24.11.09

AGENTES, CORONAS Y AUTORES

Imágen::WARLEY ROSSI ART DIRECTION BRAZIL::


Gigi. Una vez más, Madame Gigi Harrington: artista, performer, mujer impresionante y cerebro del Festival de Arte Contemporáneo de Barcelona, que el primer día del mes próximo verá la luz en las instalaciones del Centro de Cultura Contemporánea de la misma ciudad en que habitamos. Una vez más, fue la que me provocó; enclaustrarme dos meses en ardua y solitaria investigación. Mera casualidad de la que ni ella misma está enterada. Se enterará ahora, al igual que Ustedes. Público y extendido por los cinco puntos del globo en tres idiomas era el texto que me confió para presentar la décima edición del festival, cuyo jurado seleccionaría un grupo de artistas, mujeres, rabiosamente creativas, todas. Honestamente, una experiencia sublime; personalmente, sencillamente emocionante. Al mismo tiempo, se publicaba un libro en que de la misma forma me había depositado la confianza para presentar a treinta ilustradores que transferían sus trazos e improntas pictóricas a prendas de vestir, en la delgada línea divisoria entre arte y moda. El libro ya estaba en los escaparates de las tiendas especializadas del área y librerías, y como quién va a comprar el pan, salí en su búsqueda. Lo que sucedió... aquel libro, al recorrer las principales librerías de la ciudad, la capital mundial de la edición en lengua castellana, simplemente desapareció. Lo olvidé. Entré de lleno en la realidad de las letras que la suerte del destino puso en mi camino, quizás de forma accidental, y ahora el único sentimiento que surgía, de una manera igual de rabiosa, era una profunda tristeza. Algo no andaba bien, y caí en la cuenta de que no era nuevo, no era una novedad. Sería todo un proceso, que ya llevaba tiempo. Bastante tiempo. Había que llegar al fondo.



En silencio y con la mandíbula apretada pasé por la recién inaugurada librería Bertrand, Fnac, El Corte Inglés, Laie, La Central y otras cuatro librerías grandes, hablé con sus encargados, pedí las listas de las obras más vendidas, revisé uno a uno los currículums y statements de aquellos autores, libro por libro. Ardua tarea. Los títulos más vendidos en ficción caían sobre Dan Brown [El Símbolo Perdido], Idefonso Falcones [La Mano de Fátima], Paulo Coelho [El Vencedor está solo], la trilogía de Stieg Larsson, los ex booms latinoamericanos y ahora superventas José Saramago e Isabel Allende, el nórdico Henning Mankell, Eduardo Mendoza y Santiago Posteguillo. Todos, escritores que ya superaban el cuarto decenio, extranjeros o ya fallecidos con un común denominador: estrellas, todos. En no ficción, el primer lugar se lo llevaba "El Secreto", personalmente, el más vulgar, mediocre, autocomplaciente y marketizado libro de autoayuda que he leído en mi vida, (y no hablo de precisamente la novela), para dejar paso a memorias de políticos y finalizar en el título de Álex Rovira [La Buena Crisis], pasando a su vez por alto obras de literatura juvenil cuyas medallas de venta se las llevaban autoras de películas comerciales americanas y series de televisión con temáticas vampirescas o de terror como las de Stephenie Meyer [Crepúsculo], que seguramente haya motivado la reedición de títulos de terror por parte de uno que otro periódico de distribución nacional o las grandes casas editoriales. Entenderán ahora la inquietante impresión de que algo no andaba bien. Sólo me quedé con Rovira, sin duda con el proyecto más lúcido y real de todos los que vi.



