13.3.13

LA SOBRIEDAD

Image::MR CESAR PERIN PHOTOGRAPHER © LONDON::


¿Qué es la sobriedad? De dominio público, sabemos todos que se refiere a algo que carece de lo superfluo o accesorio. También se dice, o se asocia, a las personas de carácter templado y a la tranquilidad con que tal o cual se comporta, sin estridencias ni escándalos. Eso según el diccionario. Pues pasa que no estoy de acuerdo. En el caso de la recién terminada semana de la moda de París, hace nada, había mucha sobriedad, y también opulencia. También la gente tiene en la cabeza la rara idea de asociar sobriedad a la clase política, o económica, especialmente a la relacionada con la banca. La misma iglesia católica era considerada como una institución sobria... bien es cierto que se visten bien, con materias primas de primera, comen platos gourmet y mantienen una calidad de vida con altos estándares de lo que el mundo del lujo es capaz de producir. Con todo esto, la pregunta es, y abierta ¿Le parece que todo eso, en nuestros días, es realmente sobrio? Déjeme responder por Usted. La respuesta es no. Probablemente, antaño, aquello lo era, sin duda alguna, pero... ¿Hoy?... ¿A Usted le parece que todo aquello es realmente sobrio? Políticos corruptos, banqueros ladrones, sacerdotes pedófilos, diseñadores escandalosos, chefs que transforman los alimentos hasta volverlos irreconocibles [incluso al gusto] es la gran interrogante por la cual resulta muy acertivo abrir un debate sobre esta palabra, hoy casi desaparecida desde esa racionalización tan básica como el sentido común, por nuestros días, un auténtico lujo.



Entro en este tema por una idea que hoy, después de la elección del nuevo Pontífice en la ciudad vaticana, no dejaba de darme vueltas en la cabeza, después de ver hace tan solo un día atrás la ópera prima “Amour”, ganadora del Oscar a la mejor película extranjera. La sobriedad... la sobriedad. La cinta dirigida por Michael Haneke y producida por Austria, Francia y Alemania era una película sobria, ciertamente. Con una historia sobria, con un par de personajes protagónicos sobrios, en escenarios sobrios, con un texto sobrio. Tan sobrio que su protagonista, por sobrio, termina asesinando a su mujer, desbordado y entrando en la locura de imaginar a su esposa recién asesinada haciendo cosas como cada día. El límite entre la cordura y la locura, como demuestra brillantemente Haneke, es como caminar por encima de un cinto sobre las cataratas del Niágara. La letanía de esa ópera prima, insufrible, produce exactamente lo mismo, que el espectador salga corriendo de ahí a punto de entrar en el fabuloso mundo de la locura. El fabuloso mundo del drama que a la cultura francófona resulta casi tan fantástica como meterse una raya de cocaína. Viven y se alimentan del drama. Hay un problema ahí, eh?... Vuelvo a Roma, porque ese hombre, Jorge Mario Bergoglio, desde hoy Francisco I, digan lo que digan, es un ejemplo de lo que, para quién os escribe, enseñaron de pequeño como sobriedad. Tan latinoamericano como él. El primer sacerdote proveniente de la camada de los jesuitas, el sector más intelectual de la Iglesia, es un tipo suave y humilde en las formas, se cocina su propia comida, iba en autobús o metro a sus citas y vivía en una habitación al costado de la catedral de Buenos Aires. Desde hoy pasará a ser el sustituto del mismísimo San Pedro, y verdaderamente caballeros, para quién os escribe, enterarse de su nombramiento resultó ser un secreto y absoluto placer.



