22.7.13

INSULTO A LA BELLEZA. CAPÍTULO I

Image::MR KWANNAM CHU PHOTOGRAPHER © NYC::


El texto que ahora mismo tiene en sus manos, es un conjunto de reflexiones relacionadas con la belleza, en la concepción muy personal de quien os escribe, y más aún, de todo aquello que por nuestra época, significaría el mayor terrorismo contra eso: La Belleza. Desde cosas hasta actitudes pasando por los pensamientos, correlativo todo a nuestra actual sociedad de consumo y que va fabricando cual Farenheit 451, una sobreproducción de estupidez congénita, a nivel masivo, en nuestra época post moderna. Y son hordas, y están por todos sitios. Es una plaga de ovejas lobotomizadas, y se reproducen a una rapidez asombrosa, que deja sin palabras, como los conejos. No es la intención insultar a nadie, o a lo mejor lo es hacerlo a todo el mundo en un sentimiento absoluto de misantropía exacervada. Lo cierto es que estas reflexiones, por todo lo alto, no pretenden agradar a nadie. Absolutamente a nadie. Y a Usted también lo incluyo. Tampoco es intención de quién os escribe conseguir apoyo, ni seguidores ni superventas en plan bestseller, ni nada por el estilo (de por cierto, a mi muy personal entender, nada más cutre).  Simplemente es entregarle ciertos aspectos de la vida diaria en reflexiones que pueda o no compartir, pero como mínimo, le hará prestar más atención a ciertas cosas en las que antes, a lo mejor, no se había detenido a reflexionar. Con esto no estoy inventando nada, tampoco seré, desde luego, el primero en decirlo, ni el último.  Y la verdad, me tiene sin cuidado. Tampoco pretenderé usar un lenguaje formar y rebuscado, porque para qué. Si la idea es que se lo pase bien y también piense, no que se transforme todo esto en un sacrosanto coñazo. Esto no es para estudiantes de letras, ni de filosofía o filología, sociología o ciencias políticas, o a lo mejor, más para ellos y su pedantería que para Usted. Es igual, el tema es que Usted sea el que comprenda, porque a buen entendedor, pocas palabras. Si puedo sintetizar esto en cuatro, no usaré ocho. Puede estar seguro.



La idea de formalizar estas reflexiones, vienen de permanecer durante más de una década, ininterrumpidamente, inmerso en el centro de los mundos del arte, el diseño y la moda de primer nivel, como artista, diseñador industrial, editor y columnista de algunas de las revistas con más prestigio internacional hasta nuestros días, por lo cual, puede Usted tener la seguridad que no le contaré chorradas, ni me iré por las ramas. Se lo prometo. También puede confiar en el sentido que durante esa década, quién le escribe entra y sale de una tan rápidamente como entra y sale de la otra, y así sucesivamente durante diez años, lo que provoca una dinamización constante en la percepción del desarrollo de todas estas áreas, y al mismo tiempo, ser testigo presencial, de algunos de los ejemplos más espectaculares y desproporcionados de la imbecilidad humana del ser de a pie, o del que sueña con la fama, o el que se siente y se cree un iluminado, o el que se flipa con los fhashes, y otras cuantas mamarrachadas más de un verdadero circo de segunda clase que es en lo que todo se ha convertido, muy a mi pesar. Si Usted alguna vez soñó con ser una persona famosa, o prestigiosa y jamás lo logró, no se amargue, sino todo lo contrario, péguese con una piedra en el pecho. En la época de los grandes diseñadores de moda (cuando estaban vivos), o en la época dorada de Hollywood, o en las épocas donde bullían cual olla a presión movimientos como la Bauhaus, el Surrealismo o el pop norteamericano de los setenta, pues si, hubiese sido un privilegio…. Un verdadero puntazo. Pero ahora, créame, considérese en el anonimato, uno de los seres más afortunados sobre el suelo firme, porque no lo necesita, ni lo necesitará… por su propio bienestar y salud mental. Quédese donde está, porque es lo mejor que puede pasarle en la vida.



