12.11.11

FACTOR RESILENCIA


Image::MR RICHARD AVEDON PHOTOGRAPHER © NYC::


Hace una semana atrás, sentado frente al ordenador preparando contenido editorial para el próximo número de una revista [por la que, literalmente, estábamos dejando la piel y más], recibí un mensaje por las redes sociales. Era de un fotógrafo, Sebastián [Ghërre], de un talento impresionante. Leí su mensaje en silencio. Estaba irritado. Me contaba que estaba harto de la forma de ser de la gente por este lado del mundo, de esos que iban de listillos y no los conocía ni su barrio, que deseaba darles de puñetazos con su obra [y estaba en perfectas condiciones de hacerlo]. En principio me salió una carcajada de felicidad, para después dar paso, casi en automatismo, a un absoluto mutismo, íntimo, taimado. Cerré el mensaje de Sebastián y empecé a revisar otra larga lista, de fotógrafos jóvenes, artistas, ilustradores y diseñadores a los que había prestado media atención por temas de tiempo, quienes cada cual a su forma, habían escrito también, diciendo exactamente lo mismo… leí detenidamente uno por uno. Algo andaba mal, y todos lo sabíamos perfectamente bien. No eran solamente ellos, los jóvenes. Recordé el sobre que había recibido pocas semanas atrás desde Nueva York de Alfredo [Jaar] con su artículo sobre la detención de Ai Weiwei escrito para “La Vanguardia” y su mail donde nos felicitaba por estar haciendo nuestra “locura chilena”… no lo podía creer y eso le alegraba. Nos había sacado una sonrisa en silencio. Fernando [Prats] desde Barcelona también estaba interesado en hacer una entrevista para presentar lo suyo en la Bienal de Venecia u otro próximo proyecto… Pola Thomson lo mismo. Entre líneas, se leía el mensaje de insatisfacción absoluta por lo que estaba ocurriendo aquí, por la forma en que se hacían las cosas para logran una gran nada, en prácticamente absolutas irrelevancias, desde todas y en todas las áreas creativas nacionales y sus provincialismos, partiendo por sus formas de pensar, encapsulados en un tiempo pasado y sus costumbres… y era grave. Era muy grave.



