20.10.10

LA HOGUERA DE LAS VANIDADES


Image::ANDRÉ AZEVEDO © BRASIL::



Ha sido una semana, para quién les escribe, realmente agobiante. Las ansias de fama y reconocimiento, de trayectoria y trascendencia, parecieran ser una enfermedad que padece toda persona dedicada a las artes [en todas sus ramas], hoy, con más preocupación que en cualquier otra época de la historia, pensaba en silencio, taimado, ante espectáculos tan kafkianos que te dejaban, literalmente, paralizado. Primero en un asado con periodistas, después en una cena con artistas, de peso en lo local e intrascendencia en lo internacional, después, encerrado a solas. La mala envidia, el doble discurso intencionado y lo comentarios con mensajes entre líneas, hirientes, fueron sencillamente suficientes para pegar un puñetazo en la mesa y desafiar a mesa servida, con aspereza y sin mover un solo músculo de la cara: “Si a alguien le molesta algo o tiene algo que decir, hágalo ahora mismo, en voz alta y mirando a los ojos, sino cállese la puñetera boca”. Como era de esperarse, enmudeció todo el mundo… ahí se terminaba el asunto… triste. Decepcionante. Lo que de niño me enseñaron con la expresión “falta de cojones” y su sinónimo: mediocre. Cobarde.



¿ Qué demonios les pasa ? me preguntaba. A lo mejor la respuesta era sencilla: nada. A lo mejor, cuando a las personas no les sucede nada, cuando existen pocas posibilidades de desarrollo profesional y apoyo privado e institucional, acompañado de una corta visión de los innumerables mundos que nacen y mueren cada día, en cada persona, en cada ciudad, país y cada continente, supongo, la persona como individuo y los grupos como sociedad, caen en ese tipo de vicios. No se trataba de ponerse por encima de nadie, tampoco por debajo, sino de compartir experiencias, ni mejores ni peores, solamente, diferentes. Eso los desquiciaba. Tampoco se les podía culpar. Quedaba muy claro el tipo de percepción general de la realidad, no por estas experiencias tan concretas, sino por las palabras de un periodista, que paralizó a toda la asistencia, clase política incluida, al decir cómo funcionaban las cosas en este territorio al mismo tiempo que recibía un premio obligatorio. MR Nibaldo Mosciatti. Es decir, estimados lectores, que todo funciona como una simple reproducción de discursos, en un engranaje más de las máquinas de los poderes y los poderosos, en esa cosa amorfa, triste, gelatinosa, y, a veces, ruin y malvada, que son las relaciones públicas o todo tipo de comunicación que está al servicio de unos pocos en detrimento de la mayoría anónima. Lo que en un principio se conocía con la expresión “de sudaca” y que ahora mismo adoptó el planeta entero. Enhorabuena “caballeros”.



En un país y un continente donde hasta casi antes de pisar, la prístina de la dictadura, con sus sapos, sus silencios cómplices, sus injusticias mofletudamente bendecidas, bendecidas por sus monseñores y sus autoridades que no se arrugaban en tolerar, avalar y alentar la brutalidad para preservar el orden, que era un orden pequeño, orden sólo de ellos. Eso señores, sigue funcionando aquí, pero lo doloroso, era caer en la cuenta que los propios artistas del país, los tuyos, funcionaban y funcionan en un esquema similar… artistas. Ahora entendía por qué eran, todos ellos, en su gran mayoría salvo los supervivientes de la dictadura, internacionalmente, intrascendentes…



