17.3.09

BARCELONA A CONTRACORRIENTE


Imágen::ANNIE LEIBOWITZ STUDIO::


“Tendencia en las tendencias”, era el título de las jornadas donde hace una semana participé como ponente, frente a una asistencia tan dispar como particular de supuestos buscadores de innovación y aplicadores de vanguardia en la cultura, los medios y la empresa privada. Para ser sincero, iba dispuesto a encontrarme con cualquier cosa sobre unos temas tan contemporáneamente preponderantes como subjetivos, a la vez delicadísimos. Del programa que recibí sólo una persona se me hacía familiar: Alex Brahim, coloso de la gestión y producción cultural independiente, dueño de una pluma brillante con quien hasta el día de hoy, tengo el placer de compartir páginas en emblemáticas revistas de tendencias gestadas en Barcelona, las mismas que eran mi tema en aquellas jornadas. El resto, además de representantes de gobierno y organismos públicos como el FAD y COPCA, eran un misterio que internet me ayudó a sacarlos del pozo de la invisibilidad.



Trendhunting, coolhunting, trend forecasting, cooltrekker, catalyst y networking eran las palabras a las que todo el mundo se refería. Me preguntaba por qué tanto esmero por buscar palabras para designar o denominar a algo tan sencillo como la generación de necesidades efímeras desde la nada para la revitalización continua del mercado y sus productos de transacción comercial. Me resultaba bastante gracioso. Escuchaba las diferentes presentaciones en silencio, con respeto y los hombros encogidos. La verdad es que mientras más escuchaba, más perplejo quedaba porque no daba crédito, como bien dije en voz alta en su momento, a la desconexión total entre temas que de por sí deberían estar siempre endémicamente conectados. Escuché de naves espaciales, botellas de agua, coches ecológicos, tarjetas para taxis, un sombrero colombiano utilizado en un desfile por Jean Paul Gaultier, un parque de esculturas en México, comercio justo, proyectos sociales en Marruecos, Hospitalet de Llobregat, fondos de ayuda e incubadoras de diseño y otra interminable serie de proyectos, proyectos y más proyectos. Por su contrario, no escuché nada sobre estrategias políticas, trucos económicos, financieros, modus operandi de blindajes sociales, lucha de clases, políticas sociales y gestión de empresas en períodos de crisis, todos temas que, los que antaño trabajábamos en esto, debían ser los primeros en la lista para nuestros planes de acción y reacción inmediata. Vuelvo a Brahim, porque sólo él fue capaz de reflexionar sobre las compatibilidades e incompatibilidades, las sinergias y las fricciones y los diferentes grados de permeabilidad e impermeabilidad entre las tendencias creativas de avanzada y su relación con los cambios sociales, culturales y de las estructuras e intereses de las compañías, organismos públicos y las estrategias que adoptan en el mercado.



En un momento de la conferencia, ante descalificaciones a título personal por parte de una estilista para con una de las revistas en que ambos escribimos, quizás la única que ha podido a base de esfuerzo, laicismo y crítica con la opinión pública, además de elevarse como una catapultadota de un sinnúmero de excepcionales talentos creativos y convertirse en referente de las actuales publicaciones de distribución gratuita en el ámbito nacional, no me quedó más opción que desmontar con cifras y porcentajes su crítica injustificada, que demostraba, muy a mi pesar, una vez más, la falta típica y garrafal de información por el simple hecho de hablar sin fundamentación alguna sobre un tema en donde no se tienen los marcos teóricos ni prácticos que defiendan un juicio tan determinante, con el agravante de hacerlo público.



Acompañado de este impass, vino el siguiente, esta vez más generalizado, por ende aún más preocupante, que era la repetición de la frase “en Barcelona no pasa nada”, “aquí no hay nada”, nada, nada, nada de nada. Callé. Aquella afirmación, viniendo de personas, catalanas, que trabajan en este medio creativo de amanecer a ocaso, en este misma ciudad, me entristeció, me enfadó. La verdad, me pareció de mal gusto, de incapacidad, más que nada por el hecho de hacer una aseveración de tal magnitud dentro de las aulas de una institución académica, dentro de una escuela superior de diseño, de una instancia de formación cuyo deber es el de dotar de futuros profesionales al país. Fue una experiencia desoladora, pero no me amainó, al contrario, porque fue sólo cosa de preguntar con consciente e impuesta arrogancia sobre cuántos de ellos jugaban actualmente en las grandes ligas y recorrían medio planeta para generar sumas millonarias en la facturación de empresas de consumo internacional para que simplemente, enmudecieran. En ese momento, sucedió lo que dentro de un aula debería suceder, que es el generar un ambiente académico de juicios críticos con fundamentación y de empezar a pensar hasta qué punto realmente podemos, en primer lugar, generar un debate coherente universitario, un buen feedback de opiniones convergentes para lograr acuerdos efectivos, funcionales, y en segundo lugar, ponernos a pensar en qué medida estamos nosotros mismos haciendo que las cosas sucedan, que sean realmente notorias, notables y prudentes para llegar a autocatalogarnos como vanguardistas, como buscadores de tendencias y lograr exportarlo con efectos de resultados. “Aquí no pasa nada”: no volveré a callarme ante esta barbaridad, no volveré a pecar de diplomacia señores. No lo voy a tolerar, sencillamente, porque no es la verdad.