Me gustaría partir por cuál sería, a vista de todos, el concepto de belleza. Ciertamente es una cosa muy subjetiva. Podríamos decir que una chica guapa es una mujer delgada, de rasgos angulosos rozando el imaginario anglosajón o escandinavo de las razas blancas, o chicos que se asemejen lo máximo posible a los cánones de los patrones clásicos griegos, que son los usados, en el primer caso, por las revistas de moda, y en el segundo, por los profesores de dibujo en las escuelas y facultades de arte del mundo entero, también por los cirujanos plásticos. Desde aquí, pues ya partimos mál. Imagínese, para después, cómo se ve el patio. Pero bueno, sigamos. Después consideramos como bello creaciones ligadas a la alta cultura, como el ballet, la música clásica, la ópera, la pintura y la escultura en lo que el Louvre nos muestra, una vez más, mirando de nuevo a lo occidental europeo. Pues menuda gilipollez. Esa concepción, impuesta a través de centurias por el occidente europeo a modo casi propagandístico de una supuesta superioridad por sobre el resto de razas y lugares, en la década de los cincuenta sufrió su primer traspié, como bailar una lambada arriba, en la Copacabana de Río de Janeiro con el Cristo redentor de testigo en pleno año nuevo, tropezarte y caer rodando escaleras abajo con tu vestido de fiesta, o tu frac, empapado en caipiriña y pegoteado en purpurina y papel picado. Pues así estaba el tema. Fue gracias a un grupo de escritores provenientes todos de la parte más austral del mundo conocidos como el “Boom Latinoamericano”, integrado por algunos nombres como Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez o Roberto Edwards, entre otros cuantos de primer nivel. ¿Qué hicieron ellos? Pues bien, sencillamente, embrujaron al mundo entero con novelas que transportaban al lector a mundos secretos dentro de bosques en la Patagonia, o a pueblos perdidos detenidos en el tiempo donde fantasmas de abuelas muertas tomaban la merienda con sus nietas pequeñas, cargados de mitos, leyendas y creencias en espíritus de la Sudamérica profunda que la Europa occidental jamás supuso (dentro de su avanzado progreso) que aquello existiese, de que esa rudimentaridad fuera capaz de subsistir y añorando con todas sus fuerzas conocer un pueblo como Macondo, o a hombres con la personalidad y los huevos del Che Guevara al medio de la selva o arriba de una moto subiendo por Sudamérica en un tiempo donde ese continente era azotado por dictaduras sanguinarias, asesinatos a sangre fría y en donde todo ese grupo, con centro de operaciones en París, empezaban a narrarlo, y dar la vuelta al mundo traducidos en todos los idiomas conocibles sobre sus historias de campo, sencillez y la poesía que toda simplicidad guarda como un diamante en bruto. Aquello fue una bofetada a palma abierta para la arrogancia francesa o inglesa de sus letras y su cultura, y el boom aquel cambió la forma de hacer literatura, haciéndote sentir cercano, no un ignorante como pretendían las letras galas o británicas con su rebuscada verborrea, y porque los “sudacas” escribían de tú a tú, pero traducían por su lado obras maestras del ruso o el polaco. Don´t fuck. Eran únicos.



