25.5.10

FRIJOLES & FRIENDS

Imágen::MR ALBERTO KORDA PHOTOGRAPHER © CUBA::

La semana pasada, en la apasible Viena, ardió Troya. “Flores para Kim Il-sung” era el nombre de la exposición inaugurada en el Museo de Artes Aplicadas [MAK], compuesta por un centenar de obras y treinta carteles realizados en la República Democrática Popular de Corea. Antes de la apertura de la muestra, periódicos y partidos políticos, entre ellos el Partido Liberal Austríaco, una mezcla de populismo y extrema derecha, se avalanzaron contra la institución argumentando que se ocupaba de exaltar a una de las dictaduras más férreas y herméticas del planeta. La estética que glorifica a Kim, el fundador de la patria norcoreana y la puesta en escena de su figura y la de su primogénito Kim Jong-il, que se puede decir, es una orgía pintoresca y decorativa de lo kish, de por sí interesante por su propio formato, valía bastante la pena por su carácter documental. Pero los austríacos aun así se enfurecieron, vaya a saber uno si debido al recuerdo de la facilidad con que en otros tiempos quedaron seducidos por la apabullante imaginación de su compatriota Adolf Hitler… anyway, tampoco podía usarse como un soporífero a gente muerta… bajo tierra. Mal hecho.


El tema quedó dando vueltas… por supuesto. ¿Y Cuba?... que está siendo igual de férrea y hermética, con gente viva. ¿Nadie se enfurece por eso? De la noche a la mañana más nada se habló de que un hombre, MR Orlando Zapata, haya sido torturado en una prisión y muerto en huelga de hambre. ¿Así de rápido pasan las cosas para la prensa? Después no se extrañen caballeros de que nadie les crea nada. Parecen una suerte de humo las palabras de Soledad Gallego-Díaz, que hace cuatro meses atrás dejaba muy claro que el derecho a informar sobre hechos verdaderos que atañen al interés público es la esencia del periodismo y una de las principales herramientas de la democracia, que justamente, en la isla, es tan etéreo como ese humo. Si algo se le puede, y debe, reprochar a los medios de comunicación, es no profundizar ni informar sobre hechos que deben ser conocidos por los ciudadanos para tomar sus decisiones, y va siendo hora que dejemos de preguntarnos si algo se debe publicar o no y contestar firmemente, mirando profundamente a los ojos, sean negros o azules, si estamos revelando toda la información significativa para el interés público de que disponemos. Eso es lo que verdaderamente importa en estos tiempos de crisis y de confusión en vez de alimentar la especulación que casi una misma semana atrás lleva al país a una completa tragedia. Confiar en el oficio y reivindicar claramente la utilidad pública de revelar informaciones que afectan a los ciudadanos y que diferentes poderes, políticos, económicos o sociales quieren mantener en secreto, como lo hace Castro en ese país. No es nuevo que se pretenda reducir el ámbito de trabajo de los periodistas. Lo que es nuevo es que esta ofensiva manifiesta contra el periodismo, al que se le niega la obligación de vigilar los abusos de los diferentes poderes o se les exigen condiciones imposibles de cumplir, empieza a extenderse por todo el mundo alentado por delincuentes multimillonarios, políticos corruptos y desclasados que utilizan los tribunales y la defensa de la intimidad como un escudo que esconda su realidad, o la de una nación entera.