Los recuerdos volvieron, una vez más, a esos años de secundaria donde antes de estar escuchando retóricas teológicas eternas, preferías saltar sin vacilar las aulas y esconderte entre los muros de la Feria Chilena del Libro, esa impresionante librería de Providencia donde te sacaban carcajadas y a su vez lágrimas tipos como Roberto Bolaño, Marcela Serrano, la misma Allende, Edwards, Vargas Llosa, Zamudio, Sepúlveda o Skármeta. Lo que veía ahora señores, lo que leía, me ponía mal, simplemente, porque no provocaban nada, como la sensación de estar flotando en agüas sin fondo dentro de una cueva, o un pozo, donde sólo escuchas tu eco, a oscuras. Me entristeció. Muchísimo. Recordé también aquella novela, "Los Príncipes Malditos", una obra de cerca de trescientas páginas escritas en una Olivetti eléctrica donde cada tecla apretada sonaba con un ruido ensordecedor, nocturno, que a mi padre enloquecía y lo hacía al pobre levantarse a los gritos. Mis disculpas. Ese manuscrito, cuya única copia aún guarda como un tesoro el artista Juan Pablo Louge en Buenos Aires y que nunca llegó a publicarse, se la envié a los agentes literarios, en esos años, Carmen Balcells, Guillermo Schavelzon y la Editorial Alfaguara en México. De todos recibí la misma respuesta: un no. Hasta fui al Distrito Federal, donde recuerdo como si fuese hoy, a esa mujer morena y pintada como un Rolls Royce que apareció en la recepción de la editorial, me dió la carta y desapareció corriendo ante mi total desconcierto. Quizás hoy, siendo Editor, podría subirle por las redes sociales este mismo texto, el que están leyendo. Había que hacer el experimento. Había que sacar conclusiones. Así se hizo, a pesar de las dudas. El instinto, francamente, pesaba más.



Qué más daba, si ahora era MR Editor, en Barcelona, París, Amsterdam y Londres con más de doscientos sesenta mil lectores propios, sin intermediarios. Escribí un mail directo e inmaquillado explicando que necesitaba un agente que cerrara las colaboraciones y encargos editoriales. No me podía hacer cargo ahora, me quitaba tiempo, valioso. Para introducirlos en el trabajo les exponía estos mismos textos, en este mismo sitio que ahora recorren. El correo fue enviado a las agencias de Antonia Kerrigan, Carmen Balcells, Guillermo Schavelzon y Raquel De la Concha, además de otras diez agencias entre Barcelona, Buenos Aires y México, pero interesaban los primeros cuatro, eran los reyes midas editoriales. Al día siguiente respondían dos, Kerrigan y Schavelzon, con comunicaciones automáticas e idénticas. Se encontraban de vacaciones y no responderían hasta regresar. Dos semanas después, empleados de los departamentos de lectura de ambos contestaban: "el exceso de trabajo no nos permite revisar nuevas obras. Gracias por su tiempo y atención". Espero señores, con la ceja levantada, hayan disfrutado de sus vacaciones... De la Concha nunca contestó y las restantes diez, ni asomo. Tras la tercera semana señores, recibí otro correo de aquel grupo de personas, incasillables, diciéndome que aceptarían encantados revisar algún original nuevo que tuviese. ¿Quién era? Ni más ni menos que doña Carmen Balcells, la ex agente de Isabel Allende y representante de algunos de aquellos grandes nombres que en la juventud leía escondido y embrujado en aquella librería de Providencia. ¿Les podría llegar a describir con total emoción ese instante? Absolutamente no. ¿Se te pueden humedecer los ojos, alegre a la vez que consternado repleto de sentimientos encontrados? Absolutamente si. Y era sólo un experimento.



En ese tiempo, reciente, que sucedió todo esto, Ángeles Caso lograba el Premio Planeta con su obra "Contra el Viento", sobre la sufrida emigración de una caboverdiana entre España y Portugal. Contra ella y su premio algunos, sus propios colegas escritores, despotricaron sin piedad, a pesar de que horizontalmente, Juan Goytisolo desafiaba a los jóvenes practicantes de la literatura actual diciendo que "si no se crea un lengüaje nuevo, escribir no tiene interés. Una novela de interés es aquella que diga algo distinto a lo que estamos acostumbrados, porque los tiempos cambian y la tradición de la novela también". Y es damas y caballeros, éste mismo señor quién me vuelve a afirmar que ésta, es una época marcada por la depresión y la represión, en la que un grupo de intelectuales se interesaba por una literatura capaz de traspasar al terreno político, en una mutación que empuja a sus protagonistas, lamentablemente, a no tener la menor idea del mundo que está construyendo. Esa ruptura está siendo brutal, porque además de cambiar los soportes de la lectura, también se transforma el mundo imaginativo de los jóvenes escritores. Hay que intentar, y eso lo saben todos mis colegas editores, los independientes, conocer, aprender, sintetizar todas las emociones... en pocas palabras, vivir. Existe una responsabilidad de la literatura, de los escritores, ciertamente no sólo ante los poderes públicos sino frente a las grandes ignorancias sociales, que hoy son, impresionantemente, de proporciones colosales, en donde pareciese que toda la gente es estúpida y mediocre. Y eso no es así caballeros, para nada. Y quién escribe debe ser muy lúcido y consciente en que un autor es un constructor de mundos, y eso debe ser un acierto, descomunal. Debe de hacerlos pensar y reflexionar en que pueden hacer y fabricar un avance, enorme, de proporción planetaria o al menos en términos de la lengüa, con pasión, y la gente los va a apoyar, porque es muy noble, vuelvo a repetir, es un acierto.



