4.6.13

CABALLEROSIDAD

Image::MR HEDI SLIMANE PHOTOGRAPHER © PARIS::


Pues de eso se trata este artículo, de su nombre. ¿Por qué? Porque viene a la mesa aquella palabra que parece nadie, o prácticamente nadie entender, muchísimo menos replicar, ni asimilar en la corteza cerebral entre esta perpetua brutalización contemporánea. Se dice que la caballerosidad es el comportamiento propio de un hombre que obra con cortesía, nobleza y amabilidad. Eso, por nuestros días, ¿Usted lo ve? Puedo asegurarle que no, a menos que trate con hombres ya de una cierta edad por donde los embates de la vida, el dolor, el sufrimiento y las propias historias personales a lo largo de los años lo hayan aleccionado lo suficiente como para tener esa importante condición, y a esa gente, hoy convertidos en abuelos, o tercera edad, nadie les presta atención, víctimas del olvido y el desprecio provocado por el vértigo en el que nuestro mundo gira y avanza contra el tiempo, el espacio y nosotros mismos, sin piedad.  



Saco el tema de debajo de la alfombra porque al menos, para quién os escribe, así lo entiende, y debido al trato diario, desde hace ya tiempo considerable, con mucha gente, de todas las edades, razas y condiciones, económicas, sociales y culturales. Y es importante hablar de ello. ¿Por qué? Porque resulta que en épocas cómo estas, gobernadas por la depresión económica y el decaimiento de la moral a todo tipo de niveles, es cuando surgen los nacionalismos, los facismos y se alzan las diferencias entre unos y otros, la xenofobia, el racismo y el odio... basta que mire a su alredor o lea lo que ocurre a diario en los cinco puntos del globo, en medios de cualquier idioma... es angustiante. Es muy, muy doloroso, en el sentido común de apelar a eso, a la cabellerosidad de los hombres, que parece, prácticamente todos, hayan guardado dentro de una caja sellada en casa para abrirla cuando la vida se haya cansado de darle hostias... o se los lleve antes siquiera de recordar que aquella caja existía, en algún sitio olvidado, sin poder encontrarla.



Hace ya meses, apareció otro concepto en el imaginario de los medios, que apareció primero en el mundo de las tendencias para luego saltar a la moda y de ahí, transformarse en caballo de batalla para el fortalecimiento de la industria textil, la cosmética y la perfumería dirigida al público masculino. Me refiero al Dandismo. Autores de distinta estirpe se metieron en el tema publicando obras en presentaciones públicas donde lo que menos se veía eran eso: dandies. Uno miraba todo aquello, sino estupefacto, abiertamente sorprendido. El dandismo. Una búsqueda rápida por donde todos ya conocemos, nos dice que esos tipos son refinados en el vestir, con grandes conocimientos de moda, provenientes de la burguesía, de personalidad arrolladora y dueños de nuevos valores fortalecidos por la sobriedad que terminarían transformándose en referentes de su época. También se convertirían en referente para la moda masculina, contestatarios con sus distintas sociedades y separados de todo tipo de corrientes, incasillables, convirtiéndose en celebridades de la imagen y diversas tribus urbanas.



Ahora bien. Dígame Usted, sinceramente, cuantos de esos conoce. La respuesta es, salvo impresionantes excepciones, ninguno. Hablamos de esto regidos estrictamente a nuestra sociedad contemporánea, actual. ¿Dandy el que se pasea, cual pavo real o pato ciego, por arriba y abajo valiéndose de la sobriedad para convertirse en un payaso de feria?, ¿Dandy el que mira con desprecio a otro u otra por su aspecto, o su realidad o sus costumbres?, ¿Dandy aquel que utiliza marcas de alta costura convertidas hoy por hoy en retailers para conseguir alguna instantánea en alguna revista?, ¿Dandy el que asiste alguno de esos eventos que no son más que estrategias publicitarias baratas de otras empresas usándolos como rostros de forma gratuita como un absoluto pringado?, ¿Dandy todos esos que están en todos sitios y son conocidos pero que no dominan ningún tema en profundidad de ese inmenso abanico que construye al hombre como sujeto, que son la historia, la literatura, la cultura, la religión, los idiomas, la diplomacia, el habla, la comunicación y la capacidad de emoción, y si los dominan, los usan no para ayudar ni mejorar cosas, sino para la práctica de esas vulgaridades dignas de nuestro tiempo, de las que os hablaba más arriba producto de la depresión y la crisis, y por supuesto, la imbecilidad? Me parece que todos esos autores entraron en el tema antes de tiempo, cuando vieron de un momento a otro sólo castillos en el aire, porque todo eso, después del bombo, sigue sin existir.



Quizás, hoy el Dandismo se revele más como una reafirmación (debido a su ausencia absoluta en lo público) de la caballerosidad. Y la caballerosidad es usar todos ese abanico que construye al hombre como sujeto en el servicio a los demás, partiendo con uno, luego con el de al lado, y por supuesto, a la pública discreción. Y en ese camino, tener la disposición a abrirle siempre la puerta de un coche a una mujer, o la de casa o el despacho a cualquiera que amablemente lo solicite sin importar quién es, invitar una copa, o dos, ante la posibilidad de una buena conversación, tener la capacidad de escuchar al otro y no imponerse, sino abrirse a las distintas opiniones y en caso que sean, desde el sentido común correctas, aceptarlas, y cambiar la propia para la generación de bienestar personal y también grupal, plural; dar un consejo, o una opinión desde la bondad y la honestidad, poseer un carácter incorruptible y en caso de ser necesario, tener el temple suficiente para imponerse ante algo que afecte en detrimento del bienestar propio, y también grupal. Un caballero, cuando algo no le parece, jamás, nunca, se quedará callado, aunque a muchos les moleste. A la mierda. Con elegancia siempre, por supuesto. Porque en eso, créame, todo el resto, todo lo accesorio o superfluo, como la moda, viene sin margen de dudas, dentro del paquete, ¿por qué? Porque ya lo tiene incorporado. Ya conoce lo suficiente. Si necesita una escuela, o universidad que le enseñe de todo esto, pues simplemente vaya y siéntese con los ancianos, mientras mayor sean, mejor. Y mientras más sean, mejor. Le doy mi palabra, recibirá una cátedra, y magistral, que ni un Honoris Causa. Y se lo pasará, con sus anécdotas, historias y consejos, infinitamente mejor que con los de su propia generación pegando palos de ciego. Y asegúrense, siempre, que sean hombres buenos, no hijos de puta. Caballerosidad. Y hágalo, porque escasea. Nada más.     




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