2.3.15

SOBERBIA

Image::MR DMITRY BOCHAROW PHOTOGRAPHER © MOSCOW::


“Lo único que no me gusta de ti, es que me pareces demasiado soberbio”, me dijo un chico ayer. Quedé mirándolo fijo unos instantes, en silencio, antes de reírme. Creo que no sabía aquel chico, exactamente lo que era la soberbia… la soberbia. ¡Qué palabra! No era la primera persona que me lo decía. Ya mi padre, cuando era pequeño me lo decía: “Hijo no seas soberbio. Es el peor defecto que una persona puede tener”… Años después, cuando entrara por primera vez a los pasillos del Museo del Prado, o llegase a la tumba oculta de la pirámide más grande de Giza, en el Cairo, o apareciera ante mis ojos la galería de cristal del Palacio de Versalles y mirara por una de sus ventanas aquellos jardines creados por Luis XIV, o quedase paralizado ante el glaciar Perito Moreno en el fin del mundo argentino, entendí lo que realmente era la soberbia, y no estaba ni remotamente cerca de eso, sino todo lo contrario… 


Soberbio fue Adolf Hitler. Soberbio fue Stalin. Soberbio fue Franco o Pinochet en el sentido más extremo de ese defecto, cuyo extremismo acabó con cientos de litros de sangre corriendo literalmente por las alcantarillas. Soberbios fueron también los creadores de lo que hoy conocemos como las maravillas del mundo ideadas y desarrolladas por la mano del hombre, activos materiales de la grandeza a lo que en distintas épocas hemos sido capaces de llegar a ser y crear. Soberbios los científicos que han querido tener en sus manos a través de sus investigaciones, el poder de llegar a salvar una vida, motor principal del desarrollo de la medicina actual, en constante evolución. Soberbios los artistas, que en su visión metafísica de la vida y el hombre, nos han legado esas maravillas que hoy se subastan en los salones de Christie’s o Sotheby’s a precios igualmente soberbios, cuyas transacciones individuales serían capaces de alimentar pueblos enteros azotados por la miseria. Soberbios todos esos premios Nobel, que si no tuviesen ese defecto dentro de ellos, probablemente no hubiesen sido capaces de crear todas las maravillas por los cuales son galardonados. Soberbios todos esos diseñadores de moda cuyos aires de grandeza han proporcionado trajes que con el paso del tiempo se han convertido en objetos de museo, obras de arte anheladas por cualquier clase de cuerpo, registros de su propio tiempo... La soberbia es una cosa tremendamente especial, que no siempre se entiende bien. 


Siendo estudiante en Buenos Aires, durante un examen de fin de año en una clase de pintura, nuestro profesor llamado Ricardo Laham (ex ayudante de Emilio Petorutti, ganador del premio Gugghenheim el mismo año junto a Roberto Matta) le pidió a mis compañeros que me evaluaran. Esa sería mi nota final. Ellos, cerca de 7 personas, fueron lapidarios. La última compañera en evaluarme dijo “Le pongo la nota mínima, para que aprenda a no ser soberbio”… Laham nos dijo a todos: “Jamás he puesto un diez en toda mi carrera docente a ningún alumno” Luego se dio vuelta hacia a mí y continuó: “Pero a ti te pondré un diez, porque dentro de todo este grupo, y de todos los grupos que tengo aquí y en otras universidades, creo que eres el único artista. El único artista de verdad. Te pongo un diez por tu soberbia, porque siempre los que no sean lo suficientemente buenos, encontrarán soberbio a quien si lo sea, y eso es una maldad que la gente está muy acostumbrada a hacer. Te pongo un diez para que todos tus compañeros aprendan desde hoy, a ser menos soberbios”… puede que Laham haya entendido la soberbia como un sinónimo de bella factura en la estima apropiada del sí mismo que proviene, según el objetivista Ayn Rand, de la ambición moral de vivir en plena consistencia con valores personales racionales. La misma soberbia era para Nietzsche una virtud elevada propia de hombres superiores, conducente a una honestidad absoluta con uno mismo imposibilitando cualquier clase de trampa o acto deshonesto, en una superación constante buscando estar por encima de los demás y no ocultarlo ante nadie y sobre todo.



Sin embargo ese modo de entender la vida y el mundo no es entendida por gran parte del común de las personas, sino como uno de los más graves pecados capitales. No se entiende como mirar a un caballo brioso o un pavo real limpiando sus plumas, sino como esa orgullosa actitud de sobrevaloración del uno mismo respecto a otros para saltar por sobre obstáculos o situaciones o desvalorizar un contexto específico. Una horrible incitación al valorarse demasiado creyéndose capaz de hacer cualquier cosa por encima de los demás e incluso de uno mismo. Un simple y prepotente arrogante. ¿Será esa la verdadera visión de la arrogancia?... ¿Por qué no podría ser la soberbia el mensaje que pretende transmitir la inutilidad de los placeres mundanos frente a la certeza de la muerte, animando, como sostenía Eclesiastés, la adopción de un sombrío punto de vista sobre el mundo?... ¿Qué pasaría si entonces, los soberbios fuesen en realidad altos practicantes o representantes de la objetividad? Si se supone que para ser objetivo a la hora de expresar un juicio el sujeto debe abandonar todo aquello que le es propio, como las ideas, las creencias o las preferencias personales para alcanzar la universalidad, ¿podría un universal ser tan universal para llegar a ser confundido con un soberbio? Es un tema que aún en nuestros días no encuentra una respuesta que cubra toda su amplitud. Lo importante, tal vez y en determinadas circunstancias (donde no corran ríos de sangre), sea entender a un supuesto soberbio no como la satisfacción de la propia vanidad a través del deseo de ser preferido por otros, sino como acto de autoafirmación y reivindicación en un mundo contemporáneo donde aquello como valor, hoy, es una joya. Invaluable. 



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