31.8.13

EL ARTE COMO ESPECTÁCULO

Image::MR YVES SUTER PHOTOGRAPHER © ZURICH::



En el último decenio, cuando el cambio de milenio se asomaba como una transformación gloriosa de todos los avances hasta el momento descubiertos, el arte era ya una androginia poco definida donde el arte contemporáneo ya pisaba fuerte en su propia hibridación. Un híbrido. Quizás fuese la exposición “Sensation” creada y manipulada por Charles Saatchi, el publicista, el que rompería un paradigma hasta ese minuto, que era la idea de que el arte, para que como tal lo fuese, debía de estar legitimizado. El artista y su obra respaldado tanto por la institución [el Museo, la Galería], la academia [historiadores, críticos, universidades y pares] y los medios de comunicación. La unión de esos tres poderes eran la llave maestra de acceso al rango de artista de verdad, y a la obra, como tal, cierta. Para que aquello sucediese, más que cumplir con las normas que exigían que una obra y un artista fuesen considerados como tal [que antaño regía todo esto], parecía más rápido y efectivo tener una buena red de contactos y de ahí se entraba como un tubo a todas ellas, y el trabajo más difícil ya estaba hecho, en rumbo. Pero las cosas, desde entonces, han cambiado.



Si bien las universidades y escuelas de arte [con cero noción de lo que el arte se ha convertido] siguen atrincheradas en aquellas normas anteriores, el arte, como tal, el mundo del arte, se fue al carajo. Antes un artista debía pasearse quizás toda una vida gastando lo que no tenía en repartir portafolios por galerías, probablemente, sin obtener mayor atención que la de una desinteresada recepcionista o secretaria, cual escritor tocando puertas [cerradas] de editoriales. Con el nacimiento de las nuevas tecnologías y poco después las redes sociales, recepcionistas y secretarias empezaron a desesperarse de no recibir más visitas de nadie. Los artistas cambiaron de estrategia, creaban sus mapas virtuales y de un día para otro el desconocido mundo de internet se transformó en un medio más óptimo que ser portada de alguna revista de distribución internacional. Si una galería no te exhibía, pues que les dieran. Te exhibías tú mismo. Si una editorial o un sello discográfico no te publicaba, pues que también les dieran. Te autopublicabas, y gratis, y bien. Por los mismos días, sería quizá Damien Hirst que también rompería el paradigma del mercado del arte al pasar de galeristas y marchantes al autoexhibirse y venderse el mismo en una subasta que llegaría a cifras récord de ventas de una sola vez. Ahora si que las cosas estaban negras. Los galeristas y marchantes sudaban frío. Luego entraría en acción Amazon, que se cargaría, literariamente, gran parte de librerías, distribuidoras y hasta editoriales.



Lógicamente, todos estos avances y cambios de paradigma han significado un avance sustancial para la propia supervivencia de los artistas. El famoso “By Yourself”. En esa linea, muchísimos se han profesionalizado, algunos a tal punto de confundirse con los más cotizados en una linea horizontal perfecta, y en algunos casos, hasta superarlos. Los propios críticos y especialistas han tenido que salir de sus cuatro paredes a la calle, mirar a su alrededor y ver que o se actualizaban, o perdían como en la guerra. Y lo han hecho. Algunos artistas se han convertido en referentes palpables y lúcidos de estos cambios, transformándose prácticamente en empresas de autogestión, cuyo modelo con el tiempo otros van copiando para lograr aquel acceso a los tres poderes [institución, academia y medios] a fin de lograr la tan ansiada legitimidad. Y lo van logrando. Ahora bien. Llegado a ese punto, ¿Qué sucede después? A esta pregunta llegamos para abrir un debate sobre lo que a todas luces vemos hoy, y me refiero al arte como espectáculo.



Si miramos el caso de Marina [Abramovic] o Ai [Weiwei], que de ser artistas connotados con unas trayectorias envidiables, han descubierto ese “modus operandi” utilizando los medios de comunicación y el campo de lo “celebrity” o “star system” para llegar a convertirse en fenómenos de masas cual Lady Gaga o alguna estrella de rock’n’roll. Este punto es fundamental caballeros. ¿Es válido el uso del mundo del espectáculo?, ¿En qué te conviertes, cuando pasas más allá del mundo del arte para confundirte en ese otro mundo, o que te confundan?, ¿Dónde estás, en la alta o en la baja cultura?, ¿Quién eres, tú o tu obra, o ambas?, ¿Qué pesa más, tú a modo de personaje celebridad o tu trabajo?, ¿Se deslegitimiza toda tu obra y trayectoria dentro de una alta cultura por acabar siendo otro mero objeto del uso popular?, ¿Puede llegar a ser respetable un artista que llegue al millar de seguidores por alguna de las redes de información social, limitándome exclusivamente, al mundo del arte? Parece que llegado a este punto, muchos pensarán que si.