Por esa misma época, ya estaban en auge los surrealistas y anteriores Dadaístas iniciados por Tristan Tzara y compañía, que junto a los del boom y los diseñadores de moda parisinos, hicieron que la ciudad de las luces brillaran como nunca antes, volviéndola el epicentro de todo lo que artísticamente el mundo desarrollado y la intelectualidad internacional pudiese llegar a aspirar. ¿Y cuál fue uno, sino el más importante, de los motivos por lo que aquello sucedió? Pues por la cantidad de culturas diversas que confluían ahí. Fue un delirio para los sentidos, para la creatividad y para todo lo que nació de esa confluencia de realidades diversas. Esa misma provocación de istmos culturales que han hecho en la contemporaneidad de ciudades como Nueva York, Londres, Berlín o Barcelona lo que son. Metrópolis internacionales, donde la diferencia de culturas provoca que existan gustos para todos, y asimismo, centros de inspiración por montón gracias a esa misma diversidad. Es una fantasía. Aquello, por ejemplo, en el mundo de la moda, es casi una obligación, dado su carácter internacional en donde cada colección debe ser de gusto universal, horizontal y entendible para cualquier mujer en cualquier rincón del planeta. Con sus variaciones para cada cultura, claro está, pero en general, tienden a ser bastante equitativas. Los del boom fueros un boom precisamente por la misma razón. Por lograr la universalidad de sus mensajes, de sus textos, que podían tocar a cualquier persona en el mundo, porque trataban temas que son comunes para cualquiera, que son los instintos y sentimientos básicos como la rabia, la alegría, el odio y el amor, que ninguno de ellos diferencia en condiciones, realidades ni razas. Y esto es importante, porque en esto radica uno de los elementos claves de la elegancia, que es guardaespaldas de la belleza… que es la tolerancia y el respeto por la diversidad, cosa que en nuestros tiempos va en picada, como un avión sin gasolina directo al mar, como si de las lecciones de la historia no hubiésemos aprendido absolutamente nada. A punto está de morir Nelson Mandela, y de él, uno precisamente de los del boom, Vargas Llosa, dedica palabras antes de su fallecimiento, y se refiere a la belleza en el sentido más depurado de lo que podría corresponder a la política, y también es importante, porque es parte esencial de cualquier ser humano, por muy apolítico que se declare (porque es una falacia). Vargas Llosa dice de Mandela que transformó la historia de Sudáfrica de una manera que parecía inconcebible y demostró, con su inteligencia, honestidad y valentía que en el campo de la política a veces los milagros son posibles. Eso es una de las máximas de la belleza, y Mandela fue representante cabal de ello. Ante la figura de Mandela, su historia y su figura, los políticos de hoy, contemporáneos, que gobiernan su país y también el mío, como primer ejemplo, vendrían a ser de los primeros y más grandes enemigos de la belleza, con todas sus letras. Nelson Mandela, el político más admirable de nuestra época, fallecerá pronto, a los noventa y cinco años convertido en una leyenda y reverenciado en el mundo entero. Y es justo partir todas estas reflexiones sobre la belleza en su figura, porque por una vez podremos estar seguros, completamente, de que todos los elogios y flores que lloverán sobre su tumba el día del funeral donde por instantes se detendrá el mundo entero en un minuto de silencio por un solo hombre, serán justos por todas esas razones que Vargas Llosa nombraba más arriba. Todo ello se gestó en la soledad de una conciencia, en la desolada cárcel de Robben Island donde “Madiba” llegó en mil novecientos sesenta y cuatro a cumplir una cadena perpetua de trabajos forzados, en esa isla frente a las costas de Ciudad del Cabo rodeada de remolinos y tiburones, en una celda tan pequeña que parecía la jaula de un animal, con una estera de paja, potaje de maíz tres veces por día, mutismo obligatorio, visitas de media hora cada seis meses y el derecho de enviar y recibir sólo dos cartas por año, donde estaban prohibidas la política y la actualidad, precisamente de lo que le hablo en estas líneas, en plena democracia. Ahí pasaría nueve de los veintisiete años que pasó tras las rejas en ese sitio.



