8.5.11

ARRIBA DE LA PELOTA


Image::MR LUKE SMALLEY PHOTOGRAPHER © PENNSYLVANIA::


Los últimos tiempos han sido si no penosos, cuanto menos desagradables. En la provincialidad del fin del mundo dos noticias devastaron irremediablemente el sueño de quienes se dedican al oficio de escribir: los decesos del poeta chileno Gonzalo Rojas, un tornado furioso de la prosa y del igual de planetario argentino Ernesto Sabato, quien como narra Félix Grande, comenzasen siendo discípulo de los creadores de la rectitud, la indignación y la misericordia, alcanzando a ser en tiempo récord, como ellos, esas nobles miradas de coraje y decencia que vigilan, acompañan y muestran el camino del oficio de hablar… porque hablar es un don caballeros, bien lo dice Félix, pero puede ser una estafa también… un compromiso o un fraude.


Tanto Rojas como Sabato siempre tuvieron muy claro que ese don se paga con la pesadumbre de saberse finito, con la piedad que aguarda en los sufrimientos colectivos y con la cólera civil. Y aquello es cierto. Es pura verdad. Sus muertes no fueron una sorpresa, pero sí una desgracia. Todos los grandes escritores llamaron a la puerta de la conciencia de sus contemporáneos urgidos por la indignación y la piedad, desde los griegos más remotos y permanentes, todos esos maestros sin cuyas lecciones de conducta no seríamos ni siquiera lo que somos, aprendices en la asignatura de la expresión y la dignidad. No trabajaron para ser inmortales, ni siquiera famosos, tampoco aplaudidos. Solamente vivieron y sufrieron para que sus contemporáneos les oyesen gritar que la vida es sagrada, que la injusticia es una errata abominable, la mentira una afrenta, y que usar las palabras para manipular a las conciencia es un delito que no tiene perdón, que merece cárcel. Pero están todos no arriba de la pelota, sino abajo, empujándola de todos sitios hacia un centro que no se mueve, que hoy por hoy, no avanza en absoluto. Y estos otros van muriendo sin aparecer nuevos, sumiendo la realidad en donde como dice el médico inglés Ben Goldacre, hasta con buenas intenciones se puede matar a escala bíblica.


Aquello no se queda sólo en Rojas, o en Sabato, ni siquiera en la provincialidad del fin del mundo, para el resto, un verdadero misterio sin mucho interés. Más interés provoca el asesinato del depredador Osama Bin Laden, o la sinrazón que lleva a la Unión Europea al borde del quiebre del orgullo y sueño histórico del viejo continente, donde miramos desde el fin del mundo y todos sus lejanos puntos, de nuevo, con ojos estupefactos. La aniquilación de Bin Laden es un hito histórico que podría señalar el fin definitivo de la primera década del nuevo milenio, quizás. Este acontecimiento, que puede marcar un antes y un después sería el ideal para cerrar un círculo que se inició en Estados Unidos el 11 de septiembre hace una década exacta. Pronto es para sacar una conclusión así, claro está, pero no para hacer un repaso de un decenio cuya historia produce un abatimiento absoluto. Durante el primer lustro se ha impuesto la lucha contra el terrorismo y durante el segundo, el rescate de la banca y el saneamiento de las finanzas públicas. En ambos casos las recetas han supuesto retrocesos para la ciudadanía, de primer orden: el recorte de libertades a favor de la seguridad y de recortes sociales a favor de la estructura financiera. No hay que ser muy diestro para darse cuenta que el daño infligido por ambas crisis a las democracias de los países más desarrollados ha sido y es de un alcance mayor y más perverso, ¿lo ven, no? En un partido de fútbol eterno con una pelota demasiado pesada, que aumenta en tamaño a medida que la hacen avanzar. La guerra contra el terrorismo frente a un correoso y desarticulado enemigo que multiplica la devastación de sus acciones con ataques suicidas produjo un desarme moral de la primera potencia mundial, otrora estandarte de la democracia y los derechos cívicos. Y ello contagió al resto del mundo. En ese nuevo escenario y también en Estados Unidos, como narra en una tribuna Gabriela Cañas, germinó la crisis financiera y económica, que se ha saldado con el más impresionante retroceso político de nuestras democracias, ahora arrodilladas ante un poder difuso, en modo alguno democrático, que acalla cualquier intento de disidencia. El poder ha quedado en manos de patronales, organismos financieros, agencias de calificación y banqueros cuyos valores distan de los que alimentaron a las grandes democracias del siglo veinte. En nombre del contraterrorismo y de la sospecha infundada de que Sadam Husein poseía "armas de destrucción masiva" se invadió un país, arrastrando en la locura al Reino Unido, una de las democracias más veteranas del mundo; se construyeron cárceles secretas; se creó Guantánamo hoy en desangre por Wikileaks de Julian [Assange], y se torturó en Abu Ghraib. Rusia utilizó la misma coartada del antiterrorismo para sofocar a balazos y sangre los movimientos separatistas, y China, para perseguir a las minorías étnicas y encerrar a la disidencia, premio nóvel y Ai Weiwei incluidos junto con otra larga de artistas sin más armas de defensa que sus obras. Ya seis meses antes de que una bomba acabara con su vida en Irak en año dos mil tres, Sergio Vieira de Mello, alto comisionado para los Derechos Humanos de la Organización de Naciones Unidas lo decía claramente, que era preocupante el énfasis con el que ahora se coloca la etiqueta de terrorismo a cualquier tipo de oposición". El terrorismo islamista, más armado ideológicamente que nunca, redoblaba mientras tanto su cruel estrategia en Irak, antes libre de este tipo de atentados, pero también en Madrid, en Londres, en Moscú, en Bali y otros, mientras el odio por las razas, los nacionalismos populistas y la xenofobia crecen como la ola de un tsumani.