En la actualidad, hordas y hordas de artistas que ya han logrado un nivel respetable de visibilidad con su obra, y de un momento a otro, parecen haber cambiado el switch a una postura en la que ahora debiesen convertirse en algún tipo de… ¿celebridad?. ¿Es eso el mundo del arte?, ¿Es eso lo que debiese llegar a ser un artista? Me parece que no. O quizá si. En estos tiempos aparece la figura de Andy [Warhol] y su arte popular, quien mezclaba todos aquellos mundos de forma magistral, pero lo hizo justamente para reírse en la cara de todo ello, uniendo obra y personaje en un mismo fin, de por sí, absoluta y completamente crítico, y fue el primero, el que pisó el palito. ¿Y ahora?, ¿Qué pasa, que todos quieren ser Warholes?... No se pasen. Resulta, para quien os escribe, patético a un nivel de olimpiadas ver esa cantidad de supuestos artistas que anteponen sus caras por delante de sus obras, cegados en ese brillo de supuesta fama, que como el mismo Andy decía, como prediciendo nuestra época… nuestra actualidad… esta horterada en donde cualquier infeliz querrá y podrá tener sus quince minutos de fama. Y es que va pasando tal cual. Es, sencillamente, alucinante. El ego y amor propio por sobre el talento. Probablemente Marina o Ai puedan permitirse ese lujo, porque superar ya la sexta década de vida donde el talento y la obra de toda esa vida puedan justificar y hasta defender ese giro propio al rango de celebridad. Pero… ¿Uno de mi generación?... ¿Qué grado de espectacularidad e importancia tiene la obra de cada uno como para poder defender esa pedancia mal entendida de querer convertirse en una celebridad? Respuestas, por supuesto, pueden haber muchas, para todos los colores. Lo cierto es que solamente se va tirando de la copia de modelos para los propios, y eso nunca puede ser bueno caballeros. ¿Por qué? Porque es cosa que esos modelos cambien radicalmente de estrategia como para dejarlos a todos en el aire, y como se sabe, lo que queda en el aire, el viento se lo lleva. Este es un elemento sustancial del arte contemporáneo, ¿Por qué? Porque el arte contemporáneo, si bien ha sido futurizado por Warhol, y creada su pérdida de sentido por el publicista Saatchi, ninguno de los dos, en esto, tuvieron ni tendrán la última palabra. ¿Por qué? Porque el arte no es publicidad, tampoco es fama, aunque por nuestros tiempos así lo parezca, y como un absoluto.



Existe una máxima en el arte, para los artistas, que es la relación capacidad-disposición. Y desde la antigüedad hasta nuestros días, aunque como se ve muchos pasen de ella, sigue igual de vigente. Aquello corresponde a una suerte de montaña rusa, donde el artista sube y sube hasta llegar al punto culmine de su capacidad, que es la técnica. Y en esto, hablo de las técnicas tradicionales. El dominio perfecto del punto y la línea, de la oscuridad y la luz, la comprensión en la observación y la representación de la proporción, la figura humana y la naturaleza, la representación perfecta. Como Picasso, que podía darse el lujo de ningunear y mirar en menos a todo el mundo y pintar cubismo y formas imposibles, ¿Por qué? Porque era capaz de dibujar como Donatello o Leonardo Da Vinci, con la misma precisión, coger un lápiz sobre un papel y crear una figura perfecta sin levantar ese lápiz de ese papel… y eso lo legitimizaba para tener su disposición. La disposición. Una vez en ese punto más alto, técnicamente hablando, de la montaña rusa, es cuando interna y moralmente, puedes darte el lujo de lanzarte montaña abajo a toda velocidad y dibujar o pintar como un niño de tres años, meterte en la instalación, la performance, la escultura o lo que quieras, en todas sus formas y diversidades y gozar con la experimentación. Con todo eso, ahí si, créase una celebridad. Y le aseguro, que la gran mayoría de quienes sean capaces de dominar eso, jamás, nunca, querrán serlo. ¿Por qué? Porque ya saben que lo son. No caerán en el arte como espectáculo, ¿Y por qué? Porque ya, por ellos mismos, en su propia intimidad, ya lo son, y lo saben. Un espectáculo.  



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