Mandela no se suicidó. Tampoco enloqueció. Usó todo ese tiempo libre de reclusión para meditar, revisar sus propias ideas, ideales y hacerse una autocrítica radical sobre sus convicciones, alcanzando esa serenidad y sabiduría que a partir de ese momento guiarían todas sus iniciativas políticas. Llegó a la conclusión que la lucha contra la opresión y el racismo en África del Sur debía hacerse por métodos pacíficos, es decir, buscar una negociación con la clase dirigente de la minoría blanca a la que debía persuadirse de que permaneciera en el país porque la convivencia entre ellos y África era posible y también necesaria cuando Sudáfrica fuera una democracia gobernada por la mayoría negra, en una época cuando esa concepción era directamente un juego mental ajeno de toda noción de realidad. Y resulta una maravilla saber que Mandela, consciente de las altísimas dificultades que encontraría en el camino, lo trazara, lo emprendiera y perseverara en él sin caer en la desmoralización ni por un solo momento, consiguiendo veinte años después ese sueño imposible, esa transición pacífica del Apartheid a la libertad y que el grueso de la comunidad blanca permaneciera en un país junto a los millones de negros y mulatos sudafricanos que por la persuasión de Mandela, su ejemplo y sus razones, habían olvidado los agravios y crímenes pasados y perdonado… vamos, que ni en la biblia. Prácticamente ninguna historia similar de un hombre vivo nos ha sido contada en los libros de historia con semejante poder de convicción, paciencia, voluntad de acero y heroísmo como la de Mandela.  Más digno aún de reconocimiento por el trabajo que hasta por sobre el fin, que fue contagiando poco a poco sus ideas y convicciones al resto de sus compatriotas que por los increíbles servicios que prestaría después, desde el Gobierno, a sus conciudadanos y a la cultura democrática. Mandela fue el mejor y último de los ejemplos que tuvimos para demostrar que la política, a lo contrario de nuestra actualidad, puede ser una actividad para mejorar la vida, reemplazar el fanatismo por la tolerancia, el odio por la solidaridad, la justicia por la injusticia, el egoísmo por el bien común y que existen políticos como ese estadista sudafricano, que dejaron su país y el mundo, mucho mejor de cómo lo encontraron. Si eso no es belleza, completa, absoluta y extraordiaria, pues dígame Usted qué coño es. De esta premisa partimos para empezar nuestro análisis de la belleza, y su insulto. Tras el caso de Mandela, pues salga a la calle y verá cómo su ejemplo, para el común de la gente, es cosa del pasado. España discrimina a niveles superiores en la actualidad gracias a la crisis financiera a los inmigrantes latinoamericanos, como magrebíes y de Europa del Este. Asimismo, todos los países sudamericanos discriminan de la misma forma a sus poblaciones indígenas, o las minorías blancas descendientes de inmigrantes a sus propios coterráneos por sus rasgos faciales en una lucha de clases sin control que poco y nada avanza en su difuminación. Y todos. Los americanos con mexicanos y centroamericanos, Francia con los negros y árabes, Alemania con los turcos, Italia con los rumanos y gitanos y todos con todos, en un barrer para casa que a uno lo deja de una pieza, gélido como espectador. Y uno debe mantenerse al margen de eso, o enfrentarlo directamente, porque es una aberración, sobre todo en pleno siglo XXI. Menudos, todos. Vuelvo a los del boom, y ahora a la figura del argentino Julio Cortázar. Por la misma fecha de la espera de Mandela, la obra del autor, “Rayuela”, cumple su primer cincuentenario, razón por la que todos los medios en este idioma le rinden homenaje, y pasa que Rayuela y su belleza siguen igual de vigentes, intactas. ¿Y por qué? Pues por lo mismo. Porque aquella novela de Cortázar posee ese carisma explicado en una tremenda propuesta vital, un modo de vivir y entender las relaciones humanas donde su gran revolución fue proclamar que la vida cotidiana debía considerarse bajo presupuestos estéticos, es decir, bajo el alero de la belleza. Y eso es clase, así de duro, así de puro. Universalidad.



