21.9.09

PERFIL: LA INDEPENDENCIA DE BERNHARD


Imágen::BERNHARD WILLHELM by BUTT MAGAZINE::





Don Bernhard Willhelm. Alemán. Treinta y tres años. Diseñador de moda, artista y leyenda. Conde con la gente. Energúmeno con la prensa. Así nos conocimos, en un casi cat-fight. Deseaba con todo ímpetu y motivación partirle la cara. ¿Cómo pasó? en la última edición del 080, la pasarela independiente española, una de mis editoras me dió la misión de entrevistarle en formato audiovisual. Fui a por él. Cuando le propuse hablar un máximo de veinte segundos frente a la cámara, me miró a los ojos, hizo una sonrisa con dientes brillantes como perlas, dió sus muy buenas razones del por qué casi nunca aceptaba ser filmado y finalmente, después de acariciarme la mejilla, su respuesta fue un rotundo no. Error. Error para él. Se iniciaba la persecución y no habrían condescendencias de ningún tipo. Aquél proyecto editorial que se publicaba bimensualmente con el esfuerzo titánico de un talentosísimo equipo humano desperdigado por las principales urbes del globo terráqueo y dificultades económicas inverosímiles, como todas, para seguir con el proyecto en pié y exportarlo como referente internacional de la más rabiosa vanguardia, tendría su video, le gustara o no a Willhelm. Chistes, invitaciones a cenar, a por copas, guiños de ojo en plenos desfiles y hasta un enfrentamiento verbal e irónico minutos antes de la premiación con él como presidente del jurado no fueron suficientes. El tipo no quería hablar. "Cabrón", pensaba para mis adentros. Sólo quería veinte segundos, nada más. Una vez concluída la premiación y clausurada la pasarela le entregaba el micrófono a Estrella Archs y los chicos detrás de Cardona Bonache, al mismo tiempo que esperaba que el alemán apareciese en el salón dispuesto para entrevistas y fotografías atestado de medios y fashion victims. Pero ni la punta de su nariz se vió. Se había colado entre la gente y desaparecido por la puerta pública, general. Bernhard escapaba de los flashes. La historia cambió. Cambió para mí. Se transformaba en un tema personal.





Mientras los técnicos de la Fira desmontaban todo y gracias a las coordenadas que de Bernhard me dió la diseñadora Elena Gallego, ante su inminente pérdida, una carrera de cien metros planos a toda velocidad por mitad del showroom y un tono de voz firme, seguro y pedante fué lo que necesité para ponerlo en mitad de la calle entre la espada y la pared. Era la final. "Whillhelm!" le grité. "No me jodas Bernhard, no me jodas. En estos años te hemos entrevistado a tí, a tus asistentes y a tus amigos con prensa de calidad, para ayudarlos, para que se sientan seguros y a gusto con lo que hacen. Sin un sólo centavo. Lo hemos hecho por ellos, lo hemos hecho por todos, de corazón. A mí no me jodas. Veinte segundos no te cuestan absolutamente nada, no me jodas. ¿Qué más quieres que haga? dímelo ya, de una puñetera vez y terminemos con este asunto, please", le dije con la voz entrecortada sin quitarle los ojos de la cara ni un sólo segundo. Después de la carrera el corazón se me salía por la boca. La verdad ya me daba igual si aceptaba o no. Ahora sólo quería ponerlo a prueba para asegurarme si era lo que decía o simplemente era otro más del montón. Y Bernhard señores, respondió. Miró al cielo suspirando con ganas, bajó la cabeza clavándome los ojos por segundos eternos, volvió a sonreir y me dijo: "Okey. Ganaste. ¿Qué quieres que te diga?". "¡Lo que te salga en ganas, de una puta vez!", le dije con irónico enfado casi tirándole el micrófono a las manos. A él sólo le salían más sonrisas. Y habló... y me cautivó. Paso a esa lista de pocos nombres que en lo que me va de vida han logrado, simplemente, arrollarme. Así conocí a Bernhard, y al mismo tiempo, uno de los mundos personales más conmovedores que el mío propio ha intentado descifrar.