Un simple ejemplo popular. He escuchado por toda clase de canales, de gente que supuestamente genera tendencia y vanguardia en la ciudad condal, críticas espantosamente crueles contra Penélope Cruz, poniendo en tela de juicio su calidad como actriz y de ser una imagen “cliché” de una España que no es real, la misma que se llevase la estatuilla más deseada del séptimo arte alrededor del planeta gracias a la ópera prima del director Woody Allen. Lo que no he escuchado, por parte de casi nadie, es la alegría que representa que esta mujer diera tan inimaginable honor y empuje al país, y especialmente a esta ciudad. Con esa simple estatuilla, los niveles publicitarios a nivel internacional y el hecho que la palabra “Barcelona” aparezca iluminada con tubos fluorescentes de neón en cada rincón del planeta, de forma gratuita, sería, a mi juicio, suficiente para sonreir y sacarnos el sombrero ante esa mujer, porque la atracción de turismo, ocupación hotelera, incremento del sector hostelero de millones de personas que fichen la ciudad como destino vacacional y aumentar la facturación de la economía catalana, considerando que prácticamente la ciudad vive del turismo, esa falta de solidaridad, me deja estupefacto. Atacar es la premisa, atacar injustamente, eso es vicio señores, eso es envidia y ese enorme defecto no construye, tampoco aporta. Soy consciente de ello.



El alcance e importancia que genere un sitio en particular, se deberá siempre al grado de internacionalización que posea, bien lo sabe el gobierno catalán, como tan bien lo saben además los alcaldes de París, Londres, Nueva York, Berlín y todo el resto de metrópolis internacionales. Como bien nos compartían los periodistas Noguer y Martí Font en este aspecto, las nuevas tecnologías, las facilidades en las comunicaciones y las estrecheces económicas están obligando a replantear la red diplomática de muchos países. Francia, Italia, Reino Unido, Suecia y Austria están en proceso de cerrar varias embajadas y consulados, pero contrariando esta aseveración, la genialidad e inteligencia de lo nuestro, cree en la necesidad de dotar a Cataluña de un rostro político y cultural en determinados países o instituciones. Sin casarme con partidismo político alguno, aplaudo que la Generalitat, además de las treinta y ocho oficinas comerciales desplegadas por todo el mundo desde hace años, haya inaugurado en los dos últimos ejercicios cinco delegaciones en París, Londres, Bruselas y Nueva York. A estas próximamente le seguirán otras en Buenos Aires, México y en una capital asiática, probablemente Honk Kong o Shangai, dependiendo de la fuerza que sigan demostrando económicamente alguna de esas naciones y que signifiquen posibilidad de negocio para Cataluña. La de París tiene como objetivo meter a Cataluña en la Unesco, organismo internacional donde podría tener la condición de miembro asociado, aunque para ello debe primero conseguir que el Gobierno español lo proponga y después que lo aprueben dos tercios de los miembros de la Conferencia General de la Unesco. Por su parte, Nueva York, como centro cultural y neurálgico del planeta, parece una elección inevitable. Otro aspecto es que, desde allí se pretenda, como se ha dicho, introducirse en las esferas de Naciones Unidas. Con estas delegaciones señores se ahorrarán costes, pues ayudarán a unificar oficinas ahora dispersas de organismos comerciales como el Copca, Cidem y del Instituto de Industrias Culturales, convirtiéndose en la comunidad con más oficinas en el extranjero y que son las mismas que permiten que esos mismos críticos, puedan presentar sus creaciones en un showroom en el Rendez-Vous de París o colaborar a que sus piezas puedan ser capitalizadas efectivamente para dotarlas de un valor simbólico capaz de competir en los circuitos internacionales.