Salí a darme una vuelta a ver cosas por la ciudad y pensar en frío sobre todo esto. A lo mejor eran ideas mías. Por una calle comercial donde se ubicaban las galerías de arte comerciales y cuadras y cuadras de coches 4x4 estacionados a modo de competencia [parece que la gente coleccionase esos automóviles como quien dice sellos postales], me encontré con Tomás [Andreu, el galerista de arte contemporáneo por excelencia de la ciudad] y su ya mítico perro. Caminando con él un trecho le preguntaba por qué cerraba su galería [hace poco un medio local había dado la noticia en un reportaje tan extenso como aburrido] y me confidenciaba: “No la cierro, simplemente vuelvo a mi antiguo edificio, aquí en la otra esquina porque es un gasto absurdo, también reduzco el número de artistas que represento, porque todos quieren ser famosos, vender y convertirse en estrellas, y al final terminas siendo el psicólogo de todos, y te digo, honestamente, estoy cansado. Estoy agotado. Ya tengo una edad”. Y qué quieren que les diga. Tenía razón. La gente por aquí era un poco fuerte. Me sacó otra carcajada. Ya de vuelta en casa, a solas, me preguntaba en silencio “¿Qué coño está pasando en este sitio?, es irreal, es otro mundo…”. Ese otro mundo que me llevó a ensalzarme en una discusión campal con Gail Hurley de la galería AMS Malborouhg [por ahí también, a la vuelta de la esquina], ambos a solas con una exposición de Wilfredo Lamm de único testigo, de que aquí todo andaba fatal, ella desde su margen de mujer de buena posición con vida cómoda, y yo del que por obligación, se tiene que buscar la vida para poder sobrevivir. Resultó siendo una mujer espectacular, y hasta nos terminamos riendo… ese recuerdo me volvió a poner de manifiesto por qué los artistas lo tenían tan igual de espectacularmente difícil por aquí. Simplemente, las puertas estaban cerradas, para casi todos, entre otras cosas. Había que tener verdadera capacidad de resilencia para aguantar y no tirar la toalla, ciertamente. Cambié el switch a los diseñadores, a los de mi país, los que ahora me competen. De la última fiesta había terminado charlando en el salón de un club con Paulo [Méndez], de mi gradual decepción con la producción local, primero con la muerte de la industria textil y la escases de encontrar buenas materias primas que también ponían las cosas muy difíciles, y después con ellos mismos, de su falta de pasión por darle a sus trabajos el valor que merecían, partiendo desde su producción hasta la manera en que comunicaban su trabajo, prácticamente, vergonzoso. Si osasen asomar las narices a las grandes ligas, simplemente, se les reirían en la puta cara. Y por supuesto, también, del cierre de puertas. Seguían haciéndose ochenta desfiles de las cosas más insólitas [que el del centro comercial, que el ecológico, que el de los niños, que el de la playa y también la papaya…] en un eterno círculo vicioso de nunca acabar, y vamos de vuelta, y más, y bis. Para eso, mejor nos dedicábamos todos a hacer macetas, total, qué más daba. Otros, de nuevo, que debían de tener capacidad de resilencia extrema para suspirar profundo o hacer yoga antes de coger una escopeta y salir a la calle a hacer visitas sorpresa. Pues así estaban las cosas señores, a pura anestesia. Y si tú lo sabías, tu obligación era hacérselos saber, les gustase o no, porque humildemente, eso caballeros era y es una cosa de principios. Eran y son de los tuyos, y si son de los tuyos, simplemente, no lo puedes permitir. Los debes proteger. Es difícil, muy difícil, en lo personal, ser consciente que si las cosas en un sitio andan mal y tú, por las posibilidades que tengas, puedes impedir con dos cojones y una buena red de contactos que sigan yendo igual, y al mismo tiempo hacer todo lo posible, con todos los medios disponibles, hacer que aquello mejore gradualmente… es difícil, pero tampoco imposible. Es como hacer yoga mirando la escopeta. A nadie le gusta pelearse con la gente [a menos que seas un soberano imbécil] pero a lo mejor la experiencia te ha demostrado que si peleas por algo justo, con voz alta y mirando a la cara, contra algo que es injusto, la gente termina dándose cuenta, aunque pasen años, pero la gente siempre reacciona. ¿Por qué? Porque la gente no es imbécil. Como me decía un ex profesor: “A veces es cosa que una sola persona, una sola vez en tu vida, te diga directamente a la cara, sin rodeos, todos tus errores y lo que estás haciendo mal para que reacciones y también lo que puedes mejorar para irte al espacio [lo importante, claro está, de ambas], para que después el resto sea pan comido, porque tú mismo reaccionas, sin que nadie te vuelva a decir nada, siempre y cuando esa persona lo haya hecho sin mala fe, sino todo lo contrario. La gente no es estúpida [again]”… Y tenía razón, el muy cabrón. Otra amiga, muy querida, editora, me decía hace años “¿Qué haces si eres escritor, bueno, y nadie te quiere publicar?... pues te auto-publicas, y ya”. Lo mismo quería decir que si te auto publicabas, debías tú mismo conseguirte al mejor diseñador gráfico para que te hiciese la mejor maquetación, y al mejor fotógrafo o artista o ilustrador para que te hiciese la portada, ojalá que tuviesen un premio nacional en sus especialidades, y tú mismo ir con la confianza en la excepcionalidad de tu producto y meterlo en todos sitios, y promocionarlo, y finalmente venderlo, y en lo posible, vivir dignamente de ello…. Y pasa caballeros, que los mejores [a los que todo el mundo ve como extraterrestres inalcanzables o algo descabelladamente parecido] resultan, siempre, ser los más humildes del mundo, y que si vas y le propones, a lo mejor, si considera que tu trabajo es bueno, te dice que sí. Los mejores siempre son los más humildes, porque no tienen nada que demostrar, a nadie. Por algo son los mejores… El mismo “modus operandi” corre para un artista, un músico o un diseñador, siempre y cuando tu trabajo, lógicamente, sea bueno. A lo mejor te dicen que no, si es que el trabajo está mal hecho o es deficiente, y eso tampoco quiere decir que seas malo, sino que simplemente, te falta afinar ¿y uno afina cómo? Pues haciendo más, investigando y observando en silencio al mismo tiempo que produces, y eso es trabajo duro, que también muy pocos quieren hacer. Pasa que si llegas con un trabajo del cual de entrada dudas de su calidad [porque inconscientemente sabes que no hiciste suficientemente el esfuerzo para que aquello sea lo excepcionalmente bueno que te de plena seguridad y poder defender, si es necesario, hasta con arrogante humildad] y te dicen que no, que es malo y que no les interesa, a veces eso genera más inseguridad o más miedo, y eso paraliza. Y ahí se acaba la historia. Dedícate a lo de las macetas. Para que eso no pase, pues tiene que estar bien hecho, y bien hecho quiere decir, primero, tener calidad excepcional en la producción. Segundo, tener los soportes para la promoción o autopromoción de tu trabajo, bien cuidado. Es exasperante ver que pocos diseñadores o artistas no tengan ni una web para mostrar lo suyo, y si la tienen, sean una vergüenza. Suena duro, exacto, pero entonces… ¿Cómo pretende uno que otro pueda tener acceso a lo propio, y con una calidad suficiente para poder competir con otro y a lo mejor superarlo y obtener un real interés por parte de los externos? Es, simplemente, imposible. Aquello, a lo mejor, te hace invisible ante los medios de comunicación o gestores que puedan llegar a interesarse por uno, y eso hay que remediarlo, de forma inmediata. Y tercero, alimentar la capacidad de resilencia, es decir, que todo te resbale.