Sus ojos penetrantes, sus palabras y su trabajo trajo a la mesa sinnúmero de reflexiones relacionadas con la vida misma, con el proceso, con el proyecto, con el gran proyecto. Bernhard, como dije al principio, era una leyenda. Un rey midas en el mundo que separaba a la belleza de la fealdad, la juventud de la vejez, la riqueza de la pobreza. Era uno de los mejores fabricantes de mentiras en el mundo entero, y él lo sabía. Y como lo sabía, lo desafiaba. Por eso su trabajo era una constante provocación. Se había convertido en uno de los líderes de su especialidad, y de aquello se reía, porque no se lo creía. Así de simple. Y si no le bastase, a su vez se reía de aquellos que sí se lo creían. El tipo se lo pasaba en grande. Se reía como un doloroso puñetazo en el brazo de lo que los seres humanos sufrimos por querer lo que no tenemos: la persona que nos gusta, el trabajo soñado, más tiempo libre o aquél objeto que nos ponga a la par de otros, o por encima. Willhelm parecía tener la impresionante lucidez de saber que por el camino nos olvidamos de lo que realmente necesitamos. Recordaba a Borja Vilaseca. Decía que detrás de nuestros deseos y miedos se esconde uno de los virus más letales que atenta contra la salud emocional: el apego. Y Bernhard señores, no le tenía apego a absolutamente nada. Daba para sonreir, para reírse, porque estas definiciones sólo ponían de manifiesto lo poco que conocíamos a ese gran devorador de nuestra propia paz.





Él era muy profesional con lo suyo, a sabiendas que más allá de dañar nuestras relaciones, el apego también pervierte lo que nos interesa a nivel profesional, eterna e incongruentemente presente en nuestro afán de éxito. Movidos por el deseo de ser reconocidos, podemos medir nuestro valor como personas en función de los resultados que obtenemos. A veces nos obsesionamos tanto por la meta, que nos olvidamos de disfrutar el camino que nos conduce hasta ella, que es el verdaderamente vital, el emocionante. Y no sólo eso, porque entra a su vez en la cancha la ambición, ese casi incontrolable defecto humano que puede terminar corrompiendo aquello que un día amábamos hacer, condicionando nuestras motivaciones y forma de trabajar. Para mí en particular era una cosa muy triste, como ese proverbio oriental que decía que cuando un arquero dispara una flecha por puro placer, mantenía toda su habilidad. Pero cuando disparaba para ganar la medalla de oro, enloquecía pensando en el premio, perdiendo la mitad de su habilidad, porque no veía sólo un blanco, sino dos... con aquél pelo enmarañado y esa claridad intelectual, Willhelm era percibido como poseedor de un cerebro excepcional. Otros a su vez lo consideraban como un loco, un total y completo esquizofrénico. Reí una vez más, porque detrás de ese pelo enmarañado y barba descuidada aparecía como una sombra la imágen de Forbes. Don John Forbes Nash, un prestigioso científico de ochenta y un años que cayó en el pozo de la esquizofrenia paranoide, una de las enfermedades mentales más terribles que se conocen, se recuperó de ella milagrosamente tras veinticinco años de locura y, en su nueva etapa en el mundo de los cuerdos, obtuvo nada menos que el Premio Nobel de Economía. Don Forbes, hoy por hoy investigador de la Universidad de Princeton y uno de los mayores científicos que ha dado la humanidad desde Einstein, cuyos trabajos reducen la complejidad del comportamiento humano a ecuaciones matemáticas y que han servido de base para notables avances de la inteligencia artificial, para estudiar las relaciones económicas o incluso para las negociaciones de desarme nuclear entre Estados Unidos y Rusia. Lo ponía detrás de Bernhard, porque ambos pensaban exactamente igual, en línea paralela. Considerados ambos como genios, pero para ellos mismos sólo un concepto social, sólo un habla de cómo te ve la gente. No es un término preciso que defina algo que posees realmente, sino simplemente una categoría en la que la sociedad en que vives, en un momento determinado de la historia de la humanidad, te ha clasificiado. Y ya. Y no hay más. Palabra bonita, claro está. Algo que halaga, una suerte de piropo pero que al final no designa ninguna cualidad objetiva. Les daba rabia, de verdad. Se molestaban.