Desde el nacimiento de la revolución industrial, que sería uno de los parangones más altos para medir el progreso, y de la mano, el desarrollo de las artes, las humanidades y la investigación científica, parece haber sido en realidad el pistoletazo de salida para el retroceso más grande jamás conocido, en donde casi todo se inventaría, casi todo tendría una respuesta racional y donde no quedarían esos márgenes de duda en ningún tipo de áreas que pudiese incentivar las ganas del ser humano para detenerse a reflexionar sobre su propia condición, el mundo natural que le rodeaba y las múltiples interpretaciones que cuál o tal cosa podría llegar a tener en nuevas lecturas para la ampliación del conocimiento propio y también grupal. En la edad post contemporánea en la que vivimos, donde la máquina y la tecnología miran por encima del hombro a la naturaleza y en donde el ser humano fantasea en la ilusión de acercarse a la divinidad de un dios, provocó, podrá Usted verlo, a diario, cómo esa pérdida de contacto con la naturalidad de su propia esencia ha provocado que en esa locura, sea el hombre el encargado, como un animal rabioso, de destruirla sin ningún tipo de reparos, llegando al punto, sin embargo, donde la propia naturaleza se lo permita. Y antes que a la naturaleza, a él mismo, en una autodestrucción sea física o psicológica, podría decirse, casi de forma equitativa. Si no es una, es otra. Esa revolución industrial traería también consigo el nacimiento de los medios de comunicación, que a lo largo de los años y al contrario de la lógica noble de sus existencias y de sus caracteres educativos e informativos, serían utilizados magistralmente por hombres aspirantes al poder para la propaganda de sus imperios, ideas y lobotomización de las masas maquillados de entretenimiento, dejando cada vez más de lado las otroras manifestaciones de entretención y dispersión ligadas a la belleza y el bienestar intelectual y espiritual del ser humano. A su vez, la infinidad de áreas de todas las ramas de las bellas artes se han visto sino invadidas, embrujadas por las nuevas tecnologías, que cuanto menos, han manipulado la creación al punto de convertirla en efímera, en un haz de luz o una ráfaga de aire que pasa sin dejar registro para las generacions venideras por su debilidad en los procesos de documentación, porque internet puede ser una muy buena herramienta… en la medida que sigamos contando con el suministro electríco. En caso contrario, puede que la mitad de la producción cultural de la última parte de la historia universal reciente quede en lo que a luces se ve que es como impronta, como palpable: nada. En eso, quizás Ray Bradbury y su Farenheit 451 hubiesen sido un aviso de los tiempos que vivimos, como luego Andy Warhol y toda su obra lo fueron. El aviso de lo que nuestro mundo se convirtiría. Nada. Y es triste. Otra información visual y directa reveladora, es el hecho de que ante la paulatina y cada vez más rápida sofisticación de la tecnología para el abastecimiento de su consumo rápido, y pese a que los jóvenes y no tan jóvenes caigan como retrasados mentales ante la necesidad creada por las sofisticadas campañas publicitarias abiertas y virales de toda suerte de compañías tecnológicas, sigan siendo, y permaneciendo como un puñetazo sobre la mesa, las manifestaciones artísticas más colosales de la historia de la humanidad las más vigentes. Es curioso, y por supuesto, absolutamente explicable.



Ningún edificio de Norman Foster, Frank Gehry, Richard Rogers o algún otro arquitecto contemporáneo, por muy extraordinarios, enormes y opulentos que sean, levantados contra reloj con los más sofisticados e inteligentes sistemas de construcción en los lugares más exclusivos de la tierra, podrán jamás ser comparados ni de lejos con un Partenón ateniense, o unas pirámides de Giza, un Coliseo romano o un Palacio de Versailles. Ninguna pintura de Damien Hirst, Jeff Koons o cualquier coloso del mundo del arte contemporáneo, podrá ser comparado con una tabla de Leonardo Da Vinci, Rafael, El Greco o Diego de Velázquez. Ni ningún escritor moderno con Miguel de Cervantes ni Shakespeare, ni ningún músico con Bach o Beethoven. Y pese a los avances imparables de la tecnificación del mundo, siguen todos ellos con una vigencia de hierro. ¿Por qué? Pues tan simple porque mirar, ver o escuchar sus obras, siguen provocando en la persona que se le apriete la garganta, se le encoja el corazón y se le humedezcan los ojos, porque