4.3.12

ARTE & FAMA

Image::MR AINGERU ZORITA PHOTOGRAPHER © NYC::


Hace días, aprovechando el realismo mágico de ese sol tan característico del verano latinoamericano, después de un asado con parte de mi familia chilena, terminé de madrugada acostado con una tía abuela, ambos copa y cigarrillo en mano. Eliana, con ochenta años, seguía con una lucidez como poca gente tiene ya a esas edades, tan rápida y luminosa como su sonrisa, su cara y sus ojos pese a unas arrugas durante años delicadamente cuidadas. En su juventud había sido una talentosa pianista [y lo seguía siendo], y en esa época donde el mundo iba a ese romántico paso del tiempo donde todo sucedía cuando tenía que pasar, en el momento y la situación justa, Eliana había educado durante décadas las manos de un sinnúmero de chicas de familias acomodadas, cuyo talento sería parte de la dote con las cuales serían desposadas, aparentemente, en el momento correcto. Pero ese pasado, a estas alturas, no le impedía lanzar por esa boca las salidas más descabelladas, irónicas y cómicas para reírse de quien se le pasara por delante que vamos, ni el más grande de los cabrones. Fumando y bebiendo a la par, fueron horas de carcajadas, y también de reflexiones. Eliana narraba unas fabulosas historias de los artistas, músicos y personajes que había conocido, las maravillas que habían logrado hacer en sus diferentes campos, la fama que lograron tener a sus espaldas y la simpleza y humor de la que eran dueños orgullosos. Con el paso del tiempo fueron muriendo por enfermedades, accidentes o el simple calendario de la vida, y ahí Eliana, después de acomodarse las gafas, daba un largo sorbo a su copa. En esas pausas la miraba en silencio, viendo agitarse lentamente las arrugas de su largo cuello mientras bebía, y sus manos de dedos largos, arrugados e igual de perfectamente cuidados, con esmero.



Ella había dado un paso al constado en su momento, y estaba contenta de su elección. “Podrías haber sido una gran pianista Eliana, ¿Por qué no seguiste? A lo mejor podrías haber sido muy famosa”. Eliana se quitó las gafas, quedó mirándome fijo y espetó: “¿Y para qué?, ¿A quién coño le importa la fama? A mi esa mierda nunca me interesó. ¿Qué más lindo que dedicarle lo mejor que sabes hacer a tantas chicas guapas, atentas y que mira, hasta el día de hoy me vienen a ver, se acuerdan de mí y no dejan que me falte nada? A ver si de esos tan famosos se preocupan como de mí, a esta edad donde todos te abandonan en un asilo de viejos y viejas de mierda llenos de achaques. Creo que tuve más suerte que ellos fíjate, y nadie me vio la cara ¿Qué más bonito que eso hijo mío? Además pásame un piano, que vamos, toco mejor que Stevie Wonder”, dijo antes de reventar en otra carcajada, proclamar a viva voz “¡Alargo en brazo, levanto el codo, aprieto la mano y brindo por todos!” y acabarse el vaso de un solo tirón. Esa era Eliana, y era verdad, entre las cuarentonas y cincuentonas pijas de la ciudad, ella era una leyenda. Al día siguiente, revisando correos encontraba un mensaje. Era una periodista de una revista chilena llamada “Paula”. En su mensaje escribía que preparaban un artículo sobre artistas que tuviesen relación con la moda y que necesitaba que le enviase curriculum, statement e imágenes en alta resolución. La respuesta fue inmediata: No me interesaba publicar nada en ningún medio perteneciente a ese grupo editorial llamado COPESA [conocido por haber encubierto asesinatos durante la dictadura militar en los setenta, por estos días también principal enemigo contra el movimiento estudiantil que buscaban una educación pública gratuita y de calidad] ni muchísimo menos en esa revista, que era una verdadera lobotomía para la mantención de una lucha de clases desproporcionada que seguía por todos los medios posibles tratando de perpetuar. Pensé en Eliana, y luego para mis adentros: “Iros a tomar por culo”. Sonreí y ahí se cerró el tema. Eliana tenía razón. Iba por ella.