Que sepan los nuevos escritores que el más transgresor y el más punk será solamente el que más aporte y absolutamente nadie podrá tirar ni una sola piedra en su contra. Lógicamente se transformarán por sí solos en estrellas, planetarias, porque aquello es un logro, importante, notable, a la humanidad, para los seres humanos, no para los animales ni los invertebrados. En la actualidad, a mi juicio muy personal, es penoso que los dos únicos autores que valga la pena leer sean Amèlie Nothomb y Haruki Murakami, los dos grandes apátridas de nuestra generación 2.0, a la vez que Kelly G. Willson y M. Carmen Luciano nos propongan una bonita metáfora a través de la cual contemplar y reflexionar sobre nuestras vidas; ¿Dónde?, ¿En todas esas grandes librerías donde abundan demasiados libros que prometen ayudarnos a alcanzar nuestros objetivos?, ¿Regalando de forma tan descabellada nuestro propio dinero para perseguir de la manera más ciega y mediocre la ilusión de ser un poco más felices? Sinceramente, cultos, educados y omnipresentes agentes, esperaba un poco más de Ustedes. Más agallas. En París son bastante más distinguidos, o al menos leen el material que se les envía, y si no encaja, tienen la decencia de devolver los manuscritos por vía postal, de su propio bolsillo para que quizás puedan esos manuscritos tener otro destino. No dejan esas obras a la suerte de las revanadoras de sus papeleros. Sé que serán sabios al leer estas líneas, porque como dice el querido cardiólogo Valentí Fuster, "no hay talento posible si no hay la libertad para expresarlo, como bajo una burka". Si hay que bajar caché señores, pues se hace, porque el día que se apague la cultura nos hundiremos, y muy gravemente, en otros muchos aspectos, económicamente bastante más importantes.


Si piensan que hablo a título personal, deberían saber antes que el último Premio Nacional de Narrativa, que cayó en Kirmen Uribe por una novela que, el día del fallo, no había encontrado aún editor en castellano, y el de Literatura Dramática racayó en Paco Bezerra, por una obra que no tenía quién la subiera a las tablas. ¿Será entonces cosa mía? Sinceramente, no lo creo. Los galardones ministeriales parecen haber tomado el relevo a las grandes editoriales e intocables agentes a la hora de descubrir y de paso consagrar nuevos valores, porque cada vez es más efímero que éstos se fijen en autores primerizos e inéditos como en su día lo fueron Miguel Delibes, Carmen Laforet o Ana María Matute. Uno de mis colegas, Roberto Bolaño, antes de su consagración universal sobrevivió, en sus propias palabras, con lo que ganaba en los mil premios de tercera división desperdigados por la geografía de España, premios búfalo que un piel roja tenía que salir a cazar, pues en ello se le iba la vida. Lo dice señores y damas agentes en "Monsieur Pain", una novela que pasó sin pena ni gloria cuando ganó el noventa y tres con el título "La Senda de los Elefantes" el Premio Félix Urabayen del ayuntamiento de Toledo. Cuando la rescató Anagrama seis años más tarde, fue recibida como una obra maestra. Humildemente, se me vuelve a levantar la ceja.