sus bellezas son de una extraordinareidad que deja sin respiración, porque a través de ellas puedes sentir. Sentir a secas, y a secas quiere decir que aquello no deja indiferente absolutament a nadie. Uno se pregunta por qué ellos y sus obras tienen esa divisa incompetible. ¿Lo sabe Usted? Los teóricos del arte se cansan de hacer correr tinta por distintas explicaciones y hacer más y más libros, ensayos y textos y más textos e investigaciones y más investigaciones, cuando la explicación no requiere más de un párrafo. Pues tan sencillamente porque ninguno de ellos, además de ser todos dueños de una creatividad sin parangón, tenían distracciones. No tenían esa tan fácil accesibilidad a tan grandes distracciones como son la radio, la televisión e internet, ni recibían tampoco esa fácil y gran cantidad de información, buena, regular y pésima con la que en nuestros días a todo el mundo confunden, y confunden porque la misma gente detrás de la radio, la televisión e internet, han nacido, crecido y criados por la sociedad de consumo capitalista basada en esas tres mismas distracciones, por lo que transmiten a sus contemporáneos la reafirmación de esa misma desorientación como válida, y la defienden, y se autoconvencen y a su vez lo retransmiten a otros, cuales apóstoles bíblicos a las palabras de un tal Jesús. Todo eso, sumado, por supuesto, a los intereses privados de sus propietarios, lo que vendría a resultar, todo junto, como una orgía interracial en la Londres de los setenta luego de esnifarse un saco de patatas entero lleno de cocaína. El que se salga de ese cuadrado es apartado, o es un raro, o es un loco. Inadaptado. Y otra importante razón de por qué todos esos arquitectos, escritores, artistas y músicos, hoy siguen sin tener competencia, además de la ausencia de distracción, es por el hecho de haber entendido mejor, o de forma quizás más cercana y sublime, a la idea de divinidad. Se acercaron más al concepto por el que el hombre entendía la palabra divinidad. Lo divino. Lo que está más arriba del hombre, que es lo más alto que uno conoce, porque algo más allá, más poderoso, más radical de lo que conocemos y en los que nos gustaría creer y nos gustaría conocer, solo nos es trasmitido a ratos y en pequeñas dosis por la naturaleza y sus fenómenos. Y tenían el tiempo para dedicar horas de reflexión a eso, a lo divino, y cómo a través de ellos podría ser representada tras la contemplación de la naturelaza. Y para sus obras o piezas utilizaron el tiempo que hiciese falta. Días, meses, años, toda una vida si era necesario, para hacer algo según sus concepciones personales, lo más cercano posible a lo divino, a lo trascendental. Y esa divinidad la intentaban conseguir primero con una representación física de la naturaleza a través de diferentes medios y soportes, y luego con la mayor prolijidad y calidad que les fuese posible a sus propias capacidades, en una autoexigencia ilimitada. Y ahí están. Y eso, en nuestro tiempo, hoy, es imposible de ver, en absolutamente nadie, porque nadie le dedica ni dos horas a leer un libro, ni siquiera el tiempo que requiere para leerse un periódico entero, pero sí se opta por dedicar horas y horas, días enteros, meses y hasta una vida a jugar videojuegos, ver series, partidos de fútbol, novelas y programas de entretenimiento por la televisión, más conocida como el opio de las masas. Así, la belleza se encuentra en aprietos, y por supuesto, los insultos a ella son coleccionables cual plomos a un álbum. Y así vamos como vamos, y seguimos así.



La belleza tiene también una relación de amor y odio con el fenómeno del poder, ligada a este sentido de lo humano por acercarse a la divinidad. Cualquier hombre que detente el poder, y logre tenerlo, genera una necesidad casi enfermiza de poseer la belleza. La belleza nunca detenta el poder, porque ya de por sí es dueña de él, en el sentido de ser la más alta representación de la divinidad a lo que el hombre puede aspirar, en sí misma, por ella sola y sus representantes, porque lo representa en toda su naturalidad. El poder per sé, por su parte, de los hombres que lo ejercen gracias a la política y el dinero, es en lo real y concreto, la actividad más alejada de la belleza, y eso genera angustia, porque aunque todo lo tengas, te faltará esa llave maestra y esencial que te abre la puerta a ese sentimiento de superioridad, de sentirte lo más cercano a un dios, y eso únicamente lo entrega la belleza. Por esa razón los hombres