¿Qué nos pasa? me pregunto. ¿Olvidan que el mediterráneo ha sido siempre un mar que ha ayudado a crear y a comunicarse grandes culturas, hebrea, griega, latina, árabe y que luego se han abierto a todo el mundo? Ahora la intercomunicación es más amplia que nunca, con un gran movimiento del sur hacia el norte que mezcla lenguas y culturas. Se ha creado una cierta identidad común, en un marco de una diversidad evidente. El presente y el futuro exigen un diálogo intercultural que ayude a compartir valores comunes, como bien tiene Barcelona con un peso abismal valorado en todo el mundo. Dicho diálogo es un bien moral, crea complementariedad, acepta el legado del pasado con una memoria lúcida y crítica. Ante el pluralismo y la diversidad cultural en los países ribereños de nuestro mar, tan mío como vuestro, se dan de hecho tres respuestas muy distintas. La primera, que es la que veo con preocupación que actualmente está acechando a todos, es el modelo multicultural, mala imitación del modelo anglosajón que en un principio utópico debía abogar por el respeto de todas las culturas, viviendo en comunidades separadas y conservando pura su propia identidad. Pero esta fórmula se basó en el relativismo cultural y la autosuficiencia de cada grupo, y fracasó, porque ha llevado a la segregación, a la creación de guetos y ha originado grandes tensiones en las jóvenes generaciones. Lo vemos a diario en la calle. Un segundo modelo es el asimilacionista, típico de la Francia laica más ortodoxa, que se basa en la igualdad de todos los ciudadanos, el menosprecio de las diferencias y particularidades, así como de los catalogados comunitarismos, en donde la primacía se pone en la homogeneidad y la cohesión social. Se trata de asimilar a lo que es común y de ignorar lo que es característico de cada grupo cultural.



El segundo modelo también va fracasando, porque se basa en una concepción liberal y parcial del ser humano, desconociendo la gran complejidad de nuestras vidas. En Francia, sobre todo en París, esta laicidad está fracasando fulminantemente, como pudimos apreciar todos en los disturbios pasados de los jóvenes musulmanes de los barrios marginales de la capital gala, que luego se extendería a otros puntos del país. El modelo más correcto señores, aquél que aprecio de Barcelona y que defenderá hasta el cansancio contra toda voz crítica, no es más que aquél intercultural, que es más activo, que pone el acento en la necesidad de un proceso de cambio y de interacción de toda la sociedad hasta llegar a una integración pero con respeto a las diversidades en un proceso de convergencia mutuo, porque aquello generará una identidad, que puede ser a la vez recibida del pasado, estable, pero también dinámica, como resultado de las relaciones con otra gente, de un diálogo constante que enriquece sin destruir. En Europa estamos más acostumbrados a la condición “bi”. En Estados Unidos, como en su momento lo charlé con la diseñadora cubana Isabel Toledo, aparte de los inmigrantes, no existe esa conciencia. Si uno está acostumbrado a saltar de una lengua a otra y sentimos ambas a nuestro modo, también somos más capaces de entender a cualquier ser humano. La perspectiva se abre, nuestra mentalidad es más libre, y sabemos que ciertas cosas no se pueden decir del mismo modo en una lengüa que en otra. Que cada uno de esos mundos tiene sus particularidades y nosotros las unimos, por eso somos capaces de situarnos en el lugar del otro con mucha más rapidez que quien es monolingüe y monocultural.



Es una obligación de mi parte presentarles al florentino Richard Rogers como ejemplo, arquitecto que inició su carrera profesional asociado al gran Norman Foster, el mismo que colaboró con Renzo Piano cuyo trabajo codo a codo parió el Centro Pompidou, quizás el edificio más sorprendente de los setenta. Y no sólo el Pompidou salieron de sus manos, sino también los aeropuertos de Heathrow y la T4 de Barajas. El mismo que ahora en Barcelona remodela la plaza de las Arenas de Plaza España. ¿Por qué hablarles de Rogers? Primero, por ser uno de los arquitectos contemporáneos más influyentes y lúcidos, y segundo, porque con sus mismos codos trabajó junto a Maragall aquí, creando algunos de nuestros edificios que han dado vuelta al mundo. Rogers dice de Barcelona que es una ciudad-ejemplo, que planifica su futuro de un modo ordenado en donde hay cada vez menos íconos gratuitos. En eso también estoy de acuerdo. Rogers se opone a que se oculte la belleza y afirma que la calle puede ser una galería de arte arquitectónica pero sin caer en los extremos, porque no hay que buscar la atención de la gente con gestos excesivos. Otro acierto. La ciudad es el marco de la actividad humana señores, y el hombre la construye. Y la ciudad forma al hombre, por ende es un elemento clave a la hora de determinar la inclusión o la exclusión social de sus habitantes. Los suburbios sin espacio público brutalizan a quienes los habitan. ¿ Alguien dijo París ? Como dice Rogers, hemos sido capaces de ser durante los últimos años un excelente campo de actividad arquitectónica y en general creativa, con una gran combinación de calidad de vida, buenos planes de regeneración, vitalidad y trabajo de alto nivel. Como él, también yo he sigo testigo.