Con respecto a Cuba, cuya realidad me obligué a investigar a través de los informes del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales [CLACSO] para entrevistar a la diseñadora Isabel Toledo por encargo de Javier Senón, director de la desaparecida revista FEW, es exacto a lo expuesto recientemente por Rafael [Rojas], historiador exiliado en México y ganador del Premio Isabel Polanco sobre la realidad de la isla. En los últimos días varias instituciones y personalidades de la cultura insular han reaccionado contra la plataforma en España para la democratización de Cuba, impulsada por más de sesenta escritores y artistas, críticos del sistema político, desde las más variadas simpatías ideológicas. Las reacciones pueden leerse en el semanario electrónico del Ministerio de Cultura, uno de los principales aparatos ideológicos del Estado Cubano. Más allá de las acusaciones de “agresión” e “injerencia” contra quienes firmamos ese manifiesto, que sólo han expresado opiniones sobre lo que sucede en un país de este mundo, y en particular, del mismo continente del que provengo, de los manidos calificativos “fascistas”, “franquistas” y “reaccionarios”, esas respuestas caballeros aportan algo muy valioso al debate sobre Cuba, ofrecen una explicación, al menos una, de por qué el gobierno de Raúl Castro no emprende las reformas que prometió en los primeros meses de su mandato. Ahí, reptante entre contradictorias afirmaciones de que “Cuba ya cambió hace medio siglo”, de que “está cambiando todos los días” o de que “cambiara cuando termine el bloqueo”, aparece la explicación que el propio Gobierno no da: las reformas no se realizan porque de flexibilizarse mínimamente los derechos civiles y económicos de la población, el “enemigo” aprovecharía esos espacios para derrocar la Revolución, regresar a la dependencia de Estados Unidos y restaurar el capitalismo… sin comentarios. La cara es de Póker… honestamente. El “enemigo” [llamémoslo así] son algo más de mil cabezas compuesta por la oposición interna, la disidencia socialista, los exilios, Miami, Estados Unidos, la Unión Europea, el grupo PRISA, el diario El País, CNN, la derecha latinoamericana, que milagrosamente, actúan como un actor racional con una agenda perfectamente diseñada y coordinada.


Me pregunto jugando al solitario quién es el enemigo… ¿Yoani [Sánchez] y los jóvenes blogueros que cuentan críticamente el infierno que se vive día a día en la isla a costa de recibir palizas o ser secuestrados, que la propia Yoani y su esposo ya han vivido en carne propia?, ¿las damas de blanco, esas mujeres de piel morena entradas en carnes y con suficientes décadas de vida en el cuerpo que sólo piden marchar en silencio luego de asistir a misa y orar por la salud de sus maridos e hijos presos… o los líderes de la oposición interna que defienden la transición pacífica, la reconciliación nacional y reportan con valentía de acero cada violación a los derechos humanos? A lo mejor son los líderes socialdemócratas, democristianos, socialistas o liberales del exilio, como Rafael, que desde hace décadas promueven un cambio pactado que no excluya a los propios miembros de la actual clase política cubana. Quizás es Obama, que derogó las sanciones del dos mil cuatro y reinició el diálogo migratorio con el Gobierno pero que cree que para proceder al levantamiento del embargo comercial es necesario que La Habana emprenda las reformas prometidas. O puede ser que lo sea la Unión Europea, que también derogó las sanciones del mismo año pero que permanece dividida sobre la pertinencia o no de replantear la posición común del noventa y seis… o Miami, Que envía más de mil millones de dólares en remesas a la isla y que respalda casi en su totalidad la reunificación familiar. Ninguno de esos actores, señores Castro, defiende la confrontación o la violencia como método político y ninguno considera que hoy exista algo llamado “revolución”, y lo saben. La revolución fue un fenómeno histórico que tuvo lugar entre finales de los cincuenta y principios de los setenta, cuyo legado… bien lo podríamos debatir. Lo que es indebatible es que el sistema que derivó de esa revolución es incapaz de representar equitativamente los complejos intereses de su actual sociedad. Ninguno de los programas de las más conocidas y prestigiosas organizaciones de la oposición o el exilio proponen anexionar Cuba a Estados Unidos o crear un Estado dependiente o semisoberano como el que existió entre 1902 y 1934. Eso es un completo y absoluto disparate, porque todos esos actores, incluyendo Estados Unidos, la Unión Europea o cualquier líder de América Latina que simpatice con la transición cubana, como quién les escribe, aspiran a preservar la autodeterminación de la isla.