Para este par de "locos" señores, la cordura tiene que ver con el ser normal, es decir, ser como los demás. Si cordura es normalidad, locura entonces significa anormalidad, los libros de psicología al menos señalan eso. Y normalidad y conformidad son conceptos extraordinariamente cercanos. La conducta normal es una conducta vulgar, ordinaria, conformista. Bernhard era un tipo muy rebelde. Un cabrón, pero de los buenos. ¿Por qué? porque sabía perfectamente que el ser humano es el único animal sobre la tierra que tropieza mil veces con la misma piedra y encima le hecha la culpa a la piedra. Advertí inmediatamente que Willhelm había sufrido, había sufrido mucho, por simple instinto. Lo supe simplemente porque es a través del sufrimiento cuando uno es capaz de darse cuenta de cuál es la causa de sus constantes tropiezos: uno mismo. Y lo mágico del asunto es que esta toma de consciencia es el inicio de la asunción de la responsabilidad personal, que lleva a cuestionar las creencias que han sido impuestas por la sociedad para empezar a seguir su propio camino en la vida, y convertirse en estrella. Bastaba sólo verlo a él y ver su trabajo. Sabía muy dentro de mí que las personas rebeldes y auténticas son personas libres, coherentes y honestas consigo mismas, y su presencia suele poner de manifiesto la incoherencia, la falsedad y la impresionante falta de valores que nos rodea. De ahí que en la sociedad occidental actual ser uno mismo sea un acto revolucionario. ¿Eso es de locos? ¿por qué señores? ¿porque desde que somos niños limpios nos llenan la cabeza de mentiras acerca de cómo hemos de vivir la vida metiéndonos miedo, diciéndonos que estudiemos ciertas carreras universitarias para no pasar hambre, condicionándonos para triunfar a toda costa, para tener respetabilidad, para tener dinero?... podría quizás tomarme la gruesa libertad para responder por Don Willhelm y por Don Forbes con un "¿Qué te has creído?"; pero sé que ambos ni siquiera necesitan responder, porque ambos son la respuesta misma, la respuesta en sí. Bernhard procuraba a toda costa ser feliz, porque no compraba la gran mentira, aquella con la que todo el mundo se endeuda sin rechistar, esa que te asegura que cuando hayas subido los escalones entrarás en el templo de la felicidad. Bernhard me devolvía a demostrar como rotunda verdad que si te la juegas y ganas, el beneficio es espectacular; el descubrimiento, mayúsculo, colosal. Y no tenía que ver ni con posición ni con dinero.