¿Qué era la fama? Fue la pregunta que empezó a martillarlo todo. Bien es cierto que aquello era una herramienta de muchísima utilidad para mantenerte en los circuitos del arte, el entretenimiento o una industria como la moda donde el ruido es fundamental para sacar empresas adelante, pero hasta un cierto punto. Era un arma de doble filo por el cual si llegabas a caer, el golpe es doblemente duro. Tras los medios de comunicación, todo editor o periodista sabe el poder que tiene para crearle la fama a cualquiera o por su contrario, enterrarla. Y un buen editor debe ser muy cuidadoso con ello, porque de repente se encuentran en un delicado juego la integridad y mundo personal de unos y otros, aun a plena conciencia de quien decide meterse en esto, conoce las reglas del juego, o debería conocerlas. ¿Qué es la verdadera fama, en un momento donde cualquiera que pueda usar correctamente las herramientas de comunicación globales puede acceder a ello, con menor o mayor repercusión? Lo veía a diario, donde la gente se flipaba a unos niveles que era para que nos pillasen confesados. Volvía la gran respuesta. Al final, todo el mundo quería fama no para usarlo como una herramienta más para hacer sobresalir su trabajo y vivir lo más dignamente posible de ello, sino en gran número de casos, por el mero hecho de subirse el ego y tener esa tan relativa relevancia por encima de distintos grupos a los que cada uno pertenece, o pretende pertenecer. No todo el mundo, claro está, pero si una gran proporción que se autoproclaman “artistas”, que a ratos parece excesivo, extremadamente. En ese punto, ¿Dónde quedaba realmente el trabajo? Pues era sencillo: ¿el trabajo? A tomar por culo. Dries van Noten tenía mucha razón cuando hace pocos días decía que esto era un sobre exceso de todo. Y a ratos asqueaba. ¿A quién puede interesarle ser famoso cuando es consciente que su trabajo es una basura? Y lo grave caballeros es que pareciese no importar el trabajo mientras el ruido esté medianamente asegurado. ¿Se pensarán que están creando una especie de marca de su nombre personal solamente por andar cacareando por ahí o mostrando cosas que son, desde el punto de vista profesional o técnico, verdaderas vergüenzas ajenas? Volvía Eliana. Azzedine Alaïa era una verdadera celebridad dentro de su industria, y prácticamente nadie le veía la cara. No hacía desfiles, no tenía publicidad en los medios de comunicación y casi no concedía entrevistas. En las artes Rebecca Horn, Jenny Saville, Christo, Antoni Muntadas o Sophie Calle eran exactamente lo mismo, ubicarles era casi imposible si no tenías una relación personal con ellos [Ya se acordará Yolanda Muelas de la “persecución Saville” con la que luchamos hasta que la propia Jenny nos mandase a decir con el Director de la Gagosian que acababa de dar a luz y la dejásemos en paz de una vez], y sin embargo, pasando de todo, seguían siendo estudiados en las mejores universidades sin más acceso que a diapositivas, y expuestos, cada uno a sus tiempos personales, en los mejores museos y centros del mundo con trabajos circulares, cerrados, perfectos. Y esa es fama, fama real. Indudable, irrebatible. ¿De todo el resto, los que andan cacareando por ahí tratando de estar en todos sitios? Pues respóndanse vosotros mismos.



Pasó que todo se confundió y se perdieron las jerarquías. El mundo del entretenimiento banal fue caldo de cultivo para toda una generación de artistas, escritores, músicos y también diseñadores, que pensaron ver en celebridades con fechas de nacimiento y muerte el mejor aviso publicitario para sus propios nombres, y en ello, con el tiempo, se han ido todos desvirtuando hasta llegar a esto, a lo de hoy, a la más colosal y plenipotenciaria horterada, y en todos los puntos del globo, y en gran medida es una cosa que apena, que entristece... Pero a lo mejor, repensándolo, sean esos mismos cambios los que incluso faciliten identificar a los realmente buenos, más que en otras épocas. En esta vorágine en la que se ha convertido el mundo, pareciese que son los realmente muy buenos los que en el momento indicado, puedan abiertamente dar sus opiniones [también a través de sus obras] sobre asuntos de importancia en los que el resto calla, o evita para no exponer ese débil suelo de cristal casi imaginario, que cuando abierta y públicamente los enfrentas, se deshacen en justificaciones de segunda o simplemente callan, para seguir en esas creaciones edulcoradas que a nadie interesan o pasar la bola para salvar el pellejo sudando frío. Los otros, los buenos, no pueden arriesgar nada, porque sus suelos son de mármol y la perfección de sus trabajos los que sí pasarán a formar parte de la historia [si es que ya no lo forman, porque en la mayoría de los casos, ya es así]. Por eso suenan el doble, con un retumbo que nadie puede pasar por alto, ¿Por qué? Porque han sido legitimados gracias a sus obras por la docencia académica, el Estado y los medios de comunicación… y el que los pasa por alto queda, sencillamente, como un imbécil [cosa que en estos días a todos aterra, vaya uno a saber por qué…eso de quedar como idiota]. Como antes, cuando eran las celebridades del entretenimiento las que los buscaban porque les subían el pelo, y no al revés. Sea a lo mejor esa premisa la necesaria para que las cosas vuelvan a ordenarse, para que los creadores vuelvan a dar importancia a lo que realmente les compete, que es su oficio, con investigación, dándose el tiempo y ejecutando sus obras con precisión de científico en el respeto que merece y hacer el coladero de todos esos que se han subido al carro en todos estos años, y se seguirán subiendo. A lo mejor con eso llegase aquel ruido legítimo… y la fama real, si es que realmente llegue a servir de algo... y si es que realmente, en los tiempos que corren, aquello existe. En lo que respecta a quien les escribe [pretensiones aparte], honestamente, la decisión ya estaba tomada, y desde hace mucho. Eliana solo volvió a reconfirmarla, y con la copa en alto, y a carcajadas: WHATEVER.

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