¿Me quieren hablar de capitalismo? El capitalismo ya se restauró en Cuba, y hace bastante, solo que la única empresa autorizada para explotar el trabajo asalariado, extraer plusvalía y compartir ganancias con sus socios del capital extranjero, es el Estado. Los principales ingresos de ese Estado provienen de la economía de mercado global, por lo que el conflicto cubano no es entre quienes quieren preservar el socialismo y quienes quieren regresar al capitalismo [que tampoco ya es capitalismo], sino entre quienes quieren conservar el antiguo capitalismo [pre-crisis] autoritario del Estado y quienes quieren democratizarlo. Pues se ve, a simple vista, que no están muy lejos los deseos de prácticamente toda la ciudadanía. Quieren poder entrar y salir de su país sin permiso del Gobierno, tener derecho a la pequeña y mediana empresa privada, acceder con toda libertad a la información local, nacional e internacional de los medios de comunicación y asociarse y expresarse con mayor autonomía, es decir, tener los derechos básicos de una democracia. Es el derecho básico de cualquier ser humano, ¿no? Tampoco piden rascacielos, es gente simple, es gente buena. Es una isla preciosa, un paraíso. El Gobierno de Castro no realiza esas reformas porque quiera proteger a su pueblo de sus “enemigos”, sino porque no quiere ceder un ápice de su viejo y atrofiado poder. El derrocamiento de la “revolución”, la pérdida de la soberanía o la restauración del capitalismo son simples ficciones concebidas para postergar el cambio que necesita esa gente, incluyendo los que forman parte del actual Gobierno. Lo están pasando mal, todos por igual, y lo saben. Un cambio cuya necesidad está decidida por la falta de correspondencia entre la plural sociedad y la diáspora y el diseño totalitario del sistema político, friolero. Me extraña que don Fidel piense así, fue criado y recibió una educación jesuita, igual que quien les escribe. Los jesuitas no nos enseñaron a pensar y actuar así… los curas nos hubieran volteado la cara de una hostia… le robo las palabras a Ray [Loriga] de lo que escribía este último domingo. También pregunto cuánto de cierto hay en la lucha de las dignidades contra los intereses, o cuánto hay de dignidad verdadera en el interés ocasional de algunas de estas luchas y cuánto de beneficio directo, económico, político y social verdaderamente tiene, si es que los tiene… a lo mejor es una cortina de humo con la que esconder otros problemas, y es evidente también que mucho de lo que se discute al margen del interés general tiene el escaso valor de la distracción y que se agitan causas, muchas veces más que justas, al amparo del interés particular de cada uno por su cada qué específico. En esas balas cruzadas, que es de nuevo la eterna circunstancia de los nuestro, se reinterpreta el pasado a la carta, como en un restaurante, se abusa del presente y se ignora el futuro. Así señores resulta difícil catalogar cuánto hay de sensato en los desafíos de la ley, el estado o la memoria, y más difícil aún bombardear las naves del contrario sin tener del todo claro el nombre del… ¿“enemigo”? La prensa debería en estos casos prestar su capacidad y fuerza imparcial para tratar de orientar en estas aberraciones… pero en estos días parece ingenuo, por lo que se mueve entre el roce constante de las parcialidades esperando que al menos esas chispas iluminen algo. La equidistancia no es sinónimo de ceguera, y un alzamiento militar es una afrenta al Estado y la razón, y cuarenta años de represalias y crímenes contra el propio pueblo no se pueden justificar atendiendo al temblor de un sistema previo e imperfecto. Las palabras vuelan, las acusaciones se suceden y el ciudadano se desconcierta no sin motivos. ¿Se extrañan? Responsabilidad parece ser la palabra adecuada, la más necesaria, pero a uno y otro lado de estas eternas barricadas, muchas de las actitudes que vemos a diario resultan arraigada y desquiciantemente irresponsables. Una palabra que sí nos atañe a la mayoría de forma directa, es “futuro”, y espero que se entienda mejor, porque de lo que aquí se trata es de salir adelante entre el respeto y la comprensión por lo que nos ha sucedido y la esperanza de que lo que aún nos puede suceder sea menos oscuro que lo que ya nos ha sucedido. Orgulloso de firmar ese manifiesto, y si hay que firmarlo de nuevo, se firmará. Valdrá la pena. Siempre me gustaron los frijoles, y creo que a mis amigos también. Esa es mi respuesta, señores Castro.

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