Ahora comprendía, en toda su magnitud, tremendista, por qué ese artista llamado Mario Toral, en ese tiempo odiado por todos, hoy localmente bendecido, me lo dijo casi una década atrás, mirándome directa y profundamente a los ojos, casi como una orden: “lárgate de aquí”… Eternal THANKS, MR Toral. Tenía razón… paralizante razón. Estaba hablando de la realidad de un país. Ese periodista, Mosciatti, recomendaba a los padres del premio que se incluyera en galardones paralelos a zapateros remendones, desmontadores de neumáticos en vulcanizaciones, panaderos, imprenteros, empastadores de libros, ebanistas y expertos en injertos de árboles frutales, para que se consolide la idea de que lo que se premia es el ejercicio de un oficio, el día a día de las letras, del oficio de las artes y no la ruma de certificados, con sus timbres y estampillas [como la Universidad de Artes, Ciencias y Comunicaciones UNIACC me exigió al momento de presentar mis credenciales como docente ante sus autoridades, con la experiencia previa de haber ejercido el “mismo” rol no en una universidad privada, sino en el Fondo Social Europeo para la Formación…], ni la galería de cargos, ni, menos todavía, la trenza de contactos, militancias, genuflexiones, favores y deudas. El arte y la palabra sólo se sostiene en su falta de certidumbres, en la duda permanente, en el escepticismo, en la incredulidad.



Vivir poniendo todo en duda puede generar angustia, pero si no se busca el poder, la certeza mayor que te da el poder y, por consiguiente, la posibilidad del abuso [porque eso es el poder para muchos: la posibilidad de abusar], si no se busca esa certeza, se puede vivir bien. Si las artes y la palabra no lo entienden, entonces, hay un problema, grave, y hay que acabar con él, y en tiempo récord. Eso desde ya, aunque sea a las hostias. Y eso caballeros, se hace con clase, con elegancia, desde la sensibilidad. Cualquier artista con dos dedos de frente y un mínimo de respeto por su vocación y profesión, debería saberlo. Sensibilidad para entender al otro… hacer el ejercicio de despojarse de lo propio, las ideas, los odios, las fijaciones para intentar reconocer, conocer y entender lo ajeno.



A simple vista, eso, lamentablemente, es esta parte perdida del mundo, no existe. Pero si existe, al menos, dos tipos de arte: Uno, el que le habla a la gente, porque piensa en la gente y siente que está al servicio de ella. Otro, el que le habla a los poderes, porque vive en ese rincón restringido y cálido [pero nunca gratis] que los poderes guardan a ese, a ese mediocre, a ese cobarde. Es un rincón un poco humillante, como esas casuchas para los perros guardianes, que te guarece de la lluvia pero que incuba pulgas y garrapatas, pero donde nunca falta el tacho con comida. Sabe mal, pero alimenta. Y, en general, engorda. A lo que Ustedes se dedican, señores artistas, es un ejercicio de antipoder. Repartir, difundir, democratizar la información que, si es tenida en reserva por unos pocos, constituye poder. ¿No les suena acaso la figura de “uso de información privilegiada”?... probablemente. Si esto les escandaliza, les cuento, como MR Nibaldo, pero frente a un buen vino chileno, lo que escribió Camus, a propósito de la resistencia francesa a la ocupación nazi: “Fue asombroso que muchos hombres que entraron en la resistencia no fueran patriotas de profesión. Pero el patriotismo, en primer lugar, no es una profesión. Es una manera de amar a la patria, que consiste en no quererla injusta y en decírselo”. Y supongo que es bastante claro, ¿no?... supongo que debe ser el no entenderlo, el provocador de los vicios. Esa es la tarea, hacer las cenas, y contentos, como en el MOMA de Nueva York, la terraza del Pompidou en París o el Santa Mónica en Barcelona, y pasarlo realmente bien. A todos nos gustan la fiestas, y que no sean eso: una hoguera de vanidades. Están a punto de verlo. A trabajar.


2 comentarios:

Leonardo Cassas dijo...

No te olvides nunca que la estupidez es el primer pecado Satánico (seguido de la pretensión y la falta de perspectiva) y parece que por acá
hay mucha gente estúpida...

Lau dijo...

Notable comentario. Llegué por el post colgado en la entrevista a Mosciatti en la Paula. Me quedo.