Me pregunto, ¿Leen Ustedes, o estaremos todos más preocupados y aterrorizados por la jeremiada a propósito del libro de papel, que sucumbirá según los agoreros ante la bayoneta digital, ese e-book hecho y parido para los snobs y nuevos ricos con trescientos libros dentro, más de los que tuvieron nunca las bibliotecas de Cervantes y Shakespeare juntas? Espero que no sea la excusa para refugiarse en los muertos, los superventa y la autoayuda y no darse siquiera el trabajo de revisar el trabajo de los nóveles, porque si creen que van a desaparecer los poetas, los filósofos y los novelistas, créanme que hay demasiados solitarios como para que se dejen arrebatar un sueño por el primer mercachifle tecnológico que aparezca, como dice también don Trapiello. Otra de las grandes, Rosa Montero, acierta al afirmar que otra de las confusiones es que la gente se piensa que sólo los buenos escritores son escritores, pero no es así, de la misma manera que también son abogados los malos abogados. Deténganse, miren a su alrededor, den marcha atrás con el acelerador y reviertan right-now. Desde la lógica y la cordura, será lo acertado Misters. Escribir es una forma de ser, una manera de vivir, pero también es un oficio que se pule y se aprende y se desarrolla. Ser novelista, especialmente, es un trabajo modesto y fabril, una actividad tenaz de picapedrero. Las musas no existen y la inspiración es un fogonazo, y esto hace mucha gracia, del inconsciente, que se suele conseguir con mucho esfuerzo. Ya lo decía don Pablo Picasso: El arte es un uno por ciento de inspiración y un noventa y nueve de perspiración. No son gente distinta a los demás. Aquí se transpira. De la misma forma la gente debe entender también que los derechos de autor son una cuestión de justicia elemental. Los grandes arribistas, cuando hablan de cultura, se suelen llenar la boca de grandes palabras señores, y al hacerlo habitualmente confunden el derecho al acceso a la cultura con la idea de cultura gratis, que siempre terminan pagando los autores, curiosamente, en este mundo y esta época en el que todo se mide por lo económico. Si no me creen, resulta que el 3,5% del producto interno bruto español viene de las actividades relacionadas con la propiedad intelectual. Y de eso, el 1,21% procede del sector del libro, y eso, es muchísimo dinero. Queremos que la novela que nos descargamos o el artículo que leemos cada semana no cueste ni un céntimo, pero pagamos religiosamente nuestros ordenadores o la hora de conexión a un cibercafé. El derecho al acceso a la cultura nunca puede ser ejercido cabalgando en los riñones de los autores, normalmente magros. Son gente como los demás, también en eso, pero el ciudadano se protege a sí mismo de la genialidad mediante el culto a los íconos, en este caso, a las superventas o a los muertos o al cine. Un clásico no es casi nunca un libro que merece leerse porque nunca acaba de decir lo que tiene que decir, sino un libro que porque es viejo y fuimos obligados a hojearlo en la escuela, ya nos ha dicho todo lo que tenía que decirnos. Es triste.


Pero también quizás, hay autores nuevos, brillantes, revolucionarios y rigurosamente actuales, que se mueven y escriben en revistas, lo sé porque los conozco y los leo, en medio de la desolación literaria de nuestros días, que representan la posibilidad frustrada de una literatura equiparable a la francesa o la inglesa. Pareciera que son las revistas de tendencias desperdigadas en museos y tiendas de ropa los gérmenes de novelistas extraordinarios, dotados de un humor, una capacidad de comprensión de lo humano y un sentido dramático excepcionales, que no consigo encontrar en ninguna gran librería. He de suponer, por descarte, que aquellos grandes agentes o esos refinados directores de casas editoriales, jamás en la vida tendrían la gruesa condescendencia de poner sobre sus pesados escritorios de caoba una revista de tendencias. Muchísimo menos hojearlas. Mi torcida imaginación me lleva a pensar que seguramente aquellos que dedican horas de sus vidas a escribir para estos medios, deben ser vistos simples infelices, pobrecitos habladores vagando por la calle en busca de tema para sus artículos, columnas o entrevistas, abstraídos y tropezando y hablando y riéndose solos. Puede ser posible. Tan posible como que esos mismos artículos, columnas o entrevistas, quizás, puedan llegar a desdoblarse a su vez en un retrato y un relato, dispuestos a olvidar tan funesto día entre el corto número de gentes que viven sujetas al provechoso yugo de una buena educación y que quizás, a su vez, esos artículos, columnas o entrevistas aparentemente superficiales se vuelvan una denuncia explícita y demoledora no por lo que dice, claro está, sino por cómo lo dicen, de la pluma de narradores esencialmente autoirónicos, que se ríen de sí mismos, que no se colocan por encima sino por debajo del lector sin confundir la crítica con las malas pulgas y que sienten alergia por el sermón y la reprimenda. Quizás uno vaya teniendo el grueso honor de ir conociéndolos y leyéndolos, autores que son siempre los mismos, que piensan que la seriedad es otra máscara, quizás la máscara que se pone el cuerpo para ocultar la putrefacción del espíritu. Quizás señores sea, la de esos autores, la gran creación, también su gran revolución, la más potente lección moral y literaria, o al menos, un fuerte antídoto contra la doble monserga del dolor y de la extinción del periodismo, o quizás sólo sean imaginaciones de quién les escribe, pero así y todo es muy alentador leerlos, como ver en vivo un recital de Leonard Cohen o una pieza de David Lynch. Algo muy humano. Una pureza impura, la desnudez manchada por la vida de la persona que empieza a saber de verdad quién es. Y son hermosos, melancólicos, con un registro muy pequeño, porque todo lo que crean se parece sospechosamente, en la belleza que puede llegar a ser su monotonía, limpia y delicada tapadera que deja entrever que son tipos absolutamente llenos de vida, como furiosas corrientes submarinas que no ves a lo lejos mirando el mar pero que te pueden llegar a matar con su fuerza invisible, a tus pies. Todo un placer.