Bush, ese mediocre cowboy de Texas, desató guerras y no dudó en vulnerar sus propias normas y los convenios internacionales. Tras ese fatídico 11-S que quedó en la memoria colectiva universal como un tatuaje tribal de la cercanía real y palpable de lo siniestro, multitud de países acometieron cambios legales que fomentaron y pusieron en primera línea recortes de las garantías procesales de los detenidos y restricciones a la inmigración y el derecho de asilo. La violencia liderada por Washington generó más violencia y en todo el mundo cundió la islamofobia. Los derechos humanos, sagrados y ahora violados sin disimulo ni remordimiento, como muchos habían alertado, fueron una víctima más del terrorismo. Debajo del ruido de las bombas ninguno sabía que se estaba gestando la crisis financiera que marcaría el segundo tramo de este oscuro decenio. De esta crisis el capitalismo salió extremadamente fortalecido. Los llamamientos de los gobernantes hacia una mayor regulación y el fin de los paraísos fiscales quedaron aparcados. El poder de los mercados impuso su ley y convirtió a los políticos en gestores de sus designios. El nuevo tótem es el rescate de las entidades que pusieron en riesgo el sistema con el dinero de todos; la competitividad de las empresas con contención salarial que, por supuesto, no incluye a directivos y accionistas, a esas ratas; la fusión de entidades con sus consecuentes reducciones de plantillas y el equilibrio de las finanzas públicas. Básicamente caballeros, al desarme moral que sirvió en bandeja de plata la lucha contra el terror se ha sumado un desarme ideológico. Absoluto.


Así se entiende que merezca el aplauso europeo un país que está logrando frenar el déficit público y los ataques especulativos a costa de recortar derechos sociales y laborales, aunque tales políticas no hayan sido capaces de evitar convertirlo en el campeón europeo del desempleo, mientras por un miedo paralizante, sus sociedades no se atrevan a salir a las calles y poner fin a sus infamias, como paradójicamente ha hecho y hace el mundo árabe, haciendo girar estrepitosamente la pelota, y que caiga quien caiga… se aburrieron, se cansaron. Hoy, la confianza de los inversores es un valor supremo y el paro, un indicador preocupante porque desequilibra las finanzas públicas y repercute en el consumo. Y empeorará, porque se suma a que el valor capital de las opiniones públicas y, por consiguiente, de sus representantes políticos está en declive. Por primera vez en mucho tiempo, las jóvenes generaciones del mundo desarrollado perciben y sienten en lo más profundo que nunca dispondrán de las bondades de que disfrutaron sus mayores, pero ni siquiera tienen alternativas a las que agarrarse ni culpables contra los cuales indignarse como les propone el nonagenario Hessel, por eso andan como palomas por la plaza. A Europa se le perdió el respeto, así de simple, así de rotundo.


