de la inteligencia y hay que pensar muy bien en esto señores, porque la idea que tengamos sobre lo que es la inteligencia va a determinar gran parte de nuestra educación y de nuestra cultura. Con todo esto, ¿a quién podría interesarle ser coolhunter? a mí por lo menos, ya no.

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