y magnates más poderosos del mundo se gastan sumas exhorbitantes y ridículas en obtenerlo, o usar toda suerte de trucos para mantener a su lado a esos representantes de la belleza en figura de artistas como amigos, parejas o amantes. Y se ha repetido una vez tras otra a lo largo de la historia entera del hombre. Probablemente sea esa la paradoja de la relación entre hombres poderosos y artistas, porque los primeros siempre se han sentido más cercanos a los pensamientos de derechas, por sus bienes y la necesidad de resguardarlos, y los artistas hacia las izquierdas, por su relación con la condición de los seres humanos y su dignidad, y es la eterna historia de un perro tratando de morderse la cola, como quien te besa y luego te desprecia. Y es en todo esto, una de las más fieles representaciones de nuestra propia condición de humanos, esa disposición a lo imperfecto, que nada tiene que ver con la divinidad, ni siquiera se le acerca. Y de nuevo, aparece la naturaleza como la única manifestación palpable de lo divino. Y el hombre poderoso la destruye para enriquecerse y detentar el poder; el artista la representa tratando de entenderla, y luego el hombre poderoso desea al artista y su obra para tener la concepción interna y personal de que puede destruirla pero al mismo tiempo entenderla, admirarla y más aun poseerla a través de su representación en lo físico, palpable, y llegar a creerse un dios. Es patético la verdad, pero así ha funcionado toda la vida. La iglesia se eleva como uno de los mejores ejemplos de esta relación, y desde ahí, los que quiera y donde quiera. La Iglesia los ha odiado siempre, pero los necesita a ellos antes que a nadie, y ya sabe Usted por qué.




Otra de las cosas que estrecha lazos con la belleza, directa, es el tema de la estética para su cabal comprensión. Existen universidades que llegan a impartir esta carrera, cuando resulta que a fin de cuentas radica en un tema de lógica y sentido común mediante la observación. Muchos estarán en desacuerdo con esta afirmación. Dirán que el sentido de la estética es imposible mientras el sujeto no desarrollo la incrementación de sus niveles artísticos y culturales, por ende educacionales, de por sí, ligados históricamente a las burguesías o clases acomodadas que por su situación pueden permitirse el acceso a estas ramas del conocimiento. Pero pasa que esa lógica y sentido común, se aplica cuando la persona, una vez más, a pesar de no tener acceso a esa alta cultura, desarrolle por sí solo la capacidad de observación, y una vez más, basándose en la información visual producida por la naturaleza y sus fenómenos, como os contaba anteriormente. Si ya aclarábamos que las obras artísticas más colosales creadas por el hombre provenían de la interpretación de la naturaleza por parte de los artistas, los no artistas, de igual forma, pueden desarrollar el sentido de la estética en esa misma observación. El gran tema aquí, es que el normal de la gente, a secas, no repara en ella. La falta de sensibilidad por parte de las masas y en la última parte de nuestro desplazamiento socio-histórico, también por las burguesías y clases acomodadas que antes que a la naturaleza, prestan atención a las copias de las pseudo-reinterpretaciones de las propias interpretaciones directas creadas por el hombre de ella misma, ha provocado el vertiginoso alejamiento de esas bases fundamentales. Y continúa, alejándose cada vez más y más llegando a convertirse en lo que a simple vista el mundo post moderno se ha convertido: una horterada. Hablamos aquí de belleza, pero eso también se extiende a todo el resto de las áreas de la vida, y probablemente se deba todo al mismo motivo, a una misma raíz. A ese alejamiento de las bases fundamentales, que es la naturalidad del humano como ser vivo, parte de esa misma naturaleza y su relación con otros seres vivos. Volvemos al siempre presente y siempre olvidado Rousseau. Hoy por hoy, el hombre moderno sea con certeza el único que viva en completa soledad respecto a la propia esencia de la vida y su relación con la flora y fauna, y perdiendo ese sentido relacional, se ha vuelto perverso, y esa perversión, directamente, lo imposibilitará, aunque se esfuerce en lo contrario, por desarrollar un sentido estético. ¿Por qué? Porque simplemente es inviable. ¿Por qué? Porque si no ves belleza verdadera, sublime, de la que tú mismo provienes, entonces, ¿De qué sitio sacarás información para agudizar los sentidos de la estética y de esa