Supongo que el mismo placer sentirán, independientemente de si son o no creyentes, miles de personas que como quién os escribe, fueron criados y educados por ellos. Los jesuitas tenían muy claro su rol, con sus pies muy bien puestos en la tierra. Volvió a la cabeza esa imagen que no olvidaría en la vida, cuando adolescente, mientras estudiaba en un colegio de esa congregación, hablé de forma despectiva con un compañero que era de menores recursos, esa manía tan sudamericana de la lucha de clases. Pues bien,  no alcancé a terminar la frase cuando tenía sobre la cara una bofetada de la mano de un cura [un muy buen hombre] que con una vena palpitándole en la frente me espetó: “No quiero volver a escuchar de tu boca una estupidez como esa hasta el día que te mueras”... no lo olvidé nunca más, y jamás volví a hacer semejante imbecilidad, sino todo lo contrario. Los jesuitas tienen votos de pobreza, es decir, no pueden tener ningún tipo de bienes, pero no así votos de poder. Hoy, los hombres más poderosos del mundo occidental [que no sean judíos], provienen de ahí, de las filas de la Compañía de Jesús. Prácticamente todos. Y creánme, no son malas personas la mayoría de ellos. Los miles de estudiantes, como esos sacerdotes, caminábamos en centros de estudios donde no existía el plástico. Nada era imitación. El mármol era mármol, la piedra era piedra, la madera era madera, el cristal era cristal. Crecimos rodeados de materias nobles elaboradas en su máxima plenitud, pero jamás con lujos. Era la forma viral en que nos decían que la vida debía ser ostentosa, pero nunca fliparse con los lujos y ojalá, prescindir de ellos. Aquello del lujo era poco sobrio, por no decir que les y luego nos, significaba una horterada. Han venido todos estos recuerdos a la cabeza porque cuando quién os escribe empezó a trabajar en el mundo de la moda, resultaba insólito y hasta gracioso ver ese gasto de energía y tiempo en el gran mundo de las apariencias, el lujo, las pieles y lo diamantes. Para uno los diamantes eran piedras, las pieles un animal y el glamour, una cosa que no tenía nada que ver con la clase, que aquello, sin sobriedad, jamás existiría. Una tía enfundada en un look en plan Karl Lagerfeld, resultaba una cosa muy graciosa, de verdad. Lo que uno no terminaba completamente de entender era cómo podía uno entrar en el gran mundo de la moda internacional con una actitud donde el gran mundo de la moda internacional te resultaba una soberana idiotez... supongo que habrá sido esa postura lo que te permitía hablar de pieles y diamantes de forma pragmática... creo que me entienden. Porque a uno , simplemente, aquello se la sudaba, y completamente.



La sobriedad no radica caballeros en llevar diamantes, ni conducir coches caros, ni vivir en mansiones, ni comer comida gourmet. Eso está parido, desarrollado y consumido únicamente para demostrar a los otros que tú tienes más capacidad [en este mundo], cuando a lo mejor resulta que eres nada más que un pobre diablo sin más capacidad que una cuenta corriente. Lamentablemente es así, y ha funcionado toda la vida así. ¿A tí te parece tipo que vivir en una mansión, o conducir un coche deportivo, es digno de alguien que ha tenido de todo durante toda su vida y donde a lo mejor, como en Europa, posee la peña algún tipo de título nobiliario? La respuesta es no. ¿Por qué? Porque no tienes la necesidad de andar demostrándole nada a nadie. Así de simple. De esa sobriedad viene la clase, y de ahí, el verdadero glamour, porque te la suda todo, o al menos todo lo que se pueda poseer. Esa era la educación de los jesuitas. ¿Le parece a Usted que está tan mal? Creo que no. Y es valorable, porque con ese sentimiento, te quitas las ganas de robar, o de ser corrupto, y al mismo tiempo hacer cosas que estén muy bien, en la empresa, en la política, en los medios de comunicación o simplemente en tu propia vida, en tu propia intimidad. Con esa mentalidad... ¿ a Usted le parece que lo van a sentar en una mesa de mantel blanco frente a algún nombre importante, y ese nombre importante le pondrá un buen vino, una estupenda cena y luego un amasijo de billetes arriba de la mesa para comprarle, y Usted se dejará vender? Se beberá el vino, comerá esos manjares, se despedirá cortesmente, o lo enviará a la mierda, se levantará y se marchará. Eso es la sobriedad. La misma sobriedad que predominará si llega a un sitio, ve cosas que no están bien y tratará de arreglarlas, a veces con peleas, a veces con trucos, a veces con un carácter a los gritos y a puños sobre la mesa, a veces lidiando con nombres de izquierdas o de derechas, para que las cosas mejoren, y para que sean extendibles a más personas, para que puedan tener una vida digna, y ojalá, con los atributos del confort y el lujo, pero el buen lujo, no esa imbecilidad de las apariencias, que al final, a nadie le importan, excepto que tengas un muy alto y grave complejo de inferioridad, aunque siempre, de todas formas, se puede trabajar. Tampoco es grave, a excepción que verdaderamente te lo creas. Lo mismo con la moda, debe ser sobria, pero también espectacular, ostentosa, porque es una industria que vive de la aspiracionalidad de las personas. Puede sonar una contradicción, total, pero finalmente, qué os puedo decir, tampoco no llega a serlo, porque un hombre o una mujer sobria, dándole a las cosas el valor que se merecen pero tampoco más del que realmente tienen, estoy seguro, sabrá hacerlo, y muy bien, primero desde su apariencia para con los demás, y segundo, para con uno mismo, que al final, es lo realmente importante. Desde ahí, Usted mismo, decida. La sobriedad. Nada más.




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