Compartiéndoles un íntimo secreto, me sentí como frente a un espejo, frente a frente desafiándonos, artista frente a artista, ambos con nuestras credenciales oficiales. Esto ya es de locos. No compitiendo. Entre artistas tenemos la socialmente escasa habilidad de no competir entre nosotros. Eso nos da más libertad, porque es cierto que existe una conexión clara entre la "anormalidad" y el pensamiento creativo. En el caso de un banquero o un empresario puede tener una vida exitosa y ser absolutamente normal, mediocre. No fue el caso de Van Gogh, ¿verdad? llámenme pedante y también soberbio, sabiendo antes que nos han programado para ser infelices señores, y la mayoría lo son, sólo que muy pocos tienen la humildad y el coraje de reconocerlo. Me crean o no, no hay mayor fracaso que fijar objetivos equivocados y conseguirlos. Por eso hay tantas personas de éxito que son tan infelices: porque han hecho lo que el sistema les ha dicho que hagan y no lo que les dicta su corazón. El éxito como el de Bernhard, es el éxito de ser coherente contigo mismo, con los dictados de la conciencia. Si no aprendemos a ser felices por nosotros mismos, está sellado y firmado como documento notarial que terminaremos sintiéndonos como simples y tristes fracasados. Sólo piensen, los que quieran, que tener éxito haciendo lo que hace todo el mundo resulta, al final, un no éxito. No se trata de hacer mejor lo mismo que otros ya hacen, no señores, se trata de hacer otra cosa. Nadie es el mejor sin arriesgar. El vals más elegante se baila extrayendo el conocimiento directamente de la observación del mundo y el ser humano, no de lo que dicen otros. Aprender cosas de segunda mano ahoga la creatividad y la originalidad, te hace menos elegante, aunque suene pedante. Según las matemáticas, no es imposible que si Usted sienta infinitos monos ante una máquina de escribir un día uno no le escriba "Hamlet". Dicho por Mr. Forbes, el esquizofrénico.





Me inmiscuí con la misma pedancia en su proceso creativo, y el muy cabrón me volvía a sacar sonrisas. Su proceso era casi idéntico al de Georg Baselitz, otro caballero de setenta y un años visto por todos como un loco, que sin embargo está considerado en palabras de Fietta Jarque como uno de los más importantes artistas europeos vivos. Como Bernhard, se empeñaba en ser un rebelde, un provocador, un hombre incómodo. Otro hombre por el que daría la vida sentar a la mesa, poner al frente una botella, escuchar y seguir sonriendo. En sus palabras, el artista es un ser asocial, y era así, nos gustase o no. Tenía la razón. Es alguien a quién la sociedad no necesita en absoluto. No lo quiere, lo rechaza. Generaciones posteriores quizás encuentren interesante lo que el artista ha hecho, pero a sus contemporáneos probablemente les molestará y les disgustará. Baselitz no seguía pintando ni Bernhard diseñando de esa forma porque estuviesen locos. Estaban bastante bien de la cabeza, y en ello pensaban constantemente. Lo hacían así porque una idea fija puede durar mucho tiempo, toda la vida. También lo hacían de esa forma porque un artista tiene que hacer algo distinto. Aunque sea algo muy pequeño, alguien va a ser el autor de ese cambio, de ese distintivo. Siempre. Baselitz, como Bernhard, pese al reconocimiento internacional de sus obras, mantenían la posición de "outsiders"; no eran dependientes del Estado social, de sus estructuras. No necesitaban público para hacer lo que hacían. No necesitaban que nadie viera sus creaciones. Tampoco necesitaban ningún encargo estatal ni privado. Eran ambos como un artista en los tiempos de Franco, que emigraba a otro país para hacer lo que quería, que sobrevivió y tuvo éxito. Así es un artista, manteniéndose fiel a las disciplinas clásicas de pintura y escultura siempre como consecuencia de un proceso mental, considerados siempre como anacrónicos.





El arte concierne principalmente a los artistas, a esos escasos individuos que tienen y padecen aquella locura, cierta capacidad de hacer lo contrario a lo esperado, la de irritar, incomodar, provocar, dar qué pensar. Es aquél el gran sentido, el ir en contra. La cultura debe ser independiente del poder. Por eso protegemos a brazo impartible lo independiente, porque de esa forma podemos desafiar al poder, a la dirección política. La sociedad señores no está compuesta sólo de gente estúpida y simple. Aunque no lo crean, como Baselitz, como Forbes o como Bernhard, hay una pequeña proporción de gente inteligente, una élite. Esa élite puede ser interesante. En ella puede haber gente de la política o de la iglesia, hoy ambas tan justamente criticadas. En el pasado hubo grandes papas que se rodearon de grandes artistas. Pero también ha habido malos papas sin artistas. Lo estamos viendo, ¿no?