¿Cómo lo hacen? Podría preguntarse. Supongo, sabiendo y siendo consciente que la vida va matando literal y metafóricamente todo lo que uno va dejando atrás. Mata la infancia y luego a los mayores, mata los recuerdos y los olvidos; mata lo que uno fue y lo que quiso ser; mata de verdad, como un rayo igual de furioso, a la gente querida. Pero también va abriendo nuevas puertas, creando nuevos caminos. Eso también es verdad, aunque a veces no baste. Y he aquí el tema señores, la cuestión de ver qué hace uno con todo eso, con el dolor, con la pena, con la frustración, con la vida. Es aquí, y no hay más misterio, donde se aprende a equilibrarse y defenderse, en la búsqueda de la simplicidad, de esa sencillez que la vida se encarga de arrebatarte sin piedad ni compasión, con sus estupideces de millones de dólares y luego sus vacías cuentas bancarias. Si uno se fija bien, todo el mundo tiene su truco, su arma secreta contra la desazón. Claro que no todos los trucos son igual de buenos. Algunos, como me toca ver y convivir a diario, bochornosamente, se decantan por la acumulación de poder. Supongo que el afán y la sed de poder es un recurso muy efectivo contra el vértigo existencial, pero el error es que el poder nunca es permanente porque no es algo tuyo, sino algo exterior a uno, de modo que en los altibajos inevitables, como ahora, la gente que ha optado por ese truco vital, se va pegando unos golpes memorablemente dolorosos, espantosamente frustrantes. Otras personas tienen aficiones secretas, pasiones minuciosas. Y también, por supuesto, sin duda asesinar es otra manera de enfrentarse a la pena, sólo que es un método especialmente inútil, excepcionalmente bárbaro, personalmente, de mala clase. El éxito es un monstruo muy feo, que asusta sobre todo si viene acompañado de la fama. Quizás en eso estén tropezando la mayoría de los autores de carrera, que les impida como un alto muro avanzar y desarrollar su escritura y desterrar la idea romántica de que vuelva a aparecer un glorioso, universal y necesario boom literario, que quede inmortalizado en la historia de la cultura, por el resto de los siglos. Es triste.