Francia e Italia, por egoísmo y aires de superioridad han dado el puntapié inicial para la destrucción de la unión europea, y no lo digo yo, es lo que desprende el artículo firmado por Javier Solana, Emma Bonino, Joschka Fischer, Timothy Garton Ash, Martin Hirsch, Danuta Hübner, Ayse Kadioglu, Sonja Licht y Vladimir Lukin, miembros del Grupo de Personas Eminentes creado por Thorbjørn Jagland, secretario general del Consejo de Europa, para preparar un informe sobre la convivencia en Europa. Lo que van haciendo, según este grupo, es de ser un soberano imbécil, y por cifras sobre la mesa. ¿Por qué? Porque como bien explican, la diversidad cultural ha sido una característica constante de la historia europea. Ha sido la fuente de muchos de los mayores logros del continente, sin embargo, cuando se ha gestionado de forma inapropiada, también ha desempeñado un papel en algunas de sus mayores tragedias, como la que ahora vive. La diversidad ha aumentado en las últimas décadas debido a las nuevas olas de inmigración, y seguirá haciéndolo, por dos motivos. Primero, porque la mayoría de aquellos que han llegado a Europa en las últimas décadas y sus descendientes tienen la intención de quedarse. Muchos siguen apegados a la herencia cultural de sus países de origen. Y mientras cumplan la ley, no debería esperarse que las personas que se establecen en un nuevo país dejen tras de sí su fe, su cultura o su identidad. Esta diversidad puede contribuir a la creatividad que Europa tanto necesita, ahora más que nunca. Miren como ejemplo burdo la misma moda… si no existe diversidad cultural, no existe vanguardia, porque si no presenta un diálogo entre istmos culturales, no existe posibilidad alguna de tendencia, ni de moda. Así funciona, y punto. Segundo y más importante, es el hecho que Europa está envejeciendo, lo que significa que se necesitan más inmigrantes. Sin ellos, la Comisión Europea estima que solo en la UE, en los próximos cincuenta años, la fuerza de trabajo se reducirá prácticamente en cien millones de personas aun cuando la población en su conjunto siga aumentando. Se trata de una fórmula que lleva a la decadencia… nada que decir. Por lo tanto señores, la diversidad es el destino de Europa, y ya.


Está forjando su futuro en un mundo que evoluciona rápidamente, y seguirá haciéndolo. Así pues, es de vital importancia que los europeos encaren sus desafíos con más eficacia y determinación y obviamente, mucho mejor de lo que lo están haciendo en la actualidad. Esta vez no pueden permitirse equivocarse en cómo hacer frente a la situación y por desgracia, hay indicios de que corren el peligro de estar haciendo precisamente esto. Se les están escapando los cerebros, simplemente, porque dejaron de creer en él. Y esos indicios son evidentes: la creciente intolerancia, un mayor apoyo a los partidos xenófobos y populistas, la discriminación, la presencia de una población de inmigrantes no documentados que prácticamente no tienen derechos, comunidades paralelas cuyos miembros apenas interactúan con la sociedad que les rodea, el extremismo islámico, la pérdida de libertades democráticas e intentos de restringir la libertad de expresión con el presunto interés de defender la libertad de religión. Se sacaron la lotería.. se lo están cargando todo ellos mismos, y a zarpadas. Obviamente, bajo esos indicios subyace una inseguridad profundamente arraigada consecuencia de las dificultades económicas de Europa y de un sentido de relativa decadencia; el fenómeno de la inmigración a gran escala tanto la experimentada realmente como la percibida; imágenes deformadas y estereotipos nocivos de las minorías en los medios de comunicación y laopinión pública [Ven la televisión y leen periódicos, ¿no?, y por supuesto, la escasez de dirigentes que puedan inspirar confianza articulando una visión clara del destino de Europa. No existen… lamentablemente.


Este próximo miércoles once, será publicado el informe de este grupo de personas titulado “Living Together: Combining Diversity and Freedom in 21st Century Europe” / ”La convivencia: combinar la diversidad y la libertad en la Europa del siglo XX”, que ofrece una respuesta fundada y lógica en los valores fundamentales de Europa, es decir, un programa para una Europa con mayor confianza en sí misma, que se espera acoga la diversidad en lugar de rechazarla, y acepte asimisma que la existencia de identidades múltiples no es negativa en absoluto. Y estos cerebros caballeros están convencidos de que puede ser esa Europa, pero solo si todos los residentes a largo plazo de los países europeos son aceptados como ciudadanos de pleno derecho, y si todos, con independencia de su credo, cultura o etnicidad, son tratados por igual por la legislación, las autoridades y sus conciudadanos. Al igual que todos los demás ciudadanos de una democracia, deberían participar en la elaboración de las leyes, pero ni la religión ni la cultura pueden ser una excusa para vulnerarlas. Y defendiendo firmemente el derecho a la libertad de expresión, que no debe restringirse, ni en la legislación ni en la práctica, para aplacar la intimidación violenta, respondiendo directamente a las declaraciones públicas que tienden a construir o a reforzar los prejuicios públicos contra los miembros de cualquier grupo, en particular miembros de minorías, inmigrantes o personas de origen migrante reciente. Básicamente, reducir al mínimo las exigencias establecidas legalmente y potenciar al máximo la persuasión. Europa es capaz. Esperemos que abran los ojos. Estaremos todos observando. Súbanse a la pelota.



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