Vuelvo a la conferencia, “tendencias en las tendencias”, porque en mi humilde opinión, en los tiempos que corren señores, ir más allá del conformismo y de la resignación -características de las que fui testigo en aquél aula- son todo un acto de valentía, casi revolucionario. Gracias al cielo ésta es una tendencia que va al alza entre los jóvenes con más talento. No en vano, las relaciones tóxicas e improductivas son una clara consecuencia de vivir bajo el yugo de una cultura organizacional basada en una dualidad perversa: la de premiar el acierto asociado con el éxito y castigar el error, que a su vez se relaciona con el fracaso. Y aquí hablo de empresas, de proyectos y de tendencias, porque en ellas muchos profesionales cumplen con sus objetivos por encima de lo esperado, pero en el proceso se llenan de angustia, miedo y estrés, con lo que apenas disfrutan del camino recorrido. Ignacio Álvarez de Mon dice con mucha cordura, que dada la excesiva orientación al corto plazo y a la consecución de un determinado resultado, el triunfo conlleva un precio demasiado caro: la insatisfacción permanente. El error se ve como un obstáculo, como algo que debe evitarse u ocultarse a toda costa.



Para generar tendencia señores lectores, por experiencia propia, el punto de inflexión sólo puede llegar por medio del cambio cultural, adoptando una nueva manera de concebir los errores como una oportunidad de aprendizaje. Para ello es necesario potenciar la tolerancia y la flexibilidad de los mandos intermedios, de manera que poco a poco se valore el esfuerzo y el crecimiento de los profesionales durante la consecución de un resultado, que no debe concebirse de forma rígida, sobre todo porque es imposible garantizarlo. Esta concepción posibilita que la gente se atreva a decir lo que verdaderamente piensa y a aportar su granito de creatividad en cada proyecto. Es decir, con el tiempo la empresa se convierte en un lugar donde las personas se desarrollan mediante un aprendizaje continuo, generando todavía mejores resultados. La gestión del error dice mucho de quién es y cómo funciona una empresa, porque es mucho más grave la falta de iniciativa derivada del miedo a cometer equivocaciones. Básicamente, se trata de centrar la mirada y la energía en buscar la solución y no en regodearse con el problema. Los creativos más importantes de Barcelona, aquellos que están dando la vuelta al mundo y jugando con los grandes y junto a ellos, como los del resto del mundo, lo están haciendo no sólo porque se atreven a aportar nuevas ideas, sino que lo están haciendo reduciendo el número de errores. No lo afirmo yo, lo afirmó ya en el siglo XIX el dramaturgo alemán Johann Wolfgang Goethe: “El único hombre que no se equivoca es el que nunca hace nada”.



Todas las personas lo hacen lo mejor que pueden desde su nivel de formación y su experiencia, los empleados no son ni pueden ser perfectos señores, con lo que están en su completo derecho a cometer errores para aprender y evolucionar como personas y profesionales. Nadie comete errores voluntariamente, sino por falta de entrenamiento. Hay que empezar ya, a valorar la oportunidad para aprender a hacer las cosas de una manera mejor y diferente, que posibilite generar mayor valor añadido en los productos y servicios que ofrece la empresa y los creativos a sus clientes. La única tragedia señores, es no aprender de los errores. Las preguntas que deberían haberse planteado en aquella conferencia, a todos los asistentes, son tres: ¿cómo se hizo para que sucediera?, ¿qué se ha aprendido de lo que ha pasado? y ¿cómo se hará para que no vuelva a repetirse?. Son las tres preguntas para que un buscador de tendencias haga su trabajo en la actualidad, porque eso es tendencia, y sobre todo aquí, en Barcelona como centro de operaciones, porque es un buen lugar, se los puedo afirmar. Vuelvo al principio, no me vuelvan a repetir que aquí no pasa nada, porque pasa, y mucho, como terminé en aquella conferencia, lo están gestionando preciosos profesionales de un valor incalculable, que están jugando en las grandes ligas, a nivel internacional, y lo sé porque los conozco, son mis amigos y les afirmo, son verdaderas damas y verdaderos caballeros, simplemente, porque aprendieron a saber cómo funciona el mundo, y eso es un milagro.

1 comentario:

IAMTHEANGELNEGRO dijo...

un blog! altamente interesante!