Cómico que con el único libro que me hubiese quedado fuera el de Rovira y el domingo recién pasado de bruces apareciese una entrevista entre él y Vilaseca en el diario "El País". Existen señores dos formas antagónicas de afrontar la existencia: el victimismo y el protagonismo. Es decir, los que ven la vida como un problema a resolver y los que la contemplan como una oportunidad para aprender. Los que creen que la vida está regida por la suerte, el azar y la casualidad, y los que saben por experiencia que existe la ley de causa y efecto, por la que uno termina recogiendo lo que siembra. Con esto me voy directamente a don Javier Marías, que el mismo día publicaba en el suplemento del mismo periódico sus conclusiones soble las imbecilidades y sus consecuencias. Lamentablemente vivimos en una época tan irrazonable que ya nada se puede dar por sentado, ni siquiera la capacidad para asociar las causas con los efectos, o las imbecilidades con sus consecuencias, como si hubiéramos perdido esa facultad fundamental y con ella la de prever lo que las iniciativas o decisiones o prácticas necias pueden traer consigo. Llegará un día en que los creadores dejen de crear, porque nadie les paga una cantidad fija o inamobible por su trabajo, y los anticipos que perciben son eso, anticipos a cuenta de sus previsibles e inseguras ventas. Nuestros gobernantes intentan achacarlo a la crisis, porque son los primeros interesados en que no se asocien sus políticas con sus consecuencias, pero unas y otras están estrecha y profundamente vinculadas, como que dos más dos son cuatro. Espero, honestamente, que no sea eso a lo que le temen. Sería una vergüenza. La crisis va a servir de palanca de cambio para desenmascarar las falsas creencias y los valores corrompidos del viejo paradigma materialista. Y esto caballeros, va a generar muchas crisis existenciales individuales, provocando lógicamente que aquellos que basan su felicidad en aspectos externos comiencen a cambiar su foco de atención, volviendo su mirada hacia otro sitio, quizás hacia adentro. Quizás. Por más doloroso que pueda resultar, es un proceso tan natural como necesario, aunque un paralizante temor al cambio sólo nos haga atrevernos a cambiar cuando el sufrimiento llegue a un punto en donde es mayor que el miedo. Los contratiempos se reciben con humildad señores, solamente porque permiten limar la ignorancia y desarrollar esa básica objetividad, como la sabiduría para poder aceptar lo que sucede en cada momento sin dar por sentado absolutamente nada. Nuevamente, quizás, sea eso lo que mueva a hacer y a crear, que es la gratitud de estar vivo y de poder servir a los demás haciendo lo que se ama: compartir la experiencia, como Balcells, la Harrington o otro puñado de grandes mujeres y hombres, que hacen lo mismo y son reales, de carne y hueso. La vida es un milagro, un dionisíaco e inquietante milagro. Nunca lo olviden. En eso consiste vivir despierto: en agradecer y compartir, desarrollando tu función y tu lugar en el mundo lo mejor que puedas. La gran pregunta, vuelvo a convencerme, no es qué puede hacer la vida por nosotros, sino qué podemos hacer nosotros por la vida. Se puede, comprobadamente, aprender a crear las condiciones necesarias para que se instale en nosotros cada vez con más frecuencia y profundidad. El éxito no ayuda a ser feliz señores, por mala suerte o por gracia divina, en absoluto. El éxito mundano le da a tu ego más excusas para querer que la realidad se adapte a tus deseos. Si no vas con cuidado te puede esclavizar en el egocentrismo y la insatisfacción, sobre todo porque con este tipo de éxito viene la fama y ésta hace que los demás cambien la manera de verte y de relacionarse contigo. Te convierten en un personaje. Para no volverte un narcisista es importante discernir entre lo ilusorio y lo real. Diciéndoselos por experiencia propia, el éxito tangible y mundano sólo me ha servido para reforzar la convicción de que el verdadero éxito es absolutamente intangible. Para cerrar. Señores Schavelzon y Kerrigan, cuéntenme de sus viajes. Hace cuatro años que no cogo vacaciones y ya viene siendo hora, escucharé con atención sus recomendaciones, estoy seguro que serán buenas elecciones. Madame Harrington, pasaré en la semana a ver el montaje del festival, será subliminal momento ver trabajar in situ a ese ejército de musas. Y Señora Balcells, muchas gracias, pero no necesito que me represente. Lo que necesito es que acepte una invitación a cenar a un buen restaurante, porque sé que voy a reírme a carcajadas con Usted. Acabo de reafirmar por qué tuvo y tiene sobre su cabeza la corona de la tinta impresa en mi lengüa. Tratemos, eso si, de que sea en víspera de alguna fiesta de las revistas de mis colegas, los escuche pinchar y brinde con ellos. Se lo pasará increíble y quizás, por esas cosas del destino, se escuche de alguna parte un sonoro "boom!". Las editoriales tomarán nota, como acabo de tomarlas de Usted. Larga vida.


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