Después, si ya tienes todo ese trabajo hecho [que cuesta un tiempo supremo y hasta agobiante, que en principio agota y que con los años va haciéndose casi natural, automático], es poco probable no poder entrar a las oficialidades, y si así y todo te dan las espalda, pues entonces al plan B [a la autoproducción, autoedición o autoexposición con más ímpetu, y hacer incluso más ruido de lo que puedas sonar en los medios tradicionales]. Si puedes llegar a hacer eso, créeme, siempre alguien te va a ayudar, y después, a los de lo oficial, no les va a quedar más remedio que venir a tocarte la puerta, porque si no te buscan, serán ellos los que estarán fuera, y jamás lo harán, porque por su propia oficialidad, no se lo pueden permitir, porque pierden clientes, y su propia posición. Así de simple. No cuento ningún misterio. Toda la vida ha funcionado igual. Respóndanme Ustedes ahora, estimados lectores, ¿A quién coño le enseñan eso en la Universidad, o en la escuela? La respuesta es simple: a casi nadie. Por no decir que a nadie. Milan [Ivelic] tenía mucha razón cuando decía en una entrevista: “Que nadie piense que con el cartón va a satisfacer sus necesidades”… y muchísimo menos en esto, si es que realmente lo sientes como tu profesión y más importante aún, como tu vocación, con el respeto que se merece, sabiendo siempre que a las cosas hay que darles el valor que se merecen, pero tampoco más importancia de la que realmente tienen. Mueve el culo, vete a la calle y búscate la vida, pero hacedlo bien. Después te conviertes en omnipresente, y eso viene con el tiempo, pero esa es otra historia, que tampoco es tan larga [No más de cien años, eso te lo aseguro]. Venga, a trabajar. Conviértanse en los mejores, y con dos cojones. No es nada más que alimentar lo único importante: El factor resilencia [siempre te podrás reinventar], y se puede, y si dudas, bébete una copa. Que te sude todo, menos lo tuyo. Nada más.




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