forma ejercitar un sentido natural de selección de la belleza? Es imposible. Antiguamente las élites tenían el mayor desarrollo de la estética incorporada, malamente dicho por quién os escribe,  a la corteza cerebral, porque a pesar de sus poltronas, jamás abandonaban esa relación de contemplación, admiración y entendimiento por la naturaleza. Esas élites han desaparecido, pero han desaparecido en el sentido de seguir existiendo y haber dado un paso al costado en cuanto a visibilidad respecta. Antes eran personas famosas, activas de la vida social colectiva de sus épocas y esos sentidos de estética y belleza que exhibían de forma natural eran imitados por el resto de la pirámide social. Hoy permanecen ajenas a cualquier atisbo de visibilidad, porque al pasar de los años, veían como todo se iba desvirtuando hasta llegar a esos niveles burdos de la contemporaneidad, de la que ellos son, a vista gorda, como antes y siempre, absolutamente ajenos. Y hasta el día de hoy. Y tienen mucha razón. Con el desarrollo de los medios de comunicación e información, junto con el avance del capitalismo, nacieron nuevas economías globales como países en Asia, la ex Unión Soviética, las Américas y el mundo árabe. De sus vientres, nacerían nuevas fortunas deseosas de demostrar su capacidad productiva en la generación de riquezas, y para ello, la vía más rápida sería a través del consumo. La aparición de la cinematografía y el crecimiento de la magia creada por Hollywood pusieron de repente en el campo de visión a artistas de la representación con vidas promocionadas junto a lujos y esa élite de antaño, imagen que paulatinamente empezó a tratar de ser imitada dada su espectacularidad y perfume de opulencia en el aire, un poderoso inmaterial. Así, nacería y crecería una manada incontable de nuevos ricos aspiracionales que ante la miraba gélida de esa élite comenzarían a construir mansiones, conducir coches deportivos y limusinas, pasear en yates, gastarse dinero en pieles y diamantes sin importar su procedencia y volverse una secta que rendía culto al plástico en todas sus formas, sabores y colores, y también sus deribados. Sería Andy Warhol, en mitad de ese circo y pasando olímpicamente de esas nuevas celebridades de los mundos populares del cine, la música y la moda, como así también del arte, la literatura y el periodismo, el artista que a propósito, se convertiría en una celebridad para basurearlos a todos en su cara, escupir a esa nueva realidad del mundo y sus protagonistas en todos sus papeles protagónicos como el más alto y preponderante personaje de la contracultura. No es raro que hoy su figura se eleve en eslabón de carácter imprescindible para dar alguna luz en el tratar de entender en qué se convirtió todo, esto, el mundo, las razones del por qué sucedió, mecanismos y procedimientos sin que nadie hubiese reparado en ello. Ya lo decía él mismo en su tiempo como una premonición apocalíptica: “En el futuro, todos tendrán sus quince minutos de fama”…. Y así sucedió. Al mismo tiempo, mientras los nuevos ricos vivían cegados por el modelo del sueño americano, llevado todo a esa opulencia cinematográfica cargada de vulgaridad, en una realidad paralela, las élites verdaderas seguían (y siguen) viviendo con sencillez en casas y pisos normales, conducen coches pequeños y recorren el mundo en sitios de naturaleza indescriptible en absoluto anonimato, dignos de la discreción de todo aquel que no tiene la necesidad de demostrar nada a nadie, y desde ahí, desde esa optimización del tiempo, dedicarlo a la contemplación de los aspectos naturales que promueven la observación que concluye en la absoluta comprensión estética, y por ende, a la propiedad de la belleza, convirtiéndola en uno de sus principales patrimonios. Y pasa que esa misma capacidad de las élites, es capaz de ser replicada, curiosamente, por grupos tan dispares como pueblos originarios, poblados aborígenes y distintas comunidades mantenidas en el tiempo en completa relación con la naturaleza, también soledad, que nada tienen que ver ni con el lujo, tampoco la fama o la alta cultura. De ahí que algunas de las obras de arte producidas más bellas y cotizadas antes y aún hoy, provengan de personas pertenecientes a esos grupos y la magia y sublimidad en su representación de la divinidad. Y volvemos de nuevo a lo mismo, como si de un aparato de relojería se tratase, y a su elemento fundamental: La naturaleza.



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