Como Baselitz, en el caso de Bernhard, no importa qué está arriba y qué está abajo. No se rige por otra fuerza de la gravedad que no sea la seriedad con la que asume su trabajo. La única premisa, es que la creación no tiene nada que ver con la realidad. Al mismo tiempo, una vez creado el objeto, ¿cómo haces para subrayar que ese objeto no es real? le das la vuelta, sencillamente, porque ponerlo al revés es una permanente llamada de atención. Si alguno de Ustedes piensa que un artista es un catalizador que recibe algún material que él es capaz de traducir, de filtrar, de transformar, está muy equivocado. El artista es, ante todo, alguien que ama el arte. Alguien que tiene que ver sólo con el arte. No tiene nada que ver con la sociedad, salvo que ésta le resulta una gran molestia. Así se mantiene la rebeldía.





Ante tantas sonrisas que Bernhard, ese cabrón, me robó, sacaba al final la dolorosa pregunta de por qué nos cuesta tanto trabajo tratar de ser felices. No era tan difícil. De verdad no lo era. la clave estaba en tener la lucidez de saber que si éramos honestos con nosotros mismos, tal vez descubriríamos el verdadero precio que pagamos por buscar en el lugar equivocado, porque, ¿qué sentido tiene buscar certezas en un mundo imprevisible? quizás la respuesta esté en saber o no si somos capaces de escapar de la inseguridad, de ser independientes, de vivir sin apegos. Es una hazaña que requiere comprender que lo que necesitamos para ser felices está dentro, no fuera. Todos, sin excepción, estamos tratando de conseguir lo mismo: ser felices. Estar a gusto, cómodos y en paz, sentir que no nos falta de nada. La gran trampa consiste en creer que algo vinculado con el futuro nos dará lo que no nos estamos dando aquí y ahora. En lo personal, las leyendas que voy conociendo, las buenas, procuran con sus cercanos, sean leyendas o personas anónimas, tratar de compartir lo que son, agradecidos de recibir lo que esas personas y la vida les quieran dar, teniendo como regla número uno que nada ni nadie les pertenece, porque sólo gozan del privilegio de disfrutarlo temporalmente. Más que nada señores, porque todo está en permanente cambio. El mundo, lamentablemente, funciona así.





Sé que están cansados de leer, pero no me gustaría terminar este artículo sin sacar a la mesa al gran Alejandro Magno, quién encontrándose al borde de la muerte, ese gran rey de Macedonia convocó a sus generales para comunicarles que quería que su ataúd fuese llevado a hombros, transportado por los propios médicos de la época. También les pidió que los tesoros que había conquistado fueran esparcidos por el camino hasta su tumba. Por último, les insistió en que sus manos quedaran balanceándose en el aire, fuera del ataúd, a la vista de todos. Asombrado, uno de sus generales quiso saber qué razones había detrás de tan insólitas peticiones. Y Alejandro Magno le respondió: "Primero, quiero que los más eminentes médicos comprendan que, ante la muerte, no tienen el poder de curar. Segundo, quiero que todo el pueblo sepa que los bienes materiales conquistados, aquí permanecerán. Y tercero, quiero que todo el mundo vea que venimos con las manos vacías y que con las manos vacías nos marchamos". Con Bernhard, antes de que subiese al coche que lo llevaría de regreso a París, con todo, sólo pude responderle de forma idéntica: sonreirle, darle otra caricia en la cara, un beso en cada mejilla y susurrarle al oído: "muchísimas gracias". Si han llegado con la lectura hasta aquí, háganle un único favor a Bernhard: traten de ser felices. Créele, de verdad. Te vas a reir más. Ríete de su "anormalidad", porque aquí, ya nada es normal.

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